Veranear en casa no es mala idea

Horacio de Dios
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30 de diciembre de 2012  

Hace calor, rogamos por una tormenta para que refresque y luego sigue igual. Estamos en el verano y antes de buscar los títulos de primera página nos preocupa más el tiempo y el pronóstico.

Si estamos por salir de vacaciones no pensamos en otra cosa. Si ya volvimos esperamos la pausa de Semana Santa y las vacaciones de invierno.

Sabemos, por experiencia propia y ajena, que no movernos de casa es una buena idea en esta época. Igual que ir a la costa en marzo. Sin embargo, contra el sentido común, queremos viajar a cualquier lado para escapar del calor aunque sea para ir al frío de Europa. ¿O no aprovechamos en el otoño las ofertas de Mar del Plata, cuando en la Bristol hay un lugar vacío para tomar sol aunque el agua esté tan fría como en enero?

Algunos filósofos amigos, porque les gusta quedarse en Buenos Aires o están resignados a no poder salir, intentan convencernos. La ciudad, semivacía, está para nosotros solos. El aire acondicionado está en todas partes, hasta en los colectivos de la línea 15 y la 132. En medio de la canícula nos permite un respiro entrar en un shopping. Los precios son menores que en diciembre, se consiguen taxis aunque llueva, hay promociones en la piscina de los hoteles de lujo, abundan terrazas y glorietas para comer al fresco, no debemos pedir reserva para ir a los restaurantes que están de moda, en las tiendas podés elegir sin apuro y hasta las vendedoras son amables.

El estilo del viernes casual, dejando de lado saco y corbata, es contagioso. Si en algún lugar mantienen la etiqueta hacen la vista gorda o te prestan lo que haga falta para entrar. Podés usar sandalias (abiertas o cerradas), camisas sport o sólo una remera, y hasta andar en short si te animás. Las mujeres ya lo hacen desde la primavera cuando las piernas salieron del encierro del jeans.

El gorrito con visera de los pibes lo imitan los grandes y basta una campera liviana por si viene una tormenta cada cuatro días, según dicen algunos meteorólogos. Y si refresca, precaución de las abuelas con un tiempo loco como el nuestro, alcanza un pulóver.

Trabajo exprés

Se trabaja con menos presión, a media rienda. Los jefes suelen estar menos, o van y vienen de ver a la familia que alquila afuera. Las escapadas son la orden del día, porque la semana hábil se acorta: comienza el lunes por la tarde o el martes, y termina el jueves a última hora o el viernes a lo sumo. Los días puente se negocian de amigo a amigo, alternándose para cubrirse mutuamente igual que los estudiantes en un empleo de comidas rápidas. Es un paraíso con la única contra del calor, que no es una broma porque no es lindo caminar con 30°C a la sombra. Pero son pocos días.

No estoy inventando nada. Es lo que ocurre en el Ferragosto de los italianos a partir de la celebración de la asunción de la Virgen, cuando brotan las mesas en la vereda. La costumbre -y de ahí su nombre- viene del emperador Augusto antes de Cristo y se mantiene hasta hoy. En el comienzo de la clásica Il Sorpasso , con Vittorio Gassman, se explicaba: "En una Roma desierta de un Ferragosto cualquiera". Y en la reciente película de Gianni di Gregorio lo retrata con humor en Vacaciones de Ferragosto.

Lo mismo se presenta en Francia, desde mediados de julio hasta septiembre. El imaginativo intendente Bertrand Delanoe hace 12 años inventó Paris Plages, que se fue ampliando desde las playas en el Sena, frente al Hotel de Ville, hasta el Quai de la Villette por el canal St. Martin. Traen arena y palmeras, baños públicos, una piscina flotante sobre el río, kayaks, canchitas para volley y conciertos gratuitos nocturnos. Un calendario de onda para biquinis que buscan un tostado caribeño de julio a mediados de agosto.

Algo así sería positivo en Puerto Madero en reemplazo del balneario sur, que dejó de ser por la contaminación del agua y la Reserva Ecológica.

En toda Europa hacen cosas parecidas, de Madrid a Budapest. Hasta en Little Italy del Bronx, en Arthur Avenue de Nueva York, imitan su Ferragosto con puestos de verduras y frutas en la calle, y una sucesión de puestos callejeros para comer al fresco.

La idea fuerza es divertirse y pasarla bien en lugar de quejarse por el calor si veraneamos en casa.

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