Ciudades: problemas y soluciones
En 50 años, las urbanizaciones cubrirán la tierra; éste es el momento de resolver sus inconvenientes
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Las estadísticas auguran para los próximos cincuenta años un enorme crecimiento en el número de ciudades en el mundo. Ya en 1998 el célebre arquitecto inglés Richard Rogers -coautor del Centro Pompidou, en París, y autor del master plan para la ciudad de Londres- pronosticaba que pronto "todo sería ciudades" y recomendaba empezar a pensar en cómo transformar las playas de estacionamiento en lugares verdes, es decir, menos autos, más recorridos a pie y más posibilidades de consumir aire puro.
Una ciudad es, y la metáfora se justifica ampliamente, un organismo vivo y como tal acusa problemas circulatorios, la afectan las lluvias, está atravesada por cicatrices (vías férreas y autopistas), etcétera, etcétera. Por ende, su mantenimiento es fundamental para que la vida en ella valga la pena de ser vivida. Hoy, la vida ciudadana se ha complejizado tanto que el mantenimiento se vuelve muy difícil. En el caso de las ciudades de países en desarrollo, la escasez de recursos y el crecimiento desordenado colocan el tema ambiental en el centro de una discusión que involucra aspectos económicos, sociales y urbanísticos. La creciente degradación en función de la marginalidad, el empobrecimiento, el desarraigo y la desocupación de crecientes sectores de la población urbana se contraponen, paradójicamente, con la formación de enclaves de alto poder adquisitivo que tampoco contribuyen a beneficiar el ambiente, porque son los productores mayores del despilfarro energético.
El agua, el aire y el destino de los residuos son los aspectos más apremiantes de estas ciudades. La reciente incorporación del concepto de desarrollo sustentable a la gestión urbano-ambiental ha significado, en términos prácticos, estimular una reorganización en el empleo de los recursos, la gestión de las inversiones, la orientación del desarrollo tecnológico y la transformación institucional, realizadas de modo que permitan satisfacer las necesidades del ahora sin derrochar las potencialidades del mañana.
Sin embargo, todas las ciudades, grandes (metrópolis) o pequeñas, comparten problemas parecidos, y muchas de las soluciones para esos problemas pueden copiarse, a escala urbanística y económica. Célebre es el caso de Curitiba, en Brasil, donde su intendente, el arquitecto Jaime Lerner, puso fin a la contaminación por exceso de automotores con la utilización de grandes ómnibus de dos articulaciones (para 300 pasajeros) con estaciones estratégicamente localizadas para un eficaz servicio a los usuarios del sistema de circulación en superficie. Actualmente, se utiliza el concepto de ecociudad o ciudad verde para hablar de una amplia y asequible red de transportes públicos, el fomento del reciclado y el empleo de fuentes energéticas renovables.
La ciudad alemana de Friburgo es la que ostenta, dentro de la Unión Europea, el primer puesto en desarrollo sostenible urbano. En los años 70, se introdujo en la ciudad la bicisenda, actualmente la base del transporte. Desde 1970 hasta ahora, Friburgo ha pasado de tener 29 km de carril-bici a más de 500 km. A esto hay que agregar las grandes inversiones en energías renovables: el 5 por ciento de su electricidad procede de la colocación de paneles solares en domicilios privados, negocios y escuelas. Sólo en los distritos de Vauban y Rieselfeld hay 6500 viviendas con un consumo energético eficiente, con estos paneles solares conectados a la red de transporte público para aprovechar los excedentes.
Friburgo no está sola; las tres ciudades galardonadas con el premio a la Ciudad Europea Sostenible 2003 fueron Ferrara (por su sistema de reciclado de residuos), Heildelberg (la administración pública de la ciudad y su universidad redujeron sus emisiones de dióxido de carbono en un 35 y un 13 por ciento, respectivamente) y Oslo (por su sistema de transporte público).
Se puede argumentar que estas ecociudades están en zonas prósperas de Europa y pueden pagar estos proyectos, que no son baratos. Sin embargo, se trató más del esfuerzo de sus administraciones públicas y las poblaciones, convencidas del beneficio de preservar su medio ambiente, que del monto de las inversiones (ver recuadro sobre la Argentina). Las campañas de educación pública han sido, una vez más, el instrumento fundamental para el éxito.
Niños y adolescentes se hacen cargo
Dos experiencias argentinas abren el camino de la protección urbana. La más antigua -de 1992, cuando en Santa Fe la Municipalidad de Firmat y un grupo de comunas vecinas se hicieron eco de un proyecto para separar residuos en origen y reciclarlos en el abono orgánico, compost- se consolidó en el país en diez años, cuenta con 3500 jóvenes, y se transformó en una red internacional con presencia en 16 países. Se trata de los Ecoclubes, que fueron elegidos para integrar los 40 proyectos innovadores del mundo, distinguidos por la Fundación Schwab de Suiza, en apoyo de los cambios que "humanicen nuestro planeta". Estos Ecoclubes son espacios de encuentro de niños y adolescentes que promueven cambios de conducta en la población: trabajan en adicciones, protección del arbolado público, agua potable; también son lugares adecuados para que sus participantes aprendan a gestionar y comprometerse con la res publica.
La otra experiencia es el cuerpo de Cascos Amarillos en defensa del ambiente, organizado por la ONG Fundación Terra y Ser Solidario, el Programa de Voluntariado del GCBA. Su curso de capacitación, dirigido a mayores de 18 años, es gratis, dura 32 horas y consta de cuatro módulos: Salud mental, Emergencias médicas, Atención hospitalaria y Ecología urbana.
fundacionterra@yahoo.com.ar
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