Una forma distinta de viajar

De la mano del deporte, un recorrido por nuestra maravillosa geografía
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20 de diciembre de 2009  

La primera vez que tomé un palo de golf me pareció que era la cosa más fácil del mundo. A mi lado estaba Roberto De Vicenzo, con su buen humor y bonhomía de siempre, que me anticipó que no le pegaría a la pelota. Y acertó. Recién después de varios intentos y de aprender que más vale maña que fuerza logré pegarle. Y es difícil contar lo bien que uno se siente. En ese momento uno levanta la cabeza, contempla la maravilla del paisaje que lo rodea y le toma el gusto a caminar por esa mullida moquette de césped que envidia el más capaz de los jardineros.

Aunque nunca jugué, siempre lo asocié con sentirme bien, respirar aire puro a todo pulmón y viajar. Porque es un deporte turístico. El legendario Ricardo Jurado ya predicaba que viajar para jugar al golf era la mejor manera de aprender no sólo por la competencia, sino en el intercambio de personas y culturas. En un partido de fútbol, básquet, béisbol o tenis la atención está limitada al campo. Los de afuera son de palo. No importa si estamos en la ciudad o el campo, junto al mar o entre montañas. En cambio el principal protagonista del golf es la naturaleza que le hace continuamente bromas pesadas a los jugadores con su topografía, porque al costado del amplio fairway (es como denominan los ingleses a la calle , es decir, al claro que se abre entre el punto de salida y el green del hoyo) está lo imprevisible de la vida: un árbol que puede desplazar para bien (o para mal) la trayectoria de una pelota, los búnkeres de arena, el agua y un vasto etcétera que le puede hacer la vida imposible al más equilibrado.

El mundo está dotado de escenarios incomparables que se multiplican de manera creciente al mismo tiempo que generan viajes para los aficionados o de incentivos, porque ¿a quién no lo tienta el golf? Las ventajas comparativas están en la topografía que inspira a los diseñadores para convertir esos destinos en la figurita difícil entre los grandes nombres y en gran atracción en TV. Fue la segunda de las razones de la audiencia del Master de Augusta porque la primera era el cordobés Angel Cabrera, el mismo que recibió el apodo de Pato haciendo de caddie en los links de Villa Allende, probándose el saco verde de los grandes maestros.

Nuestro país tiene una situación de privilegio. Sin salir de Buenos Aires no tiene precio la tranquilidad que produce pasear por la cancha en los bosques de Palermo. Y basta asomarse a nuestros mapas para imaginar (y disfrutar) el placer que significa jugar entre los viñedos en Mendoza, al borde del agua en Mar del Plata o Ushuaia, junto a los acantilados, eludiendo los espinillos en Traslasierra, entre las nieves de la Cordillera, los alrededores de Bariloche, las llanuras de la pampa, los esteros del litoral o en las cercanías de las Cataratas o las montañas en el Norte. Hasta las jaulas ( driving ranch ) tienen el río para mirar, y hasta en las clínicas para mejorar el juego hay monitores con paisajes.

Se cuentan más de 213 campos que cumplen los requisitos reglamentarios y 43.000 los asociados federados, sin contar los simpatizantes, porque en cualquier deporte hay más público que jugadores. Muchos de los grandes desarrollos en clubes de campo, los countries, lo primero que plantan en sus loteos es el espacio dedicado al golf. Y los terrenos más cotizados son los que miran a la cancha.

Lo que no termino de aceptar es la comodidad de los autitos eléctricos. La pereza no es buena consejera y nos priva de los consejos del caddie. Por eso, Roberto De Vicenzo, el gran Spaghetti que le dedicó su vida al golf, decía: " Pienso seguir jugando hasta que Dios me dé buena salud y buenas piernas para poder caminar".

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