Una caminata por Barcelona trazada por Picasso

Horacio de Dios
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12 de enero de 2014  

Barcelona está a sólo dos horas de Madrid y seis de París en tren ultrarrápido. Y lucha por atraer turistas en una competencia cada vez más dura, no sólo en España y Europa, sino en todo el mundo.

Contrariamente a lo que solemos repetir, no viajamos para desenchufarnos, sino para vivir con más intensidad. Por eso lo primero que preguntamos al llegar a un lugar es ¿qué hay de nuevo?

A veces, revisar el pasado ayuda tanto como imaginar el futuro. He conocido varios museos en el mundo dedicados a Picasso (1881-1973) pero ninguno tan interesante como el de Barcelona, en la calle Montcada, donde ahora hay una muestra sobre su deslumbrante período azul.

Su creación fue decidida por el propio artista en 1963. Picasso donó no sólo obras, sino documentos de esos años de formación antes de emigrar a París en 1904, que entonces estaba a mucho más de seis horas de tren.

A partir de esta orientación, con este espejo retrovisor para no perder el rumbo, me puse a caminar por una ciudad bellamente peatonal. Y usé el itinerario virtual de Picasso de Josep María Carandell que compré en la librería del museo, sorprendente por los libros y las postales eróticas del maestro, que no era tímido ni con el pincel ni en la vida.

Así seguí su trayectoria desde que entró a los 13 años en la Escuela de Arte que todavía sigue en pie en la calle Consolat de Mar. Poco antes, la familia se había instalado en una pensión en el Paseo Isabel II, frente a Barceloneta, donde estaba desde 1836 el restaurante 7 Portes. Es uno de los más famosos y me senté a comer un arroz con mariscos de novela mientras pensaba cómo continuar.

A todo esto podía haber llegado hasta Horta del Ebro (actual Horta de Sant Joan) para seguir al joven de 17 años que se había enfermado de escarlatina y repuso su salud en la Masia (construcción rural) de los padres de su gran amigo Manuel Pallares en plena montaña, en Tarragona, entre viñedos y olivares. No lo hice, pero vale la pena hacerlo y visitar el actual hotel Miralles, que tiene un centro cultural en este lugar de privilegio en el turismo rural.

Sigo en el barrio Gótico de Barcelona, en su museo, a pocas cuadras de la vía Laietana, donde están sus cuadernos escolares y en lugar de fotos digitales nos dejó dibujos y pinturas. Alguna desde los ventanales a las terrazas de Barcelona y otras de paisajes que han cambiado muy poco. Por ejemplo con la Estatua de Colón cerca de las Ramblas donde vivía con la bailarina rusa Olga Khokhlova, quien fue una de sus primeras esposas.

Els Quatre Gats

Pienso que es hora de tomar una cerveza y para seguir con Picasso lo hago en Els Quatre Gats que mantiene el mismo afiche que él hizo en 1899. Lo que me atrae en esta reconstrucción a pie, con la ayuda de Internet, son las huellas en esta etapa germinal del artista. También fue en Cataluña, donde cambió su firma, aunque se llevaba bien con su padre. Hasta 1898 firmaba Pablo Ruiz Picasso, luego Pablo R. Picasso y desde 1901 sólo Picasso.

Él mismo lo cuenta: "Mis amigos de Barcelona me decían siempre Picasso porque era un nombre más original y más sonoro que Ruiz, sin duda por eso yo lo adopté. ¿Sabe usted lo que más me atraía? Seguramente la doble s, caso bastante inusitado en España. Picasso es un apellido de origen italiano, como usted sabe. Claro que tiene su importancia el nombre que uno tenga o adopte? ¿Me imagina usted a mí llamándome Ruiz? ¿Pablo Ruiz? ¿Diego Ruiz? ¿O Nepomuceno Ruiz? Me pusieron yo no sé cuántos nombres? ¿Se ha fijado usted en la doble s de los apellidos de Matisse, de Poussin, de Rousseau?".

Me resulta difícil cambiar de tema porque la mirada del pintor es un faro que encandila. Y para hacerla corta me mantengo en el vecindario con el Palacio de la Música, que es otra maravilla del arquitecto modernista Lluís Domènech i Montaner. En esa sala espléndida hay que oír un concierto, como el que tuve la suerte, con guitarras flamencas. Y comer en el hall un par de tapas con una copa de vino.

Estamos a un paso del Portal del Ángel, que me gusta más que las Ramblas, aunque no tenga los puestos del mercado de La Boqueria. Es el sueño del peatón con la brújula caprichosa porque desde allí, a metros de plaza Cataluña, nace el Paseo de Gracia y la Casa Fuster, hoy hotel cinco estrellas donde filmó Woody Allen.

Es la avenida más elegante donde las catalanas, que suelen usar tacos bajos, lucen las piernas más lindas que he visto en espardenyes, como les llaman a las alpargatas cosidas a mano y con yute, nada de goma.

Y así ya estamos en el universo de Antonio Gaudi, el Santo de la Arquitectura y nos preparamos para entrar a La Sagrada Familia, que se inició el siglo pasado y posiblemente se terminará completando sus 18 torres dentro de 30 años.

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