Tiranosaurio, el dinosaurio que encendió una guerra entre museos
Investigadores de Nueva York y Pittsburgh compitieron por describirlo primero
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"Este nuevo dinosaurio tirano ha sido declarado el rey de reyes en el dominio de la vida animal. Fue el monstruo más ágil de su generación: una máquina de pelear cuyas presas eran sus vecinos herbívoros que tenían el doble de su tamaño."
Esas palabras de los paleontólogos Henry Fairfield Osborn y Barnum Brown, publicadas hace cien años por el diario The New York Times, fueron las que alumbraron el nacimiento de un icono de la cultura popular: el temible Tyrannosaurus rex.
Lo que no se dice es que la trascendencia de este dinosaurio carnívoro está en buena medida ligada a los esfuerzos de Osborn y Brown, por aquel entonces figuras estelares del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, por quitarles el favor del público a sus colegas del Museo Carnegie de Pittsburgh.
Todo comenzó allá por 1902, cuando Brown descubrió durante una expedición por el desierto de Montana los "huesos de un gran dinosaurio carnívoro -escribió el paleontólogo-. Nunca he visto algo así".
A pesar del hallazgo, Brown volvió desanimado a Nueva York: había podido rescatar muy pocos huesos del animal, demasiado pocos como para montar una exposición. Por aquel entonces, Brown y Osborn competían con sus colegas del Museo Carnegie por atraer la mayor cantidad de público, y sabían que un dinosaurio nuevo era una buena forma de tomar la delantera.
Pero Nueva York recibió a Brown con otra mala noticia: la exhibición de un diplodocus descubierto en su ausencia concentraba la atención en Pittsburgh; hasta el rey británico Eduardo VII había visitado la muestra. Brown no se iba a dar por vencido: desempolvó el esqueleto de un brontosaurio que había desenterrado en 1897 y Osborn, vicepresidente del museo de Nueva York, le dio una sala entera para exponerlo.
Medio millón de visitantes acudió a la muestra.
El gran golpe
Había sido un buen golpe, pero en 1905 la merma de público sugirió a Brown y Osborn que ya era tiempo de buscar una nueva estrella. ¿Por qué no un gran dinosaurio carnívoro, quizá el más grande de todos?
Con esa idea en la cabeza, Brown emprendió en junio su regreso al desierto de Montana, provisto de suficiente dinamita como para terminar de sacar a la luz los restos del animal descubierto en 1902. Pero cuando llegó a destino se desayunó con la noticia de que Jacob Wortman había estado allí tan sólo un par de semanas antes.
Wortman no era un paleontólogo cualquiera. Era un ex colega de Brown que había abandonado el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York para sumarse el dream team de paleontólogos con el que el Museo Carnegie de Pittsburgh pensaba dirimir la competencia.
Para peor, a los oídos de Brown llegó el rumor de que el traidor había descubierto el cráneo de un gran dinosaurio carnívoro. ¡Ese era su dinosaurio!, qué duda podía caber. Así, aún antes de haber desenterrado los huesos que faltaban para completar el rompecabezas, Brown escribió la descripción del animal, cuya publicación le otorgaría la paternidad.
Finalmente, fue la edición de octubre de 1905 del Bulletin of the American Museum of Natural History la que resolvió la disputa. En sus hojas, Brown bautizó a su criatura con un nombre imposible de pasar inadvertido: Tyrannosaurus rex, el rey tirano de los saurios.
Aun así, el espaldarazo final lo dio en 1915 la exhibición de un segundo esqueleto (más completo) desenterrado por Brown en Montana, en 1908.
Por aquel entonces, Brown había relegado sus tareas de investigación para dedicarse a difundir los hallazgos del museo. Con ese objetivo en mente, entró en contacto con el director de cine amateur Willis O´Brien, que en 1919 llevó al tiranosaurio a la pantalla grande en su película "The Ghost of Slumber Mountain".
En 1933, la criatura de Brown volvió al cine nuevamente de la mano de O´Brien. La película fue "King Kong" y, desde entonces, ningún animal por más fiero que haya sido fue capaz de quitarle al T. rex el título de rey de los dinosaurios.



