Tormenta de mariposas en Grecia

Por Arturo Bonín Para LA NACION
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29 de febrero de 2004  

Una de las cosas que recuerdo de mis viajes con mucho cariño es la buena predisposición de algunos pueblos, de algunas gentes que, cuanto uno más se aleja de las grandes capitales --donde la despersonalización va en aumento--, establecen un vínculo cada vez más fraternal, más directo con el visitante.

En este sentido, uno de los viajes que recuerdo con mayor afecto es el que hicimos con Susana --mi mujer--, a Grecia, allá por 1996. Llegamos a Atenas, y de allí viajamos a una isla, más precisamente a un pueblito llamado Lindos, distinguido de cualquier otro destino por una particularidad muy especial: una vez al año es el escenario privilegiado de una invasión de mariposas, una insólita tormenta de nieve móvil, que estalla de repente en primavera, poco antes de los calores más fuertes del verano.

Otra de las características de este lugar, a pesar de que recibe bastante turismo, es que no hay hoteles, por lo que la mejor forma de establecerse ahí es alquilar una habitación en una casa de familia. Como nosotros no paramos allí mismo, sino que íbamos con un auto desde la capital de la isla, debíamos recorrer 30 km todos los días.

En el trayecto, por ahí pasábamos por una casa donde había gente almorzando y nos invitaban a comer. Es decir, no era un trato preferencial que nos daban como turistas, sino más bien un trato familiar, que en todo momento nos hizo sentir como en casa.

Un día habíamos pasado delante de una ventana donde se distinguía una anciana, toda vestida de negro, mirando televisión en un antiguo aparato. Al pasar, nos detuvimos de inmediato, sorprendidos por una telenovela argentina que estaban pasando en la pantalla, y nos quedamos como petrificados frente a tamaña sorpresa. Entonces, la mujer se levantó corriendo de la mesa --estaba con una habas en una especie de fuentón-- y se perdió dentro de la casa.

Yo me sentí muy mal, porque pensé que la habíamos incomodado. Sin embargo, enseguida se abrió la puerta de calle y salió a recibirnos con unas masitas, invitándonos a ver televisión con ella. Más allá de las dificultades idiomáticas --ella no hablaba inglés, nosotros no hablábamos griego--, esto me pareció extraño, y me llamó poderosamente la atención.

Esa misma sensación es la que advierto en las giras, cuando me desplazo a otras provincias argentinas.

Claro que en nuestro país corremos con la ventaja (o desventaja) de que muchos nos conocen, y existe como un vínculo que ya está preestablecido antes del encuentro. Sin embargo, en este caso nosotros éramos unos perfectos desconocidos, uno de los tantos turistas que pasan a menudo por ahí.

Pienso que el gesto solidario de aquella mujer, esta cosa de abrirnos la puerta de su casa, era un gesto reiterado en ella.

Es decir, yo descubrí que hay otros mundos a partir del teatro, pero el viajar no hace más que corroborarlo.

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