Suecia también escucha folklore

Por Luis Salinas
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21 de diciembre de 2001  

A principios de los años 90, una noche fui a ver al trompetista Gustavo Bergalli, que se presentaba en Oliverio con unos músicos suecos, y se tocaron todo. Poco después, otra noche aparecí cerca de las 2 de la mañana en un restaurante para cenar con unos amigos, y casualmente volví a encontrarme con los mismos músicos suecos. En el local había una especie de subsuelo repleto de instrumentos, y como con ellos no podíamos hablar una palabra, nos fuimos a tocar abajo. En total eran tres: un contrabajista, un pianista y un baterista. Se armó una zapada de bossa nova increíble que duró hasta las 9 de la mañana. Y finalmente, nos despedimos. Pasaron siete años, y un sábado a las 4 de la mañana volví a Oliverio y me encontré casualmente con los mismos suecos que acababan de terminar su show y se estaban marchando. Entonces nos reconocimos y le pregunté al pianista si no quería prolongar la noche en la casa de un amigo que tiene un piano. El tipo se quedó pensando, y al final me dijo: - Pensándolo bien, uno puede dormir cualquier día.

Y nos fuimos para la casa de mi amigo. Fue maravilloso. Yo agarré la guitarra y empecé a improvisar algunos temas folklóricos, zambas y algunos tangos de acá. Y el tipo, mientras se tomaba algo -porque los suecos cuando toman, se toman todo-, en un momento me dijo: - Vos tenés que ir a Suecia. Un amigo mío organiza un festival allá.

Por el tono con que me lo dijo, yo lo tomé como una conversación de borrachos. Y volvimos a despedirnos. Sin embargo, cuatro meses después llegó a la casa de mi amigo una invitación para el Festival de Umea, donde alguna vez se presentaron los más grandes músicos, como Jaco Pastorius o John Mclaughlin. Yo no lo podía creer. Por supuesto les dije que sí y me fui para allá. Para la despedida me acompañó toda mi familia, mi vieja se puso a llorar, y yo con ella, porque la dejaba sola, y hasta mi viejo que es un duro, sin mirarme se sacó la cruz que llevaba colgada, un recuerdo de mi abuela, y me la regaló para que me protegiera. La misma que desde ese momento me acompaña.

Debo decir que con 30 años, yo nunca antes había viajado en avión, y tenía unos miedos bárbaros. Y así, después de la despedida a todo llanto y emoción, finalmente despegamos. Llegué al aeropuerto de Barajas y allí experimenté mi primer contacto con el mundo exterior.

Cuando aterricé en Estocolmo, habíamos quedado en que la mujer del contrabajista me esperaría en el aeropuerto. La mujer era brasileña y yo no la encontraba por ninguna parte. Sentado con mis dos guitarras y un bolso, miraba a mi alrededor y no entendía nada. Ya estaba un poco desesperado cuando por fin apareció y muy amable me acompañó a tomar el último avión a Umea. Nunca en mi vida volví a ver tanta gente rubia como la que había allí arriba. Como hacía frío y llevaba un gamulán negro, todos me miraban, y yo ni siquiera sabía dónde me tenía que sentar. Me sentía tan perdido como un indio en Nueva York. Pero por suerte había un viejito que se compadeció de mí, me agarró el pasaje y me sentó como si fuera un chico.

Cuando llegamos a Umea salió el sol. Allí estaban los músicos suecos esperándome, y enseguida me entregaron una hoja con todo lo que yo iba a hacer durante ese mes. Hora por hora, minuto a minuto. Increíblemente, ese programa se cumplió de punta a punta. Incluida la grabación de mi primer disco.

El autor es músico.

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