Una ciudad para sentirse todo un caballero

De templo en templo: en La Valletta hay numerosas iglesias y cuando se la edificó se estableció que en todas las esquinas esculpieran la imagen de un santo.
(0)
11 de junio de 1999  

En la Argentina dicen que si llueve con sol, se casa una vieja. Para el mismo enunciado, dicen en Malta que nació un turco. Pero los malteses son todavía más radicales: si en una casa hay fantasmas, son turcos; si alguien no entendió el chiste, no hay dudas, es un turco.

Sin embargo, si no hubiera sido por los turcos, La Valletta, la bella capital de Malta, no existiría.

Efectivamente, el proyecto de construir la ciudad surgió luego del Gran Asedio de 1565. Ese ataque duró cuatro meses y, si bien los turcos contaban con 40.000 hombres, los caballeros lograron resistir.

"La Valletta es una ciudad construida por caballeros para caballeros", así se refirió a la capital de Malta el novelista romántico inglés sir Walter Scott, a principios del siglo XIX.

Luego del triunfo ante los turcos, los caballeros fueron considerados héroes en el resto de Europa y estaban en condiciones de pedir fondos a los distintos países del Viejo Continente. Así, desde los rincones más remotos de la cristiandad llegaron donaciones. El rey de Francia envió 140.000 libras; Felipe II de España, 90.000, y el rey de Portugal, 90.000 cruzados. El Papa no sólo contribuyó con 15.000 coronas, sino que, además, les mandó al arquitecto italiano Francesco Laparelli de Cortona, que dibujó los planos de las nuevas fortificaciones y de la ciudad.

El gran maestre Jean de La Vallette proyectó edificar la capital en el Monte Sciberras, un lugar estratégicamente perfecto.

Era la primera vez que se construía en Europa una trama urbana siguiendo las pautas de un plano bosquejado previamente. Es decir que no se dejó nada librado al azar: se diseñó un sistema de alcantarillado y drenaje de aguas, no se permitió que hubiera edificios que sobresalieran a la calle y en todas las esquinas se debía erigir una estatua con la figura de un santo.

Una iglesia para cada día del año

Aunque el concepto de edificación, tan avanzado para la época, se advierte en un paseo por el centro de Valletta, los viajeros detienen su mirada en los detalles de la cotidianidad propia de la urbe. Las calles, más extensas de lo que la mirada puede abarcar, se zambullen finalmente en el mar y los balcones de madera cubiertos dejan que el transeúnte curioso se asome a la privacidad maltesa y acaso descubra que la mayoría de las casas tiene un cuadro con la imagen de alguno de los grandes maestres de la orden de los Caballeros de San Juan.

También de pie, el viajero se encontrará con una iglesia casi a cada paso. No es necesario frotarse los ojos: la visión es correcta ya que Malta cuenta con más iglesias que días del año y así los habitantes de la isla pueden ir a misa siempre en un templo distinto.

"Siendo liliputienses, tenemos tendencia al gigantismo", comenta con una sonrisa un guía de turismo mientras señala la inmensa cúpula de la iglesia Rotunda, en el pueblo cercano de Mosta. Durante la Segunda Guerra Mundial, Malta fue intensamente bombardeada por el Tercer Reich y, en 1942, un proyectil cayó sobre un fragmento de la cúpula, pero por miracolo -como dicen los malteses- el explosivo no estalló y el techo se restauró sin problemas.

Otro templo de majestuosa belleza es la Co-Catedral consagrada a San Juan, que antiguamente era la iglesia del Convento de la Orden Militar. Construida entre 1573 y 1577 por Girolamo Cassar, posee un interior muy barroco; tan desbordante es su decoración que guarda un efecto teatral.

Las callecitas de La Valletta son muy estrechas. Por eso, el minicooper es el protagonista del tráfico citadino. Le hace pito catalán a las curvas ceñidas, se cuela por los pasajes más angostos y hasta puede procurarse un lugarcito en doble fila.

Como en todos los viajes, también en Malta las mejores imágenes se obtienen vagando por las calles. Así, en cualquier momento del día, en una arteria escondida, Kathleen, una maltesa de 80 años enrolla desde el balcón un piolín que le trae una canastita de paja con los huevos y el queso que necesita para cocinar. Desde abajo, Mary, la almacenera, luego de sacar la compra de su camioneta, se encargó de acomodarla en la canasta y darle el OK a Kathleen para que comience a tirar.

Esta es una forma muy común en La Valletta. El motivo es que los edificios son altos y no tienen ascensor. Con este método, las mujeres de edad no se cansan con los interminables escalones que de cuando en cuando las conectan con las calles de la ciudad.

Tanto el interior con techos abovedados como la amplia terraza del Café Cordina, fundado en 1837, son un punto obligado para ver un típico día maltés. Acodados en las mesita de afuera, los turistas imaginan la ciudad de los caballeros, mientras un karrozzin -antiguo carruaje tirado por caballos- les regala el golpeteo de las herraduras contra el asfalto.

¡Un comino!

Aunque la expresión me importa un comino no tiene una relación directa con la tercera isla de Malta, se cuenta que allí crecía esta especia. Sin embargo, como no era un bien muy valioso en el momento de su intercambio, la expresión comenzó a utilizarse para referirse a un hecho de muy poca relevancia.

En los 2,5 kilómetros cuadrados residen en forma permanente sólo ocho personas, entre ellas un policía y un párroco.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.