Ayudar desde el propio dolor
Ante el asesinato de su hijo Juan Manuel, Marta Canillas decidió apoyar a mujeres que pasaron por una experiencia similar a la suya; fue el comienzo de Madres del Dolor, asociación que procura sanar las heridas que deja la pérdida de un hijo
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Tiene la teoría de que los grandes dolores le van armando a uno la espalda para poder sostener al otro. Y a Marta Canillas la vida le asestó el peor de los golpes.
La violencia le arrebató de un tiro a su hijo Juan Manuel, que fue secuestrado el 12 de julio de 2002 y, unas horas después, asesinado de un balazo en la espalda por sus captores. Tenía 23 años.
“En estos casos hacés algo o te hundís. Cada uno responde como puede”, dice. Su respuesta fue unirse con ocho madres que atravesaron la misma pérdida infinita. Juntas crearon la asociación Madres del Dolor, de la que hoy es vicepresidenta. Juntas, le ponen la espalda al dolor de otros. Comparten, escuchan. Buscan justicia.
“Lo positivo de las grandes tragedias es que te hacen separar muy rápido la paja del trigo. Las cosas se acomodan rápidamente en su lugar”, confiesa. Será por eso que pronto descubrió cuál era el suyo.
Esta profunda herida la acercó también a una gran esperanza: la de trabajar en la búsqueda de chicos perdidos. Marta es una de las voluntarias de Missing Children Argentina.
Está claro que no es fácil hablar de ese día en que la vida de Marta dio un vuelco. Pero es inevitable volver a él para entender a la Marta de hoy.
Hace una pausa. Parpadea lento y habla: “La historia empezó con la tremenda tragedia que nos tocó vivir. A partir de ahí, los chicos hicieron una marcha a la que fue Vivian Perrone, la mamá de Kevin Sedano (el chico atropellado el 1º de mayo de 2002, que falleció una semana después, hecho por el cual ya comenzó el juicio al conductor). Por primera vez ella iba a una marcha. También me acompañó Juan Carr, de la Red Solidaria, que se mostró muy compañero de nuestra situación. Recibimos cantidades de cartas, llamadas telefónicas, gente desconocida que nos abrazaba en la calle y, aunque no nos decía una palabra, se le caía una lágrima. Fue notable la solidaridad y el encuentro con vecinos que no conocíamos”. Marta agrega: “Uno cree que lo propio si bien no es lo único, y pensó que nunca iba a suceder, por lo menos desea que sea el último caso.
Es lo primero que uno siente: ojalá que esto no se repita, que esto sirva, que se aprenda algo. Y, lamentablemente, uno aprende de los gestos solidarios porque las tragedias siguen sucediendo”, lamenta Marta.
Es que las catástrofes siguieron sucediendo. El 16 de enero de 2003 fue lo de Marcos Schenone, baleado y asesinado por Horacio Conzi. “Y como a mí me había servido muchísimo esa contención, les escribimos una carta a los Schenone”, recuerda Marta.
El 21 de abril sucedió lo de Lucila Yaconis, asesinada en un intento de violación en Núñez. Nunca apareció el asesino. “Esa vez, directamente, fuimos a la casa. Así se fue armando la historia y ahora somos un grupo de mamás que dijimos que todo lo aprendido a las patadas luego de esos años tiene que servir para otro”, explica.
El asesinato de su hijo no fue uno más. “El de Juanma fue el primer secuestro seguido de muerte en democracia y, además, marcó la división entre provincia y Capital por la General Paz. Fue de una popularidad y magnitud que salía de lo común”, dice. El juicio fue impecable y la condena a Raúl Chirola Monti, máxima.
Nuevos desafíos
Sin vocación ni ganas de aprender tuvieron que enfrentarse a un lenguaje nuevo, impensado, tremendamente doloroso. Aprender términos jurídicos y lidiar con procesos penales.
“Nos dábamos cuenta de que cosas fundamentales en el momento de la tragedia uno no las tiene en cuenta. En realidad no tendría por qué tenerlas en cuenta si todo funcionara bien, pero tenés que hacerte cargo de cosas que después son absolutamente fundamentales para el juicio”, aclara.
Empezaron a reunirse en sus casas, primero como una autocontención entre ellos, yendo a una marcha, a una misa. “Acompañándonos y acompañando a otros porque ya empezábamos a ser referentes para la gente. Esto es un boca a boca, nuestro número llega a través de una vecina, de un periodista”, dice.
Pero llegó un momento en que los papeles desbordaban sus casas. Fue la hora de organizarse.
“Somos un grupo de nueve mamás que además coincidimos en la forma de entender lo que queríamos: sin violencia, con mucho tesón. Somos la gota que orada la piedra”, cuenta.
La sede funciona en Hipólito Yrigoyen 1920, 1º D, y las madres se turnan para estar en la asociación de lunes a viernes, de 9 a 17. “Permanentemente recibimos llamadas. Desde el principio tuvimos claro que íbamos a hablar con toda la gente, pero no a involucrarnos políticamente. Si alguna cree que tiene un ofrecimiento importante tiene que dar un paso al costado", sostiene.
El obejetivo es acompañar, contener Tienen el asesoramiento legal de un abogado voluntario, que en este momento lleva adelante unos 45 casos. Se fue ampliando la temática: llegan casos de gatillo fácil, secuestros extorsivos, violaciones, accidentes de tránsito. El dolor es tan amplio que la ayuda de estas mujeres resulta contenedora de un montón de casos.
“A todo el que conocemos le pedimos una mano. La tarjeta que cae en nuestras manos se usa. Si nos la dio para quedar bien, lo lamento. Porque realmente hay muchas necesidades. Hemos perdido pudores en muchos casos. Como no pedimos para nosotros”, asegura la mujer. Marta Canillas tiene 57 años y le faltó un año para recibirse de psicóloga.
Juan Manuel era el hermano del medio y se recibió de licenciado en Comercio Internacional de la Universidad de Belgrano. Patricio, de 29, y Nicolás, de 23, son sus hijos, que trabajan con su esposo, Guillermo, en una empresa familiar.
“Cuando pasan estas desgracias, si no tenés un cimiento familiar sólido es muy difícil seguir adelante. Nos solíamos llamar los cinquitos porque éramos cinco de familia e íbamos para todos lados. Hoy siempre hablamos de él, lloramos cuando queremos, gritamos o estamos en silencio. Siempre rescato el rol de los hermanos en todo esto, porque la madre de la víctima ya tiene un lugar ganado. En cambio los hermanos además de sufrir el terrible dolor de la pérdida tienen la obligación de estar fuertes para sostener a los padres. Nosotros intentamos vivir todo este proceso con mucha libertad. Cada cosa que hago pienso: Juan me quiere ver bien, arreglada. Porque él era así, de estar preocupado por los demás.”
–¿Qué hacía antes de todo esto?
–Siempre estuve en comedores, colaboraba en muchas instituciones. Siempre tuve una veta social. Esto eclosionó a causa de lo de Juan Manuel y me hace muy bien, me mantiene en actividad, recibo el doble de lo que puedo dar.
–¿Todo este trabajo solidarioes una manera de conducir el dolor? ¿De darle un sentido?
–Sí, sin lugar a dudas es un poco eso. Tratar de que sirva de alguna manera lo que uno va aprendiendo. Vemos que somos útiles desde la práctica, pero también es importante porque nos consultan ante un proyecto de ley o que apoyemos tal o cual cosa, vamos entendiendo que somos un referente social que tiene mucha credibilidad. Eso nos satisface enormemente. Y nos hace mucho más responsables.
La herencia de su hijo
Todavía recuerda con lujo de detalles la tarde en que conoció el trabajo de Missing Children. “Es la herencia que recibí de Juan Manuel”, dice emocionada. Y desgrana aquel momento.
“El asesinato de Juan Manuel fue en julio y el 6 de septiembre la Red Solidaria hizo una convocatoria nacional: un aplauso de tres minutos por la paz. Juan Carr me invitó a estar con él en el comedor de Margarita Barrientos en Los Piletones.
Eramos un grupo de representantes de distintas familias con situaciones de mucha violencia. Me llamó la atención que en la puerta del comedor había fotos de chicos. Era un día terrible... Yo estaba en pleno duelo y por primera vez iba a hablar en público desde el terrible dolor. Me acuerdo que levanté la vista, vi la cara de Juan Manuel en una foto y escuché un alboroto de gente que se saludaba y abrazaba. Después pregunté qué pasaba. Había aparecido un chiquito con síndrome de Down. Me pareció una cosa maravillosa. Cuando volvía, hablaba con Juan y le decía que en medio de tanto dolor me gustaría trabajar para hacer algo donde veas que la vida está detrás de todo eso. El me presentó y así empecé.”
Le resulta imposible olvidarse del día en que empezó a ser voluntaria en Missing Children. “Me llamaron el día de mi cumpleaños, el 20 de noviembre. Estaba saliendo para el cementerio, era mi primer cumpleaños sin mi hijo y en una situación muy especial. ¿Cómo iba a decirles que no? Dije sí. Podía salir un rato más tarde... y así empecé. Missing es un placer. Es muy gratificante”, afirma.
“El sentirse escuchado es una montaña de cosas. Hay gente que te agradece porque lo llamaste tres veces. Dar un teléfono, aprontarle una entrevista con alguien es importantísimo. Hay gente que se siente desolada”, cuenta Marta.
Marta calmó su desolación con la ayuda a los demás. “Ante situaciones tan tremendas como la muerte de un hijo se rinde lo aprendido durante toda la vida”, asegura. Un examen que transformó su vida y a través de ella, la de los demás.
Madres del Dolor: Hipólito Yrigoyen 1920, 1° D; 4953-3412/82; www.madresdeldolor.org.ar
Missing Children: 4797-9006; www.missingchildren.org.ar


