Vacaciones para revolear el poncho

Por Soledad Pastorutti
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7 de diciembre de 2001  

Después de mucho tiempo de trabajo sin interrupciones, en marzo de este año, finalmente logramos ponernos de acuerdo con mi familia y decidimos ir de vacaciones todos juntos a Cuba. Fui con mi viejo, mi mamá, una pareja de Arequito amiga de ellos y mi novio, Jeremías. La única que se quedó fue mi hermana, porque tenía que empezar la Facultad. Elegimos Cuba porque El Jere es amante del Che, leyó no sé cuántos libros de su historia y desde hacía tiempo quería visitarla. Además, yo tenía referencias de amigos que habían ido, y también quería verla con mis ojos.

La mayor parte de los días estuvimos en Varadero. La pasábamos muy bien, porque parábamos en un hotel donde todas las noches había un show diferente, que podía ser de música cubana, de magia o la elección del rey -lo eligieron a mi novio-. Mi viejo, como siempre, no podía con su genio, y contaba que tenía una hija cantante, repartía compacts por todos lados y hablaba tanto de mí que al final, en una de las últimas noches, arreglamos para hacer un minirrecital. Así que tampoco me salvé de eso. Hice karaoke, porque no tenía músicos ni nada. Pusieron un disco, le sacaron un poco la voz y canté arriba. También disfrutamos muchísimo de la playa, de un sol hermosísimo, las arenas blancas y, lo más lindo, la calidez del agua.

Una noche quise probar bichos de mar. No sé si yo soy alérgica o qué, al otro día no paraba de llorar de las ronchas que tenía. Estaba en la cama y gritaba y gritaba, y decía basta, basta, basta... En total me comí como tres inyecciones, y con la última me desmayé de lo impresionada que estaba. El médico del hotel me atendió muy bien, bárbaro, pero fue terrible. Todo el mundo se había enterado que yo estaba enferma, y cada uno que se cruzaba me preguntaba: -¿Te sientes bien? ¿Quieres que te traiga esto? ¿Quieres que te traiga lo otro?

Lo que más me gustó fue cuando finalmente fuimos por un día a La Habana, a conocer cómo se vivía ahí. Una historia totalmente diferente, porque Varadero está bastante aislado de lo que es el resto de Cuba. Cuando salíamos a caminar por la calle, nos pedían las zapatillas que llevábamos puestas, un dólar, que le compremos la leche a la nena o nos daban alguna carta para un amigo de la Argentina. En La Habana caminamos un montón. Para mí fue una experiencia fuertísima, porque conocí muchísimas cosas que me agradaron y otras no tanto.

Y si bien me fui de vacaciones, me sorprendió encontrarme con una forma de vida distinta, en un país que funciona con otro sistema y tiene otra manera de pensar. Que tiene casi todo resuelto en cuanto a educación y salud, pero que también soporta otras limitaciones que no me gustaron para nada.

La autora es cantante y compositora.

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