Venecia, tras las huellas de Thomas Mann

Alejandro Destuet
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27 de enero de 2013  

El vaporetto sale de San Zaccaria rumbo al Lido. Esto es Venecia, estamos en el gran Canal y la mañana reluce. El viento despliega la bandera tricolor. Nos vamos en busca de Thomas Mann. Mi hija lee, sus rizos de trigo y miel hundidos sobre La Montaña Mágica. Lo comenzó en Roma, lo va devorando mientras camina por la calle. La cabecita colorada de mi hijo mira las aguas junto a mi mujer. La brisa acaricia sus cabellos ondeados y fogosos.

Son diez minutos, sólo diez minutos de navegación a pleno sol. Sentimos el aliento contenido, la inminencia de un encuentro imposible, que nos invadirá inevitablemente. El conserje de nuestro hospedaje nos advirtió que no veremos el Hotel des Bains pues lo están refaccionando. No nos importa. La nave avanza y las primeras notas del adagietto de la quinta sinfonía de Mahler resuenan. El arpa borbotea pares de notas, que se hacen eco, gotas musicales que se deslizan sobre el dulce azul de este mar calmo. Lentamente, con timidez, las cuerdas comienzan un crescendo que tiñe lentamente toda nuestra percepción.

Bajamos del vaporetto. Caminamos por vía Santa María Elisabetta, que atraviesa la barra del Lido hacia el Adriático. Altas palmeras se empecinan en definir que éste es un lugar de verano, aun cuando estemos en invierno. Un cappuccino con corneto, y seguimos hacia la costanera, el Lungomare Guglielmo Marconi.

Vamos contra la desesperanza y el tiempo. Thomas Mann y Luchino Visconti deben estar ahí. La melodía de las cuerdas renace y nos trae la nostalgia de un mundo elegante, bello y decadente. ¿Quién hubiese imaginado que habría un Auschwitz en el siglo de Freud, Einstein y las vanguardias? La música parece adivinarlo en su lamento sobrecogedor, de despedida.

Giramos a la derecha. El Adriático se esconde detrás de una alegre fila de pinos. Sin aviso, aparece el imponente edificio del hotel. Su inconfundible reloj desafía al tiempo. Emerge testarudo en medio de las estructuras con que lo han rodeado para remozarlo.

Parecen escucharse ecos del grotesco grupo de músicos errantes, esos que irrumpen en la película arrojando gruesas risotadas a los huéspedes que toman el aire fresco de la noche.

Ahora vamos por el corazón del relato del prodigioso Mann. Entramos a la playa, casi vacía. Buscamos el lugar donde señaló el horizonte Tadzio, el efebo perfecto, el difuso horizonte dorado desde donde este Hermes adolescente guió a Von Aschenbach hacia la belleza absoluta y final.

Pisamos la arena despareja. Las gaviotas nos sobrevuelan. Las aguas son de un celeste irreal. Nos internamos en ellas caminando sobre el muelle. Mar y cielo nos rodean fundidos, unidos entre sí. Una nube vaporosa recubre la superficie, para recordar que estamos en medio de un acto de magia.

Sentimos el ataque imperioso del cello disparando a todas las demás cuerdas, que llegan a un pico de tensión, para difuminarse luego entre las difusas aguas calmas

Y es entonces cuando nos damos cuenta: ellos están allí, siempre estarán en el brumoso confín de las aguas del Lido, llevándonos una vez más hacia el pasado recurrente.

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