Adolescentes: una nueva mirada, sin prejuicios
Atraviesan cambios y transformaciones. Para muchos se trata de un período conflictivo. Sin embargo, no hay que perder de vista que querer crecer y descubrir el mundo no constituye una suerte de patología o un problema en sí mismo. Es más, uno de los grandes desafíos de esta etapa es encontrar una identidad propia, enriquecida por el intercambio. Es también el momento en el que valores como la amistad, la lealtad y la ayuda recíproca florecen junto con el afán de competir y pujar por un lugar en la sociedad
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La adolescencia no es un problema. Es una etapa de la vida. Recordar esto es imprescindible ya que demasiadas veces el período que marca la transición entre la niñez y la adultez es tratado como "el problema adolescente", como si fuera un fenómeno que se limita al tema drogas, alcohol, trasnochadas, sexo, etcétera.
Si bien tiene sus particularidades respecto de los conflictos con los que se puede encontrar cualquier joven que esté atravesando esta etapa, es importante que se recuerde que vivir, crecer y descubrir el mundo no es una suerte de patología molesta, no es un conflicto en sí mismo, sino que la adolescencia es un tiempo de la vida que, como toda situación humana, tiene pruebas que atravesar y puede dirigirse hacia un destino fértil o hacia algún abismo peligroso según la actitud con la cual se lo viva.
Los adolescentes se caracterizan, entre otras cosas, por ser entusiastas recién llegados al mundo del intercambio social. Sus padres y madres suelen verse reemplazados de a poco (o no de a poco) por esa horda de personajes que son los amigos. Esos amigos suelen venir en combos multitudinarios. No son sólo amistades individuales, sino que lo colectivo empieza a ejercer un poder importante en la valoración que los chicos hacen de sus relaciones.
Los grupos de amigos van y vienen, como si fueran nuevas familias regidas por valores cifrados en la lealtad, la ayuda recíproca y, también, la competencia y las pujas por el poder y el encuentro de un lugar dentro de esos mismos grupos o entre grupos diferentes, organizados en derredor de totems como bandas musicales, indumentaria, equipos de fútbol o lo que sirva como marca de identidad colectiva.
De toda esta compleja trama emerge lo que se suele llamar "cultura adolescente", la que marca un énfasis muy especial en la creación de códigos, normativas, ropajes y demás. La protección y la seguridad que antaño daba el marco familiar ahora gradualmente va siendo reemplazada por la pertenencia a esta zona intermedia que es el grupo de amigos, espacio previo a la definitiva entrada en el mundo adulto.
Con la voracidad por la vida como elemento común, no es de extrañar que los adolescentes se vean atosigados por las crueles leyes del mercado consumista manipuladas desde el mundo adulto. Dicho enfoque mercantil tiende a ver a los grupos poblacionales y sus particulares características (minuciosamente estudiadas para sacarles provecho) como fuentes de lucro.
De allí que la noche, que es la zona en la que los adolescentes crean sus rituales de iniciación para poner a prueba su coraje, su lugar entre los pares y sus fuerzas, sea industrializada por quienes apuntan a que los chicos consuman lo que sea, sin importarles en absoluto su situación y su salud.
Es que los chicos tardan un poco en darse cuenta de que la libertad no pasa sólo, y exclusivamente, por hacer cosas diferentes de las de sus padres, suscribiendo a cualquier conducta que no sea la paterna. La libertad pasa por el despertar de la conciencia y no por causa de una conducta determinada.
En ese momento vital, en plena y normal etapa de transición, aprovechando la normal confusión que significa la reubicación de los chicos en el lugar social que ocupan, en nombre de la transgresión se venden enfoques de la vida que, disfrazados de libertarios, en realidad truncan muchos caminos de los chicos y chicas en condición más frágil, que se "enganchan" en esa perspectiva.
Sin embargo, la mejor manera de cuidar como corresponde el proceso de los adolescentes no es intentando volver a un orden mítico e idealizado del pasado, sino mejorando la vida actual de los adultos. Es que los grandes son el horizonte que los jóvenes vislumbran para sí mismos. Si lo que ven como destino futuro surge como indigno, como territorio de miedos, dobleces y claudicaciones, difícilmente se cuiden a sí mismos en función del futuro y apelarán al descontrol como única herramienta para olvidar las agonías de una vida que se les viene encima una vez que se transforman en adultos: seres sin pasión y dominados por el miedo.
Si, en cambio, se prestigia genuinamente la función adulta (una tarea interesante para los propios adultos), los adolescentes sabrán qué hacer para llegar a ese destino con toda la energía de la que son capaces y usando para abrirse camino la alegría de vivir que suelen aportar cuando advierten que la vida tiene, aunque sea, una pizca de sentido.
Sepamos que, si la adolescencia tiene problemas, los adolescentes son parte de la solución de los mismos. Y otra parte de esa solución son los adultos, que más que una técnica para manejar a sus hijos deberán encontrar un espíritu de acercamiento que les permita la proximidad no ya física, sino ética y afectiva. Es ese tipo de cercanía la que acompaña y cuida siempre, por más que otros sean los paisajes que los hijos anden transitando.


