Aceptar es sinónimo de integrar
Al celebrarse, el sábado próximo el Día del Niño con Síndrome de Down se destaca el valor de superar prejuicios y el miedo a lo desconocido
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El sábado próximo se celebra en el mundo el Día del Niño con Síndrome de Down. Hay motivos para alegrarse. Quienes lo padecen viven el doble respecto de años atrás, gracias al progresode la cardiología y a que la mayoría vive con sus familias. Han dejado de ser rechazados para pasar a ser aceptados. Y se avanzó mucho en integración.
La integración no es fácil; implica dejar de lado prejuicios que rigen nuestra forma de ser en el mundo y muchos en lo educativo, cambiar la escala de valores y atreverse a ser creativos en la noble tarea de formar caracteres y transmitir la cultura. Los discapacitados son los pequeños por excelencia, los infinitamente expuestos en su inocencia raigal. Y en esa pequeñez, en esa aparente discapacidad, se encierra su mayor riqueza, su máxima capacidad.
En efecto, quien alza a un niño pequeño, quien tiene entre sus manos un pajarito herido, quien ayuda a completar el gesto o el movimiento de quien no puede solo, descubre algo de sí mismo. Descubre que hay un idioma escondido entre palabras y defensas mundanas, un lenguaje oculto que no se enseña fácilmente: el del amor.
La llegada del hijo discapacitado a la familia es un golpe duro para la autoestima de los padres, que aspiran a ser cocreadores de vida, y que ésta sea lo más parecida a la perfección, a vecesentendida como narcisismo. Lo es también para los otros hijos, que afrontan con desconcierto la llegada de lo diferente, de aquel que causó el dolor y el llanto inicial de los padres, el temor y la inseguridad frente a la reacción de la sociedad ante un hijo con distintas capacidades. El apoyo de las instituciones, de matrimonios o familias que han pasado por experiencias similares, y la difusión son fundamentales para vivir con normalidad la difícil experiencia del advenimiento de la discapacidad a la familia. La Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (Asdra) ha sido un ejemplo en la materia.
Cuando un discapacitado descubre que es aceptado por su familia no sólo evoluciona notablemente, sino que devuelve el ciento por uno. No hay ninguna duda de que la familia se revoluciona cuando la visita la discapacidad, sea por nacimiento o adopción, pero la revolución no es la del rechazo eventual, sino la del corazón de la familia, que empieza así a aprender a amar de verdad y termina por agradecer el regalo recibido, sin el cual nunca hubiera aprendido lo aprendido.
No hay integración sin aceptación, y aceptar a un discapacitado es un acto
de amor, de amor de aceptación. En efecto, cuando aceptamos nuestro miedo frente a lo desconocido, nuestra incapacidad para manejar la situación ante lo diferente, en ese momento hemos empezado a amar.
La integración, en cualquiera de sus formas, demuestra cómo el retorno de la inversión amorosa es inmediato. En la escuela integrada, a los niños se les enseña a apreciar el valor que encierran las individualidades; a mirar qué es lo que subyace bajo la apariencia, y a los maestros los ayuda a entender que todos somos limitados en algo. En el trabajo, cualquier persona con síndrome de Down mejora la actividad del conjunto. En lo deportivo, muestra por la sola presencia el profundo respeto que debemos tener por el otro, y en lo religioso, basta verlos participando de una ceremonia para que se refuerce en nosotros el respeto por el misterio de una comunicación que nos supera.
La sociedad debe comprometerse y generar un cambio que dé oportunidades a todos, especialmente a quienes además de su discapacidad están marcados por la pobreza. Es necesario un compromiso real, sustentado en la legislación y en políticas adecuadas. Que el Día del Niño con Síndrome de Down sea el comienzo de un nuevo tiempo.


