Una caravana por huellas olvidadas

Los códigos de la aventura se descifran en una travesía 4x4 por las ondulaciones del norte de San Luis
(0)
27 de octubre de 2000  

SAN JOSE DEL MORRO, San Luis.- La plaza de San José del Morro fue el punto de reunión en la nubosa mañana de diciembre. Durante siglos, este pueblo fue una de las más importantes postas del Camino Real, que unía Buenos Aires con Santiago, Chile. Pero también fue fortín en la primera línea de la lucha contra el indígena, cuyos malones lo asolaron repetidas veces. Cuando esto ocurría, los criollos abandonaban el pueblo para refugiarse en el cerro El Morro, única manera de salvar la vida. Testigo de este pasado es su centenaria iglesia, que pareció sacudirse de nostalgia cuando una nueva caravana comenzó a crecer frente a ella. Pero esta columna de fines del siglo XX ya no alineaba bueyes y carretas, sino relucientes y poderosos 4x4. Una impensada alegoría del paso del tiempo. La veintena de vehículos partió de San José a las diez. El primer objetivo fue dar una vuelta completa al cerro, utilizando en parte caminos del siglo pasado, hoy huellas casi olvidadas. Un verde intenso y las ruinas de minas abandonadas, fueron el primer atractivo, pero los profundos lodazales pronto se mostraron como el plato fuerte y las camionetas comenzaron a uniformarse de marrón.

El último y más grande charco esperaba frente a la entrada de la estancia La Morena -el verdadero punto de inicio-, flanqueado por una bellísima alfombra de flores amarillas.

La ocasión ameritaba un recuerdo y mientras algunos se apostaban para la foto, otros preparaban los motores. Alentados por su hinchada, uno a uno se fueron lanzando a toda velocidad, para no sufrir el oprobio de quedarse ¡justo ahí! Pero todos pasaron, e incluso algunos que se quedaron con el gustito, volvieron a hacerlo para regocijo del público.

Emociones en la niebla

La Morena, a los pies del cerro, nos recibió con su hermoso casco y un asado que no tenía perdón. El grupo dio buena cuenta de él, sin embargo, todos saltaron gustosos de la mesa cuando Carlos Lasalle, el dueño y promotor de la travesía, anunció la partida. Lo mejor estaba por llegar.

Las camionetas se alinearon nuevamente para comenzar la trepada. El dueño de casa, junto con Juan Gianco -en su impecable Willys con alma de Toyota- fueron los encargados de guiarlas a la cumbre, cubierta toda la mañana por densas nubes que parecían descender más a medida que la caravana se acercaba. Imposible no recordar entonces una de las tantas leyendas que rondan este lugar e imaginar que el cerro se preparaba a repeler la invasión.

Pero los primeros barquinazos diluyeron todo pensamiento ajeno al camino, que aumentaba su aspereza a medida que se ganaba altura. En compensación, una infinita postal del sur puntano crecía allá abajo. Sorteando cada paso, la abigarrada serpiente mecánica reptaba lentamente hacia la cumbre.

Cerca de ella, el cerro había apostado sus mejores defensas: una profunda zanja de unos doscientos metros con rocas tamaño sandía , que puso a prueba tanto la potencia de las máquinas como la pericia y solidaridad de los conductores.

Cada victoria arrancaba el aplauso de la tribuna, nuevamente alineada a la vera del camino. Como último y desesperado recurso, el cerro envió su fuerza aérea , compuesta por cinco enormes cóndores que sobrevolaron durante unos minutos la caravana. Pero sólo lograron ser acribillados por su artillería fotográfica y debieron emprender la retirada. Lentamente, todos llegaron al portezuelo final, cubierto por la niebla. Sin embargo, después de un rato, como reconociendo su derrota, el cerro levantó la bruma y develó uno de los más increíbles paisajes de San Luis: el Potrero del Morro.

Se trata de un gran círculo de cumbres dentro del cual se levanta una serie de estilizados picos llamados Pajoso, Bayo, Peinado y Las Cuevas, entre otros. La particular forma de este conjunto generó la creencia de que se trata de un volcán apagado, idea que, sin embargo, es falsa.

Por un mar de pastos

Pasado el shock inicial, la caravana se zambulló hacia el interior, impaciente por adentrarse en tan extraña visión. La propuesta era circunvalar el Potrero, navegando por su mar de pastos. Sólo la traza de pequeños cauces interrumpía la ondulante marea.

Pero pequeño no significa, por fuerza, sencillo, como lo demostró el primero que cruzó. El inocente arroyito se convirtió en el mayor obstáculo del día y pronto comenzó a anotarse victorias. Con suerte diversa, cada cual tuvo su oportunidad. Los más capaces -o testarudos- la pelearon hasta pasar, el resto quedó enterrado y debió resignarse a la eslinga y las cargadas de la tribuna.

La travesía continuó sin mayor preocupación que disfrutar de tan bello y extraño lugar, sólo habitado por la fauna autóctona y algo de ganado doméstico. Sin embargo, como lo delata una casa abandonada, en el pasado vivieron aquí varias familias, seguramente ligadas a la minería del tungsteno, desaparecida en la actualidad.

¿Cómo habrán sido sus vidas en este verdadero micromundo? ¿Cuánto de sus leyendas será realidad? ¿Cómo se verán estos pastos bajo la luna?, preguntas que no pueden evitarse. Como tampoco el prometerse volver a este mágico lugar, perdido en cielo puntano.

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje aéreo, ida y vuelta, desde Buenos Aires hasta San Luis cuesta cerca de 210 pesos, con tasas e impuestos incluidos.

  • Desde allí, el camino más directo es por la ruta provincial Nº 20 hasta Saladillo y de ahí por la Nº 17, que pasa por Juan Llerena, con 93 kilómetros de recorrido. Esta vía, totalmente asfaltada, es la más corta y tiene muy poco tránsito. Si no tiene apuro, quiere de paso comprar algo de ónix, y le sobra la plata, puede ir (o volver) por La Toma, siguiendo por la ruta Nº 20 hasta empalmar al Sur por la nacional Nº 148. Son 20 kilómetros y un peaje de 1 peso más.
  • Desde Merlo: la vía más directa es la ruta nacional Nº 148, con 127 kilómetros.
  • Qué ver: en San José del Morro la iglesia, una de las más antiguas de la provincia. Muy cerca hay una casa con gruesas paredes de adobe, contrafuertes y techo de paja. También el museo pegado a la iglesia.

  • En La Toma, los talleres de ónix.
  • Alojamiento y comida:

  • La Morena es una buena opción para dormir y comer, pero conviene reservar por el 02656-491266.
  • ADEMÁS

    MÁS leídas ahora

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.