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A Fondo

"A veces me siento más animal que persona"
Vive con un puma ciego y dirige una reserva que los protege

Quién es Kai Pacha y de qué se trata Pumakawa, el centro de rescate del felino americano y otras faunas que creó en el Valle de Calamuchita

Texto: Carola Birgin // Fotos y video: Mariana Eliano

Kai Pacha no siempre se llamó Kai Pacha. Fue Karina Maschio hasta que la rebautizaron con una misión que iba a signar su vida. Está al frente de Pumakawa, un centro de rescate ubicado en Villa Rumipal, en el Valle de Calamuchita, donde desde hace 27 años cura, alimenta, protege y revaloriza el rol de los pumas. Y no solamente se ocupa de ellos. Fue su padre quien montó el lugar donde hoy está la reserva. Kai, por entonces, era nómade: vivía en un rastrojero, dormía en el asiento y llevaba de aquí para allá un carrito remolcado que convertía en escenario itinerante para dar funciones de mimo. Actuaba sin palabras. Con eso se ganaba la vida y también hacía frente a su dificultad. Kai se soltó a hablar y a socializar “de grande”; tardíamente llegó el diagnóstico que iba a explicar por qué había sido una chica especial, tan retraída: su personalidad tenía rasgos autistas. Después de recibirse en Córdoba de Trabajadora Social, con gran esfuerzo, y cursar media carrera de Derecho, necesitó salir del sistema en el que no se sentía contenida. El rastrojero le otorgó libertad, y la mímica, expresión. Un día fue al campo que manejaba su papá, un predio de 25 hectáreas lleno de animales; había ido a visitarlo y a darse un baño, no más, pero se terminó quedando. “Él estaba muy solo con un montón de cosas para hacer. Miré el lugar y vi lo que yo podía hacer por los animales y ellos por mí”, asegura Kai.

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TERRITORIO Kai Pacha encontró su lugar en Villa Rumipal; en el monte, con la fauna y la flora local.

Finalmente, ella quedó a cargo del lugar. Su papá, mientras tanto, se fue en busca de otra ocupación que resultara rentable. Hasta entonces, el espacio había tenido fines turísticos, y Kai le dio un giro con un enfoque educativo. “Trabajaba de sol a sol, pero estar con los animales me hacía feliz”, recuerda. Había varias especies, pero no felinos. Todavía. En octubre de 2000 llegó una pumita, Cacuma. Había muerto su mamá y, descalcificada por falta de leche materna, su salud era delicada. “Yo a veces me siento más animal que persona, me muevo por la intuición. Sacarla adelante fue eso: tuvo seis diagnósticos de eutanasia y yo estaba convencida de estar entendiendo sus ganas de vivir”. De hecho, la Cacu cumplió 21 años y recién el 26 de diciembre pasado murió de vejez. Su recinto, enorme, sigue vacío; es como un templo enlutado que honra su existencia fundadora. Su llegada inauguró el santuario que hoy es Pumakawa.

En el nombre de Kai Pacha En 2009, un incendio forestal, ocasionado por la imprudente quema de ramas en plena época de alerta roja, amenazó con destruir todo. “Estas llamas inmensas crujen como un monstruo que avanza –se estremece Kai–. El segundo frente del fuego vino hacia las pumeras. Corrí y abrí sus puertas para que no se quemaran en los recintos. Los solté. Yo no veía nada por el humo, tenía los ojos irritados. Corría y les pedía perdón por la estupidez humana. Cuando llegué a donde estaba la gente que ayudaba, noté que se asustaban al verme. Confundida miré hacia atrás y los vi”. Nueve pumas quietos, mansos, la rodeaban. La seguían, como preguntándole ¿y ahora qué hacemos? “En ese momento dieron vuelta mi vida”, concluye Kai. Volvió a nacer, y con otro nombre. Los amigos le pusieron Kai Pacha, que significa “puma protector del aquí y ahora”. “Cada vez que me llaman, me recuerdan para qué estoy acá –afirma–. Hice una presentación legal y el juez aceptó el nombre ʻpor la misión de la persona’. Eso creó jurisprudencia en Córdoba, la posibilidad de nombrar a alguien en función de lo que quiere ser”, explica con el mismo tono activista con el que lleva adelante sus ideas. Kai cree que hay segunda vuelta. Siempre. Confía en la reparación y en que es posible transformar el mundo en un lugar mejor. A eso se dedica mientras cura, alimenta y cuida a sus pumas. “Lo mejor que podría pasar con Pumakawa es que desaparezca”, exclama segura y sorprende con semejante sentencia. Es imposible imaginarla sin su reserva.

MIRADA Kai Pacha le pone palabras a su perspectiva y su experiencia de vida junto a los pumas.

“Para mí, los pumas, lejos de ser una especie perjudicial, son indispensables para el ambiente –dice y lo explica–: son fusibles que saltan antes de que pase algo peor”. Kai señala un mapa imaginario en el aire para indicar que aquellos lugares donde se denuncian conflictos con pumas funcionan como alarmas que suenan para avisar que ahí el ambiente está castigado, que ya no queda presa silvestre. Por eso, los pumas se acercan a los cultivos y a las poblaciones para comer. Ver al puma como el problema es desviar la mirada, piensa ella. “Trabajar por el puma es abrir una puerta a un camino mucho más grande –dice y puntualiza–: es trabajar por el monte, y también por sus presas; la vizcacha o el guanaco que tienen que estar, porque son su comida”.

“Trabajar por el puma es abrir una puerta a un camino mucho más grande: es trabajar por el monte”

La percepción social es otro de los obstáculos que menciona Kai: “La problemática del puma es poco querida, somos una sociedad productiva y es importante proteger la producción, pero sin ignorar el monte. Trabajar por la producción y también por la vida silvestre”. El deseo de Kai es que los pumas no necesiten acercarse a los cultivos, que las personas no los maten, que haya convivencia y que cada cual ocupe su lugar. En armonía. Animales improntados Hoy en Pumakawa viven trece pumas; doce permanecen en recintos, uno no. Estos ejemplares provienen del mascotismo, de accidentes, o fueron delegados por autoridades que los atraparon y debieron darles un destino. Como ya tuvieron contacto con el ser humano, lo van a asociar con comida siempre, y en lugar de esconderse o alejarse de él –que sería la reacción natural–, harían lo contrario y resultarían ser muy peligrosos. Esa cercanía forzada los priva para siempre de su libertad.

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En la reserva se procura darles condiciones dignas, “que tengan buena comida, buenas emociones, que puedan continuar con algunas cosas de su vida silvestre –enumera Kai–, e intentamos hacerles más llevadero el cautiverio que no eligieron. Y ellos cambian su función: no son más fusibles del ambiente ni depredadores, sino que son voces que nos dicen ‘yo estoy acá por impacto de las acciones del ser humano sobre el ambiente. Los seres humanos impactaron en mí’. Nadie puede decir que la culpa es de otro, todos somos responsables”, sostiene, y se hace cargo de su parte. Pumakawa significa “el que cuida con el sigilo de un puma”. La fuerza del trabajo Akeem Suso parece un muñeco: tremenda melena enrulada, ojos celeste cielo y una sonrisa que no se desdibuja nunca. Empuja de aquí para allá una carretilla pesada. Tiene 20 años y esta es su primera experiencia laboral. Llegó después de no encajar en algunas carreras; después de ir de su Benito Juárez natal a La Plata, y de ahí, directo a Villa Rumipal. Vino por el camino menos pensado y cree que descubrió su vocación. Serendipia se le dice a eso de encontrar algo que no se estaba buscando. Y es una palabra clave en Pumakawa, como un password no-secreto para ingresar a una dimensión que palpita y no se ve.

VOLUNTARIADO Akeem Suso llegó a Pumakawa para colaborar y hoy es parte del staff.

Vicky Maca tiene las manos sucias. No se hace ningún problema, aunque tampoco le es indiferente. Hace un rato terminó de faenar dos caballos. Nunca lo había hecho, pero aprendió. Los animales fueron donación de un vecino: sufrieron una intoxicación letal, seguramente por haber ingerido algún espinillo venenoso y, gracias a su muerte, ahora hay alimento fresco para diez días. Los pumas comen 700 kilos de carne por mes. Meche Felcaro trae varios frascos de perfume. No es que quiera arreglarse para salir –el sábado a la noche recién lo hará, cuando vaya con sus compañeros al pueblo–, sino que es día de estimulación del olfato: rocía a través del alambrado una piedra y Maico se acerca veloz a sentir la fragancia, rasca el hocico, se mueve, se despabila. Es una de las técnicas que usan para despertar los sentidos. Lupe Billone baja se su auto envalentonada, trae buenas noticias: celebra que ingresaron nuevos aportes de donantes individuales para mantener Pumakawa. Siete chicas y chicos, que tienen entre 20 y 36 años, se desempeñan como voluntarios primero y algunos quedan luego como staff. “Trabajo junto a un grupo con el que formamos realmente una manada humana –se enorgullece Kai–. Ellos vienen por cuatro meses después de una selección bien exigente. Hacen los trabajos de rutina y aprenden”. Además, hacen compañía y alimentan las ganas del proyecto.

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MANADA HUMANA Lupe y Meche son dos de las jóvenes que trabajan en Pumakawa; fueron elegidas tras superar una rigurosa selección.

Podrían confundirse con una secta si uno describiera la convicción que pregonan, la sintonía absoluta con que trabajan, la gratitud que sienten por la oportunidad de generar un impacto positivo, la admiración con la que perciben a su líder. Enfrentan dificultades también. La convivencia no resulta sencilla, la labor es dura, no siempre alcanzan los recursos y la frustración está agazapada todo el tiempo. Sin embargo, dicen que los costos quedan ampliamente compensados por el tamaño descomunal de las ganancias. En el brillo de sus miradas entusiastas se nota. Juntos en la cueva Doce pumas habitan en recintos y uno vive en la casa de Kai, junto a ella. Estanislao es un puma ciego a raíz de un golpe que sufrió de cachorro cuando fue atropellado por una cosechadora. ¿Qué hacía un puma en una plantación de maíz? Buscaba presas, alimento alternativo al que el monte ya no le ofrece. “Esta es una realidad. Por un lado, nos interpela para resolver la situación ambiental. Y luego, para trabajar con la comunidad en educación, para acordar recaudos: algo tan simple como que, cuando cosechan, contemplen la necesidad de avisar con ruidos, luces o con movimientos para que la fauna silvestre vuelva a los costados”, dice Kai. O sea, pautas de convivencia en la crisis climática.

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HOGAR La casa que Kai comparte con Estanislao es una construcción sustentable de barro.

La vista es esencial para un puma; el sistema nervioso central de Estanislao quedó dañado, total e irreversiblemente, y necesita ayuda, no se vale por sí mismo. La casa de Kai es de barro; las paredes contienen el calor de una salamandra que se mezcla en el aire con el aroma del palo santo encendido y de algunas verduras que se cuecen. Está situada en las dos hectáreas que hoy ocupa el predio de la reserva, pero ligeramente alejada del resto; a distancia de la sala de primeros auxilios, del ranchito donde duermen los voluntarios, del comedor, del local de artesanías, del vivero, del corredor donde están los recintos de los animales.

“El mascotismo es como adueñarse del animal y yo permito que Estanislao se adueñe de mí. Él es ciego, no ve para hacerme ver”

“Es como una cueva”, describe Kai la vivienda que comparte con Estanislao. Y detalla: “En determinados horarios, él permanece en un sector suyo delimitado, y en otros ingresa a toda la casa. A la tardecita juega en el parque e interactúa con Kunan, una cría de puma que está en un recinto. A través de la reja ellos se comunican”. Kunan cumplió ocho meses y debió ser trasladado a un recinto. A esa edad, los pumas desarrollan su necesidad de cazar y no entienden la diferencia entre juego y cacería; por eso, quienes adoptan un puma, para disminuir el peligro tienden a cometer atrocidades como sacarles los colmillos o mantenerlos encadenados.

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Con Estanislao es diferente. “El mascotismo es como adueñarse del animal y yo permito que él se adueñe de mí –justifica Kai–. Estanislao todo el tiempo me está diciendo ‘movete’, ‘levantate temprano’, ‘trabajá porque estamos los pumas acá, quedándonos ciegos, perdiendo nuestro alimento, nuestra posibilidad de ser libres’. Él es ciego y no ve para hacerme ver a mí”. Estanislao es manso y cariñoso, pero es un puma. Y un puma que tiene el sistema nervioso dañado, que sufrió un trauma, que tiene su ser natural inhibido. Hay secuelas de eso: algunas grietas en las paredes de la casa, producto de zarpazos, y una profunda cicatriz en la pierna de su cuidadora recuerdan que hay situaciones que lo descontrolan. Las noches de tormenta, por ejemplo, se aterroriza y entra en crisis. Las reglas del mundo silvestre Los pumas no son como gatitos domésticos. Tener un puma de mascota es impartir un castigo que implica privarlo para siempre de la vida silvestre. Cuando un puma tuvo relación con el ser humano queda inhabilitado para ser libre porque a partir de ahí va a asociar al hombre con comida y, en lugar de esconderse o apartarse de él -como haría naturalmente- va a buscar el ser humano y puede haber un accidente. El puma tiene un comportamiento que se desencadena muy rápidamente, explica Kai, y cuando empieza no frena. Cuando ve algo del tamaño de sus presas, especialmente. “Por eso, un niño en un triciclo en un ranchito es una presa que va en movimiento para un puma, lo estimula. Es muy peligroso cuando el puma tiene la impronta humana. No es lo mismo cuando es silvestre. En un encuentro con el puma libre, él va a tratar de irse. En ese caso hay que levantar los brazos, alzar a los niños y nunca agacharnos, ya que identificaría el tamaño de sus presas. No hay que comportarse como presa sino como un ser humano que está por encima de la cadena y así el puma no va a lastimar. No hay que acorralarlo ni tener una conducta errada que lo confunda”. Kai Pacha se especializó en manejo de estos felinos; lo aprendió haciendo. “Hay veces que aparecen pumas en ciudades y la policía empezó a convocarme para controlar la situación, lo que significa anestesiarlo y llevarlo a una jaula”.

Qué hacer en caso de encuentro con un puma No corra, ni intente enfrentarlo o atemorizarlo. Eleve los brazos. No le dé la espalda ni se agache, es peligroso quedar del tamaño de sus presas. Por eso, si hay niños súbalos en sus hombros, no los deje en el piso. Si encuentra una cría de pumas, no la quite de ese ambiente. Si el puma no se retira, agite la campera u otros objetos que tenga a mano y hable fuerte, intente que se aleje.

La primera vez la llamaron de Villa María -a 150 kilómetros de Pumakawa-. Por entonces, no tenía herramientas como un palolazo, tampoco dardos sedantes. Todavía no sabía si ella sabría hacerlo. Pero supo. El puma había trepado a un eucalipto, a Kai la subieron en una grúa de la cooperativa. “Le hablé de cerca. Vi que había mucho monte detrás del árbol. Entonces, en vez de reducirlo, algo que era muy complicado sin elementos apropiados, lo fui bajando y él pudo saltar para correr hacia el monte. Había muchos curiosos pendientes. Yo traté de enfocarme en el puma y dirigirlo hacia el campo. Para que sea libre”, relata. “Reducir un puma que está en una ciudad es alarmante, todo el mundo se asusta, sin embargo, no es tan grave. Solamente no hay que acorralarlo y dejarlo que vaya yéndose hacia las afueras de la ciudad”. Ahora Kai Pacha cuenta con un equipo de rescate, con herramientas y hasta elaboraron un protocolo de manejo para que se cuide la seguridad de la persona y la seguridad del puma. Cuesta pensar que, en su infancia, -de algún modo- Kai estaba del lado de los cazadores. Lo recuerda complaciente.

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Es un sábado; principios de los ´80. Karina tiene doce años y, por su contextura pequeña, apenas alcanza los pedales de la camioneta. Pero se estira y llega. Conduce. La sensación de manejar por el campo la llena de adrenalina. Le dan permiso de hacerlo una vez a la semana, para que asista a su padre quien junto a Don Mari -un hombre del barrio que en su patio tenía perros galgos y pájaros- se dedica a cazar. La travesía tenía lugar a unos 20 kilómetros de Río Tercero, en campos particulares de agricultura. “Ellos pasaban el alambrado a pie, hacían su parte y yo me encargaba de manejar, que me encantaba, para ir a buscarlos”, cuenta Kai. Al día siguiente la nona Pilar preparaba el almuerzo familiar del domingo: liebres al chocolate. Suena insólito que alguna vez Kai fue conductora de cazadores y a la vez, la experiencia le da sustento a su quehacer actual. Es que era otra historia. La crueldad y el negocio son agravantes de un conflicto que hoy la desvela. La “caza enlatada”, como la llama, y los criadores le quitan el sueño. “Cazar un puma es muy difícil, verlo es casi imposible”, sostiene Kai. Y denuncia: “Constantemente vienen extranjeros y compran por unos 10.000 dólares un tiro que tiene que estar garantizado. Ellos pagaron y tienen que llevarse el puma. Entonces el puma está en una jaula, sedado, sediento o con las patitas lastimadas para que cuando le abran la puerta camine despacio; que vaya hacia el agua, por ejemplo, así pasa justo por la mira del cazador. Los miradores son tan confortables que hasta suelen tener calefacción y una persona que sirve whisky. Las páginas web de los puestos de caza incluso describen el tipo de silla anatómica que ofrecen”. El cazador le pega un tiro a quemarropa al puma y se lleva un trofeo que es la cabeza, el cuero o todo el animal embalsamado: en este caso, no es el animal que mataron porque la taxidermia demora unos 20 días. Es decir que, en algún lado, debe haber algún ambiente con cabezas de distintos pumas, que además nacieron y crecieron en los criaderos que hay para surtir esos cotos de caza. “Estos pumas son víctimas por recreación”, lamenta Kai y se escucha que le duele la idea de matar como divertimento. Semillas del bien En septiembre del 2018 en Idiazábal un pueblo chiquitito de unos 3.000 habitantes al sur de Córdoba, ocho adolescentes mataron una puma a palazos. Era una madre. Los chicos se llevaron a sus cachorros y los exhibieron como símbolo de victoria. Los vendieron a 500 pesos cada uno, pero, antes, filmaron el hecho y lo viralizaron. El pueblo reaccionó enseguida con una rotunda condena, los agresores terminaron en la policía. Los pumitas murieron de frío porque los rescataron 48 horas después y, como no tienen termorregulación, sufrieron bronconeumonía. Todos menos uno: se salvó Talita y recibió refugio en Pumakawa. “Durante un mes requirió nuestros cuidados permanentes, yo hacía guardia las 12 horas de noche –dice Kai-. En una de esas pernoctadas empecé a pensar en esos ocho chicos, en las redes sociales se lo se los insultaba con mucha ira. Y la ira con la ira no se cura. Entonces pensé que no eran victimarios, ni monstruos. Fueron víctimas también, porque habían querido demostrar que eran hombres. Vivimos en una cultura donde se representa la hombría con poder matar un puma. Así que les escribí una carta y los invité a venir a conocer nuestra relación con los pumas. Les dije que ellos no eran machos, que más macho era yo que con 50 años y 50 kilos podía manejar un puma y dejarlo vivo”.

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TALITA Estuvo a punto de morir, como sus hermanos y su madre, tras el ataque que recibieron por parte de ocho adolescentes. Fue la única sobreviviente y su caso marcó un hito.

Llegaron con miedo a ser juzgados aún más. Enorme sorpresa se llevaron al ser recibidos con cordialidad y una rica picada para compartir. Recorrieron todo el espacio y, por último, les presentaron a Talita. Emocionados, le pidieron perdón. “La vieron sobreviviente de la madre y de los cuatro hermanos muertos, asesinados por ellos, la vieron sola y en una jaula para toda su vida. Entonces se dieron cuenta –repara Kai-. Porque no querían eso. Les pedí que, para resarcir, plantaran 5000 árboles, que le devolvieran al monte lo que le habían quitado”. Así lo hicieron. Sembrar el monte es otra de las misiones de Pumakawa. Por eso, allí funcionan un vivero y un banco de semillas con más de 53 especies de flora nativa. Surgió en el 2009, tras el incendio. “Quisimos reforestar y en los viveros no encontrábamos flora autóctona, en algunos ni la conocían –dice Kai Pacha–. Entonces empezamos a juntar nosotros semillas de las plantas que habían quedado”.

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“Dentro de un un frasco de semillas hay un monte en potencia”

Juntaron tantas que, además de hacer un vivero, fundaron un banco de semillas. Hoy es uno de los más grandes de la región y está certificado por el Instituto Nacional de Semillas (INASE). “Todos los veranos hacemos cosecha. En Córdoba, por las especies que tenemos, cosechar implica pincharte, lastimarte. Hemos aprendido a pedirle permiso a la planta”, cuenta. Y, además, enseñan: conocer la flora y la fauna –dicen– es el primer paso para darle respiro a la Naturaleza, así que publicaron una colección de fascículos con semillas de regalo e instrucciones para cultivarlas. “En un frasco con semillas hay un monte en potencia”, sostiene Kai con optimismo. No es un zoo La flora tiene su espacio, pero la fauna es protagonista en Pumakawa. La reserva recibe visitantes en un paseo que podría parecer por un zoológico. Kai cobija sobre todo pumas, pero también todo tipo de animales que la necesitan. Así que en las jaulas es posible ver a la lechuza Ojitos, al mono Berni, a los gatos monteses y a los jotes. Andando por ahí es posible cruzarse con la burra Adela, con un pato tuerto, con la yegua Luna. Hay gallos arcoíris que parecen pavos reales. Y también hay pavos reales. En la salita, hay crías de comadrejas que serán alimentadas hasta que estén fuertes para ser soltadas en el monte. Hay perros y gatos. Pero no es un zoológico, ni los animales están aquí para ser contemplados en plan recreativo. En cada jaula, más que explicaciones científicas, hay un texto con un nombre y una historia. “Escuchen el ronroneo”, invita Kai a un grupo de niños inquietos frente al recinto de Chirola. “Ahora pónganse una mano en el pecho y escuchen de nuevo, mejor. Cierren los ojos un ratito”. Y así los va guiando para que lleguen. “Todo lo que nosotros sabemos de la fauna no es algo técnico, sino una emoción que transmitimos a las personas para que sientan que pueden hacer algo. Ahí hablamos de una revolución”.

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SANTUARIO En sus recintos, los pumas reciben alimento y son estimulados; se busca darles calidad de vida a los animales que perdieron para siempre la posibilidad de tener una vida silvestre.

Sí, Kai es revolucionaria y declama su manifiesto: “Nosotros confiamos en la fuerza de ‘los cualquieraʼ. Los cualquiera somos todos nosotros, los que vienen a visitarnos, la gente común. Tratamos de que esa persona cambie algún hábito dentro de su casa. Creemos que los pequeños gestos de los cualquiera tienen la potencia de una revolución”. Los visitantes pagan un bono contribución para ingresar a Pumakawa. Ese es el aporte básico para afrontar el mantenimiento, los costos de rutina y la alimentación. Además, reciben ayuda de donantes individuales y subsidios de organizaciones para realizar mejoras. Por ejemplo, el año pasado, la Fundación Brigitte Bardot destinó 10.000 dólares al proyecto: se construyó un recinto geodésico, se aumentó la altura y la amplitud de todas las pumeras y se equipó la sala de primeros auxilios. Y hay más. Después de un año de evaluaciones, en 2021, Kai fue elegida como Emprendedora Social de Ashoka. Desde entonces ella es una de los 89 “fellows” –como se los llama– que, en Cono Sur, reciben apoyo de esta organización internacional que promueve la labor de personas innovadoras con visión de cambio sistémico; es una asociación que construye redes para trabajar por el bien común.

“Todo lo que sabemos de la fauna no es técnico, sino una emoción que transmitimos a las personas para que sientan que pueden hacer algo. Ahí hablamos de una revolución”

También Humane Society International y Fundación Cullunche formaron alianza con Pumakawa. Lo hicieron por una causa puntual: la lucha contra la caza de pumas y el tráfico de trofeos de sangre. “Trabajamos para que no se habiliten los criaderos y se reconviertan los cotos de caza. Hemos logrado que Aerolíneas Argentinas restrinja el traslado de ‘trofeos’ de caza, porque somos el quinto país en importar fauna. Y el número 23 en exportar. Son cifras alarmantes que los mismos argentinos no conocemos –se lamenta–. Estamos muy preocupados por lo que pasa, sobre todo, en La Pampa y también en otros lugares de la Argentina. Hay cotos en los que se hace lo que nosotros llamamos cacería enlatada”. Se refiere a la práctica de comercializar un tiro certero para un cazador que implica disponer de un animal listo para morir, que pudo haber sido apartado de su hábitat, traficado, o bien criado para ese fin. En mayo de este año, después de mucho esfuerzo, llegó la buena noticia: se había firmado una resolución en el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación que prohíbe la importación, la exportación y el tránsito interjurisdiccional de trofeos de caza de fauna autóctona y que no habilita más los criaderos de fauna silvestre autóctona con fines cinegéticos. Kai leyó el mensaje, se quedó muda e inmediatamente estalló en un festejo. Después lloró con emoción, como cada vez que lo cuenta y reafirma que vale la pena todo, que va por más.

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Entonces, ¿por qué Kai dijo que desea que Pumakawa desaparezca? “Porque desaparecerá cuando dejemos de someter a la fauna. Cuando estemos conectados. Cuando la producción agrícola ganadera conviva con la vida silvestre. Cuando los gobiernos aclaren sus legislaciones y las cumplan. Cuando haya pasos de fauna y deje de haber tantos ejemplares muertos o heridos. Cuando las honderas sean prohibidas como armas y dejen de ser un juguete. Cuando los tramperos sean maceteros colgantes. Cuando los cebos tóxicos y las trampas dejen de ser un método. Cuando la hombría deje de demostrarse con selfies con un puma muerto en los hombros, y mute a una capacidad de cuidado de la Tierra, tanto como hoy es visto lo femenino. Cuando deje de haber criaderos de pumas para matar y no se practique la cacería enlatada de pumas. Cuando hayamos evolucionado”, dice Kai. Entonces la idea cobra sentido.

Agradecemos a Ashoka la colaboración para realizar esta nota.

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Créditos

  • Edición visual Cecilia PiccoAlejandro López Mella
  • Edición fotográfica Mariana Eliano
  • Edición de video Emilio Lazlo

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