Arquitextos: de aquella década y con estos frutos
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Es curioso, pero en momento alguno se me ocurrió examinar cuál sería la edad promedio de los lectores de esta columna. Por eso, algo de lo que se trate hoy puede parecer ajeno para algunos. Pero aunque muchos no lo sepan por experiencia propia, los años sesenta fueron, en casi todo el mundo e incluso en la Argentina, un período de excepción por la dosis de fantasía y creatividad que brilló en aquella década tan efervescente y productiva.
Acabo de recibir el número 348 de la revista Graphis, de Nueva York, en cuyo opulento sumario aparece un artículo que, a lo largo de 16 páginas ilustradas con deslumbrantes imágenes a todo color, está dedicado a mostrar, a los lectores norteamericanos y de todo el mundo, la producción que en la plástica, la arquitectura y el diseño viene realizando desde los años sesenta Edgardo Giménez.
Como me fue encomendada la escritura del texto que acompaña tan singular publicación, hube de aclarar en más de una ocasión a Laetitia Wolff (editora en jefe de la revista) a qué nos referimos cuando hablamos del Di Tella, o quién era Jorge Romero Brest, y cuántas ideas y propuestas germinaron en aquel recinto de la calle Florida en un lapso que sólo se extendió entre 1963 y 1969. Y esa creatividad se daba también en Bonino y Van Riel, la FAU, los recitales de Piazzolla y Torres Agüero en Tucumán 676, en revistas, libros y periódicos.
Tiempo de búsquedas
Como correspondía a un tiempo de búsquedas, formé parte del grupo que decidió investigar las posibilidades de nuevos materiales: era el Instituto para el Desarrollo de los Plásticos en la Construcción (IPC). Con la conducción del arquitecto Raúl H. Castagnino, trabajamos con el inolvidable Wolfgang R. Rowell y Alfredo Sartorio. Esto acontecía, reitero, en los años sesenta y, al igual que el Instituto Di Tella, al terminar el decenio, se extinguió la llama del IPC. Sin embargo, hace pocas horas tuve ocasión de revivir algunos bellos momentos vividos en aquel pulcro piso de la calle Suipacha al 200.
De uno de ellos retengo con nitidez la figura de don Roberto Carmuega trayéndonos, con una humilde sonrisa, uno de los primeros ejemplares de esa revista que, en tamaño tabloide y papel ilustración, impresa en negro y verde, llevaba como título una sola palabra: Vivienda. Lo había olvidado, pero fue en esas páginas donde se publicó mi primera nota.
Por eso, al observar días atrás el número 500 de Vivienda, que se editó también en papel ilustración, no pude evitar una emocionada evocación de aquel hombre entusiasta e impetuoso que pudo impulsar una publicación por completo original e inédita, sin capital ni sponsors, y lograr, merced a la obstinación y el fervor de su hijo, arquitecto Daniel Carmuega, que aquella modesta revista alcanzara la entrega 500 con la rutilante fisonomía que hoy exhibe Vivienda.
Sí, distintos pero semejantes, Edgardo Giménez y Vivienda son testimonio cabal de la fértil imaginación de los años sesenta y aportan hoy un aliento vivificante.
