Una mano a la familia con cama afuera

Horacio de Dios
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7 de octubre de 2012  

Las podríamos llamar nuestras familias con cama afuera. Una vuelta del lenguaje a estilos de vida con las parejas que viven felices en casas separadas. Con el toque de la globalización que propone nuevos recursos para atenuar los problemas que florecen por todas partes.

Hace poco tiempo y aquí cerca, lo comprobamos con la crisis de la devaluación de 2002. Los argentinos nos caímos del espejismo del dólar barato y los europeos entraron en la ilusión del euro todopoderoso. En ese momento recibimos muchos primos lejanos que venían de visita y significaron una enorme ayuda no sólo por el dinero, sino por todo lo que aportaron con su afecto.

Como me acostumbré a oír en mi infancia: donde comen tres pueden comer cuatro. Lo mismo que la casa es chica y el corazón, grande. No venían para dormir en hoteles, sino para estar juntos. Luego, a los pocos días se mudaban a los alojamientos que brotaban como hongos en los barrios para atender esta nueva necesidad. Era una mano creativa cuando no había dólares ni pesos.

En la planta tradicional tipo chorizo, improvisados comerciantes compraban camas y colchones para nuevas habitaciones, y construían baños independientes.

Estaban muy próximos a los vecinos que recomendaban a los recién llegados. Era como estar en casa, pero todos mantenían su independencia después de abrir los regalos y ponerse al día con los chimentos.

Lo importante era ir caminando hasta la parentela a la hora de comer. La mesa es ideal para intercambiar noticias sin dejar de conocer nuevos platos de aquí y traer los de allá.

Esposas del tango

Una formidable historia para ser contada es la que protagonizaron muchas madres, tías y no pocas novias o esposas de los profesores de tango que emigraban para enseñar en medio mundo coincidiendo con el auge del baile. Con ese dinero ayudaban a sobrevivir a los que tuvieron que quedarse. Y un agregado. Se alquilaba la habitación del ausente y se daban clases de milonga a los huéspedes que nunca imaginaron que podrían tener esa experiencia de primera mano.

Es hora de dar las gracias. Porque ¿quién no piensa en algún pariente cuando ve dramáticos incidentes en la TV no sólo en Madrid o Atenas, sino también en Medio Oriente? El mapa de sangre de nuestro país es de una enorme riqueza y diversidad. Si bien la mayoría de los inmigrantes llegó de España e Italia, la generosidad de las puertas abiertas atrajo a los que buscaban paz y trabajo de muchos otros lugares.

Una buena idea es preguntar cómo la están pasando. Volver a una carta, un mail o una llamada telefónica que se parezca a la sociedad de socorros mutuos, que era lo primero que recordaban nuestros abuelos.

Es un primer paso que se puede ampliar con una visita personal con la familia. Viajar es simple, a pesar de ciertas dificultades que todos conocen, y es la mejor manera de hacer una transfusión emocional para renovar la memoria de nuestra sangre. Se me cuela el poema de Facundo Cabral, "No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad".

Sin olvidar, por último, que lo que resulta más oneroso en los viajes no es la comida, sino el alojamiento. Y de la misma manera que sucedió aquí, también allá nuestros primos hermanos podrán ayudarnos a obtener el mejor techo al menor precio. Y compartir y superar juntos este momento difícil con su propia música, porque hacen falta dos para bailar un tango.

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