Amigos que acompañan para superar un trastorno alimentario
Más allá de la familia, el acompañamiento y el cariño de los amigos pueden resultar de gran ayuda para que la persona salga adelante y tenga una mejor recuperación
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"Nico, nuestro amigo, es un pibe que mide un metro ochenta y que llegó a pesar 49 kilos. Nosotros estábamos preocupados y le decíamos: estás muy flaquito, ¿por qué no consultás con un psicólogo o con un nutricionista? Y él lo negaba, argumentaba que siempre había sido flaco, ponía excusas constantemente. No quería saber nada del tema y su familia, a pesar de ser muy buena gente, tampoco. Con el paso del tiempo empezamos a notar que comía muy poco y también apareció el tema de los vómitos", recuerda Paula, sentada junto a Leandro en una de las salas de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y Anorexia (Aluba).
Ellos tres: Paula, Leandro y Nico se conocieron en el mismo lugar de trabajo donde la vida los cruzó hace diez años. Hoy son grandes amigos y la incondicionalidad y el cariño que se tienen logró que Nico hiciera frente a su trastorno de la alimentación y comenzara un tratamiento de recuperación para superar una anorexia nerviosa con rasgos de bulimia. Además, su familia también abrió los ojos y se comprometió para acompañarlo en este camino.
"El punto de quiebre fue un día que Nico se cayó jugando al fútbol. Se fracturó la mano y lo tenían que operar para ponerle unos tornillos, pero éstos no prendían bien. En los estudios salió que estaba desnutrido y descalcificado. Los médicos decían que existía riesgo de muerte. Esa fue la alerta que nos sirvió para decir: acá hay que hacer algo ", cuenta Leandro.
A causa de este episodio, Paula y Leandro se acercaron a la nutricionista de la empresa donde actualmente trabajan y le pidieron que los orientara para ayudar a su amigo. Fue ella quien les recomendó que se pusieran en contacto con Aluba, que les brindó el asesoramiento y la contención que necesitaban. De esta forma convencieron a Nico para que asistiera a una charla informativa, a partir de la cual decidió encarar el tratamiento hace más de un año y medio.
"Nosotros estamos agradecidos, porque al principio no sabés qué hacer, adónde recurrir; estábamos perdidos y acá nos dieron los consejos para ayudar a nuestro amigo. Yo me preguntaba, ¿no estaré molestando? Porque Nico nos hacía sentir que lo estábamos invadiendo, metiéndonos en su vida. Él es un hombre grande que tiene 30 años, entonces para nosotros era mucho más difícil porque somos sus pares. Teníamos miedo de perder la amistad", confiesa Paula.
A su vez, esta joven agrega: "Es muy importante estar presente, aunque al principio tu amigo se enoje o se distancie, pero siempre después eso pasa, porque una vez que logran darse cuenta de la enfermedad, te agradecen y te lo reconocen. Me acuerdo que Nico nos decía: No te metas en mi vida , y al final nos terminó diciendo: Gracias por preocuparse por mí ".
La realidad que vivieron Paula y Leandro hoy se hace tangible en muchas amistades donde alguno de sus miembros sufre un desorden de la alimentación. Amigos y compañeros que quieren ayudar al otro a salir a flote y no saben cómo. Si bien la familia cumple un rol fundamental, los amigos también son un sostén importante ya que comparten con ellos gran parte de su tiempo: salidas, comidas, viajes y una enorme cantidad de momentos.
¿Cómo acompañar a un amigo que tiene bulimia o anorexia? ¿Qué hacer cuando surgen señales de alerta que llaman la atención? ¿Cuáles son las conductas que contribuyen a una mejor recuperación?
"Nosotros tenemos muy en cuenta a los amigos porque son el entorno más frecuente de los pacientes. El grupo de hermanos y amigos recibe una capacitación especial para acompañar a la persona que está atravesando un trastorno de la alimentación para así tratar de ayudarlo a llevar adelante el tratamiento, contarle sus cosas buenas, integrarlo grupalmente, no dejarlo solo, hacerle entender que va a poder superar la patología y ver con optimismo el futuro, evitar aquello que pueda ponerlo en riesgo en la fase más aguda del tratamiento", asegura la doctora Mabel Bello, presidenta de Aluba.
"Cuando conseguimos que los amigos los acompañen, resulta mucho más fácil el tratamiento y la persona recupera de forma más rápida su movilidad, esto significa: volver a la universidad, al colegio, al trabajo. Depende mucho de que estos amigos lo rodeen y lo acompañen", continúa Bello.
Desde el Centro de Atención y Prevención La Casita sostienen: "Cuando surge un trastorno de la alimentación comienzan a haber tantos cambios físicos, en el cerebro, en las emociones, en los vínculos, que se vuelve muy difícil salir si no tenés una buena red de contención que te acompañe. Por eso trabajamos con los papás, con los amigos, con los hermanos. Es muy difícil salir solo, te tienen que ayudar hasta que se desactive el trastorno".
Diana Guelar, directora de este centro, dice: "La red es muy importante e incluye: familia, familia extensa (primos, tíos, etcétera), amigos, parejas, profesores. Las redes tienen que ser lo más extensas posibles. En términos generales, la gente que ha tenido más apoyos es la que tiene mayor capacidad de resiliencia para sobreponerse. Lo que vemos son recuperaciones mejores, cuantas más redes hayan desarrollado en la vida, más allá de que acá los ayudamos a trabajar este aspecto".
La codirectora de esta organización, rosina Crispo, aclara que es bueno que la familia y los amigos tengan la mayor información posible para saber manejarse y entender por qué hay que hacer las cosas de una determinada manera según cada tratamiento. "Muchas veces vienen amigos y nos consultan. La idea es transmitir la información necesaria para normalizar la situación lo más que se pueda, para que la persona en tratamiento no se sienta rara, sino que lo vea como parte de un proceso."
Claves para acompañar a un amigo
¿Qué hacer cuando se observan conductas preocupantes que encienden la alarma? Entre algunas: un llamativo descenso de peso; obsesiones con la comida, o con el gimnasio, o con seguir una determinada dieta (y junto con esto surgen abruptos cambios de humor, irritabilidad, aislamiento); situaciones en las que la persona vomita en el colegio, en la facultad o en el trabajo, o más grave aún: cuando el cuerpo le pone un límite y la persona se desmaya o sufre palpitaciones.
Como primer paso, Bello opina: "Cuando el paciente es adulto se trata de hablar con la persona, y si no acepta las indicaciones, lo mejor es preguntar, porque las estrategias son diferentes depende de cada caso. Muchas veces nos dicen, ¿y si mi amigo se enoja? Nosotros les decimos que la vida es mucho más importante, porque estas patologías tienen una mortalidad del 15%".
Por su parte, Crispo aconseja que es positivo que los amigos les pregunten ¿qué te está pasando? ¿Por qué querés bajar de peso? ¿Porqué te sentís mal? ¿Por qué no hablás con tu familia y le contás lo que te está pasando? Además, muchas veces es oportuno sacar el tema para conversar entre dos o tres amigas de confianza.
"Si la persona lo niega, estimulamos –ya sea a los padres o a los amigos– para que le muestren que existen elementos por los cuales es lógico que estén preocupados. Y que con esos elementos digan vamos juntos a ver a un médico, porque siempre ir a un médico es menos complejo que ver a un psicólogo. Por ejemplo, si a una chica se le interrumpe la menstruación, acompañarla a la ginecóloga y que un médico le explique que no le viene porque está muy flaca. Desde la consulta médica generalmente hay una autoridad más aceptada."
"Si son menores, primero es conveniente conversar en casa con sus propios padres, luego hablar con ese amigo y, dependiendo de la situación, también pueden solicitar ayuda al colegio, al dirigente scout, al entrenador del club, al religioso a cargo del grupo", dice Marcelo Bregua, psicólogo clínico de Aluba. Asimismo, cuando son menores y la persona se niega a blanquear la situación con su familia, muchas veces se recomienda que el amigo le cuente a sus padres y estos últimos conversen con los padres de su amigo.
Cristina Mariani, presidenta de la Fundación Cristina Mariani para la prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y coordinadora del Hospital de Día en el Centro de Investigación y Tratamiento en Patología Alimentaria y Trastornos Depresivos (Citpad), explica: "Primero es importante la instancia donde la propia persona se lo pueda contar a sus padres. Depende la patología –muchos pacientes lo niegan–, entonces es oportuno la llamada del amigo.
"Mi recomendación al amigo es: fijate con qué herramientas contamos, si la madre es accesible, si tu mamá es amiga de la mamá y, según la respuesta, allí se busca la mejor forma. Siempre es bueno inducirlo para que vaya al médico de cabecera o lograr que la cadena de profesionales comience a intervenir."
Los especialistas coinciden en que los amigos deben permanecer justamente en ese rol y no pretender ocupar otra función que no les corresponde. "Cambiar el rol de amigo y pasar a estar a cargo, podría generar problemas en el vínculo, por lo que no es aconsejable. Lo que sí es útil y de gran ayuda es acompañar con cariño. Por ejemplo, una mamá que salía muy temprano a trabajar y no podía desayunar con su hija que estaba en tratamiento, le pidió a la mamá de una amiga de su hija para que ésta pudiera acompañarla. Combinaron entonces para que su amiga fuera a la casa, desayunaban juntas y después partían al colegio. Ese tipo de cosas sí son positivas, pero no que recaiga la responsabilidad del tratamiento en su amigo", sostienen desde La Casita.
"Es importante la manera en cómo se encuadra la situación para que la persona no quede identificada con la enfermedad. En La Casita, nosotros nunca hablamos refiriéndonos: es bulímica o es anoréxica, sino que decimos que tiene un trastorno de la alimentación. Porque esto es algo que no hace a la persona, es una cosa que le está pasando, se llama trastorno de la alimentación, si lo destrastornás, no lo tenés más, se acabó", comenta Crispo.
Marcelo Bregua apunta: "Nada sirve tratarlos como pobrecitos, despectivamente o como enfermos. Un amigo ha de tratar a la persona con un trastorno de la alimentación con el afecto que se trata a un amigo en problemas, participando en lo que puedo, colaborando con lo que me pidan y esté yo de acuerdo. En síntesis, con el amor y los límites con que un hermano ayuda a otro".
Por su parte, Mariani concuerda en este punto: "Recomiendo no poner al paciente en el lugar del enfermo porque después eso se traduce en un trabajo que tiene que hacer la persona para salir de ese lugar. El paciente tiene que ser par de sus pares, este es el lema que se aplica tanto a los amigos como a la pareja. No es recomendable que los amigos intervengan desde el control, pero sí desde el afecto".
Precisamente así, con cariño y afecto, es como Abel, de 23 años, acompaña a su amiga Andrea que actualmente se encuentra en la última etapa del tratamiento y está recuperándose de una anorexia nerviosa. "Un amigo es el hermano que se elige, entonces hacemos
lo mejor que podemos para que esa persona esté bien", dice Abel sonriendo.
Además cuenta: "Acá aprendí que cada quien tiene su función: yo no puedo cumplir el rol de padre ni el padre puede cumplir el rol del amigo. Lo que me sirvió a mí es estar en contacto con la familia. Por ejemplo, una vez que ella me dijo: Quisiera acostarme a dormir y no despertarme nunca . Se enciende la alarma y te contactás con la familia o con los profesionales".
"También la compañía es muy importante porque a veces solos se desorientan. Muchas veces cuando ellos están mal tienden a aislarse y eso no los ayuda. Entonces cuando Andrea se sentía sofocada o aturdida, yo le proponía salir a dar una vuelta, juntarnos a hablar, jugar a un juego de mesa", recuerda Abel, quien hoy se siente feliz al ver que Andrea es la constructora de su propia felicidad.
Otra de las cosas que aprendió Abel en Aluba –y con la que concuerdan los profesionales– es que, en la etapa aguda del tratamiento, es aconsejable evitar ciertos temas vinculados con el cuerpo, la comida, la imagen, la balanza. "Ese es justamente el pensamiento fijo de quien sufre esta patología. Si a una chica que está recuperando su peso le decís estás más
linda , se te ve mejor , ella pueda pensar que eso significa que está más gorda", revela Bello.
Con respecto a los programas y las salidas, Guelar expresa: "A los amigos les digo que no se cansen, que insistan y que no se enojen, porque a la persona le cuesta salir. Muchas veces las salidas están organizadas en torno de la comida y la persona no quiere comer porque tiene miedo de engordar o de comer y descontrolarse. A veces más que salir, es más fácil organizar un video o una comida en la casa donde la persona está más controlada. Y la chica o el chico no se va aislando tanto".
Asimismo, depende del momento del tratamiento, en algunos casos se recomiendan salidas donde no haya exceso de actividad física o donde no se exponga físicamente a la persona.
"En otros casos, muchas veces se genera un diálogo entre los padres y la amiga. Si están en tratamiento hay instructivos muy claros y los padres se lo trasmiten a las amigas, por ejemplo, si salen. O si se van de vacaciones a la casa de una amiga –esto dependiendo del momento y del proceso del tratamiento– se le dan pautas a la familia con la que viaja para que sepan cómo manejarse. Porque la idea es que la persona pueda mantenerse socializada", comenta Crispo.
Eso mismo es lo que logró María (quien prefiere no revelar su nombre real), que desde septiembre último asiste a La Casita para hacer frente a un trastorno de la alimentación. Para ella también fue importante contar con el apoyo de sus amigos. Conoció este lugar por una situación de emergencia: estuvo 15 horas en la guardia de un hospital por una baja en el nivel de potasio. Fue la primera vez que se sinceró con su familia y amigos, y les contó que tenía bulimia, después de 4 años de no compartirlo con nadie.
"Mis amigos no lo notaron, no se daban cuenta. Uno está cegado con la situación de que estás reflaca, de que estás relinda y la gente no se pregunta el porqué. Sólo una de mis amigas me preguntaba y yo evitaba el tema. Me ayudó muchísimo decirlo porque hasta ese momento era como un secreto malo de algo que yo hacía y que todo el tiempo sabía que estaba mal", cuenta María.
"Mi familia me apoyó para salir adelante y mis amigos, también. Nadie de mis amigos lo tomó mal –que era el miedo que yo tenía de contarlo por temor a sus reacciones–, sino que todos me apoyaron mucho y quieren que esté bien."
Por un tiempo, María tuvo que dejar de hacer deporte porque, al tener muy bajo el nivel de potasio, era peligroso que hiciera actividad física ya que podía causarle un paro cardíaco. "Para mí eso fue tremendo porque me encanta el deporte. Mis amigos me decían quedate tranquila, pensá que es una etapa y que cuando estés bien vas a poder retomarlo, ya vas a ir mejorando . ¡Y así fue!" También recuerda que le costaba mucho estar sola. "Cada vez que se iba algún familiar de casa arreglaba para ver a mis amigos o venían y me acompañaban para cenar, o simplemente si me pasaba algo me hacía bien llamarlos por teléfono y saber que estaban presentes. Fue bastante incondicional su apoyo. Supongo que en algún momento se revertirá cuando ellos me necesiten", relata y dice que gracias al apoyo que recibió en La Casita su estado de ánimo mejoró muchísimo.
María concluye: "Siempre es importante que te apoyen, ya sea con una llamada, con un abrazo o con un poco de contención, porque es un esfuerzo enorme el que uno hace para salir adelante. Se trata de dejar de hacer algo que sentís como cotidiano para afrontar la realidad. Mi consejo es que no hay que dudar en pedir ayuda porque no es vergonzoso pedir ayuda, no te hace menos fuerte, sino que te fortalece más".


