Varanasi, el cielo y el infierno

Un viaje entre crematorios, calles ruidosas y escuelas de yoga, en un destino diferente de todo. A orillas del Ganges recibe a miles de fieles que llegan especialmente para morir. También a los turistas, que hallan la calma en el interior de las casas y en terrazas con vista al río
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20 de diciembre de 2009  

VARANASI.- Babú hace méritos de entrada. Todos recomiendan evitar a los chicos que ofician de guías, pero él se gana nuestra confianza con el dato de un muy buen lugar para almorzar, en medio del caos.

Hasta aquí el día fue un infierno. El viaje en tren desde Nueva Delhi duró 14 horas, tres más de lo previsto. Luego hubo que traspasar multitudes con la mochila a cuestas y casi 40° Celsius, y la ansiedad por conocer los sitios simbólicos derivó en una temprana visita al crematorio principal. Si el olor en muchas zonas es nauseabundo, ahí directamente te tumba. ¿Qué tiene de bueno entonces Varanasi? La respuesta llegaría con el paso de los días, pero la conclusión puede anticiparse: no es sólo una ciudad impostergable en una visita a la India, sino también una de las más interesantes de todo el mundo.

En el restaurante Keshari comenzó a mejorar el día, por la comida, pero en especial por la calma. Cada lugar cerrado es un refugio del calor y el ruido; apenas uno ingresa, el caos se olvida. En la mayoría de estos sitios, además, invitan a sentarse sobre una gran colchoneta -el piso es como un tatami- y si uno está bien predispuesto recibe un convite especial: un chai , té típico de la India. Uno lo bebe y todo se soluciona.

En los comercios y las casas, la propuesta es descalzarse para dejar la suciedad puertas afuera. Por eso, si bien es bueno viajar con calzado cerrado -nunca se sabe dónde o sobre qué apoyará los pies-, también debe ser fácil de quitar, ya que uno entra y sale de lugares todo el tiempo. Lo ideal, entonces, son sandalias.

Se camina mucho por gusto, pero también por error: el laberinto de callejuelas deriva siempre en la salida equivocada. Sólo Babú, con 13 años, parece conocer los caminos en detalle. Su tarea comienza en la puerta del guest house (uno de esos hoteles en auge, con habitaciones privadas, pero clima de hostel). Desde allí él camina con los turistas, prometiendo que no busca propina; sólo pide un favor: que visitemos luego el negocio de telas de su tío, que no es un tío verdadero, si no quien le paga una comisión.

Luego del almuerzo, Babú avisa en perfecto inglés -se defiende también con el francés y el hebreo- que pasará más tarde, por si queremos su compañía para la ceremonia del gath principal, Dasaswamedh. No hará falta, pero igual lo veremos allí.

Pasión por el Ganges

Cada año miles de hindúes llegan a morir a Varanasi (también llamada Benarés). Hacerlo garantiza la salvación, según su creencia, porque el Ganges será el último destino de los cuerpos. El río sagrado tiene el poder de purificar, limpiar, sanar y liberar. Las cenizas son arrojadas en el agua donde, además, miles de hombres y mujeres se bañan, cepillan los dientes y lavan la ropa. Algunos afirman que es uno de los ríos más límpios del mundo, pero basta ver la orilla para saber que, al menos esta única creencia, no tiene sentido: a la altura de Varanasi, la contaminación es absoluta.

En el Ganges suelen verse cuerpos que flotan porque no llegaron a incinerarse del todo o no cumplían con los requisitos: no pueden ser cremados los niños, las mujeres que estaban embarazadas, los muertos por picadura de serpiente ni los sadhus -monjes que siguen el camino de la penitencia y la austeridad- que desean volver a la vida.

La actividad religiosa se centraliza en los gaths , escalinatas sobre la costa que cuentan con gente rezando en todo momento, dentro y fuera del agua. Las pujas son las ceremonias donde se realizan ofrendas, especialmente a la Madre Ganga. La ceremonia en el gath principal empieza a las 19.

Ocho sacerdotes vestidos de naranja reciben cada noche a miles de personas. Muchos de los devotos y peregrinos miran y sacan fotos desde el agua, en botes que se alquilan por hora.

La ceremonia termina a las 20, con velas encendidas en el río. Babú aparece de golpe. "Vamos", dice.

Ahora tiene celular. Se lo prestó el tío, asegura mientras negocia con el conductor de un rickshaw , que le habla a los gritos. Es fácil desconfiar de Babú, pero él pasa también con holgura el segundo test: la música en vivo.

El lugar se llama Music Paradise Hall. Llegamos luego de pagar 20 rupias por el viaje; iban a ser 15, pero la diferencia (diez centavos de dólar) fue la comisión de Babú. El público es de ocho turistas, todas mujeres, sentadas en el suelo y disfrutando del concierto: un dúo de tambores y sitar ofrece largos temas sobre un pequeño escenario. La música es encantadora; tanto, que dos turistas ya están recostadas en la alfombra, durmiendo.

El mismo rickshaw de la ida espera en la puerta. Todavía está abierto Ksheer Sagar, especie de rotisería vegetariana, donde la parada es inevitable: las samosas de aquí deben ser las mejores de la India. El menú se completa con kulfi , helado de crema que combina almendra, azafrán y pistacho.

Después de comer, el rickshaw alcanza las cercanías del hotel, pero nos deja a varias calles de distancia. No puede ingresar en el barrio antiguo por la estrechez de los caminos, la cantidad de obstáculos y el fuerte control de la policía, que dirige el tránsito a bastonazos.

Salir de madrugada

Hay que levantarse antes las 5 para ver el aterdecer sobre los gaths, en lo posible desde el agua. Es fácil al quilar un bote a esa hora, ya que apenas uno se asoma al río recibe ofertas de paseos a cada paso.

Hay que negociar el precio; no conviene contratar por hora, para que no remen demasiado lento. Lo mejor es combinar una tarifa para ir y volver -100 rupias por persona no está mal, son sólo 2 dólares- para hacer el viaje en un ritmo calmo, pero no demasiado. El recorrido por los principales gaths puede durar una hora y media.

Cuando el sol empieza a iluminar las escaleras se disfruta de los colores. Cientos de hombres y mujeres se purifican en silencio, mientras los viajeros navegan, sin interrumpirlos.

En un momento aparece lo imposible: un cuerpo flotando, hinchado por el agua. La vista de los crematorios, también sobre los gaths, no perturba tanto como esa imagen.

Símbolos de paz

Las 8: buen horario para el desayuno, si uno aún tiene apetito después de la extraña navegación. Los guest house no lo incluyen, así que hay que buscar un sitio para un café y algo para comer. No es fácil ya que hay escasas cafeterías en la ciudad vieja. Una de ellas es la German Bakery, casi un refugio para extranjeros, que además de menú en inglés cuenta con sándwiches diversos, que no son tan comunes. El lugar es de lo más occidental , aunque también haya que sentarse sobre colchonetas.

Lo mejor para comer está en los restaurantes locales, mayormente vegetarianos, que convocan mayormente a indios de clase media. Hay que animarse a los sabores propios de la región, ya que la gastronomía es imperdible.

También se puede comer en los hostales. A la hora de elegir uno para quedarse hay un dato fundamental: además de ubicarse frente al Ganges, para disfrutar de la vista, debe tener terraza. Allí se puede disfrutar de las tardes bebiendo algo, después del mayor calor. Dicen que no venden cerveza, pero igual lo hacen; sólo piden dejar la botella debajo de la mesa.

Hay que quedarse varios días en Varanasi, para ir al cine, buscar un costurero para hacerse un traje, recorrer los locales con telas... Algunos dicen que se conoce en dos días, pero en ese tiempo sólo queda la sensación del caos, la suciedad, los olores, los muertos que son bajados en alzas, los sadhus que piden plata por cada foto y los hombres que te siguen para venderte de todo, desde alfombras hasta hashish. Pero la ciudad es mucho más que eso.

El último gran acierto de Babú es su indicación para enviar encomiendas. Mandar por correo algunos regalos es más barato que pagar sobrepeso en el avión, pero hacerlo requiere instrucciones: hay que comprar una tela para envolver los envíos, mandar a coserla y hacerla sellar.

A Babú lo veríamos unas horas más tarde, a las 17, antes de partir hacia la estación de tren. Imaginábamos que vendría a saludar y por una propina, pero no apareció. Sólo dejó una notita en inglés, para agradecer la visita al negocio de su tío.

Datos útiles

Cómo llegar

  • De Buenos Aires a Nueva Delhi hay combinaciones vía Europa, Estados Unidos y Asia, con tarifas desde 2400 dólares, con impuestos incluidos.
  • El tren de Nueva Delhi a Varanasi cuesta unos 20 dólares en vagones con literas. Las clases A2 (dos camas por lado) y A3 (tres) resultan la mejor combinación en precio y calidad. Ver más en www.indianrail.gov.in
  • Dónde dormir

  • Los guest house son una opción muy económica. Uno de ellos es Ganpati ( www.ganpatiguesthouse.com ), con vista al Ganges y terraza.
  • Travelite ofrece un paquete de 14 noches, que incluye Varanasi, en hoteles 4 y 5 estrellas. Más, en www.worldnetwork.com.ar o 4893-3003.
  • Más información

  • Visa: es gratis y se pide en la embajada, Av. Madero 942, 19º; 4328-9141/4393-4001. Horarios: de 10 a 12.30 y de 14.30 a 16.30. Hay que llevar certificado oficial de vacunación de fiebre amarilla.
  • En internet

  • www.worldnetwork.com.ar
  • www.traveliteindia.com
  • www.indembarg.org.ar
  • www.incredibleindia.org
  • LaNación.com

    Multimedia. Imágenes y sonidos de Varanasi integran un nuevo Especial Multimedia del suplemento Turismo. Cielo, infierno y tierra, en tres videos: una combinación única entre la paz religiosa, el caos de las calles y una simpleza cotidiana que asombra.

    www.lanacion.com.ar/turismo

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