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“Como las azafatas en la puerta del avión”: qué deben observar los docentes en sus alumnos

Para Laura Lewin, especialista en educación, es urgente que las escuelas incorporen nuevas habilidades para detectar señales a tiempo; “sin seguridad emocional, no hay aprendizaje posible”, subrayó

Para Lewin, es clave que los docentes puedan detectar señales de que un chico está sufriendo y necesita ayuda.

Para Laura Lewin, especialista en educación, es urgente que las escuelas incorporen nuevas habilidades para detectar señales a tiempo; “sin seguridad emocional, no hay aprendizaje posible”, subrayó

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“Hola, ¿cómo te va? Bienvenido”. Antes de que un avión despegue, una azafata recibe a cada pasajero en la puerta. Puede parecer apenas un saludo amable, pero, según planteó la reconocida especialista en educación Laura Lewin, detrás de ese gesto ocurre algo más: mientras da la bienvenida, también observa.

“Te está saludando para que te sientas bienvenido. Pero también te está viendo cómo entrás al avión”, explicó Lewin. Observa si alguien llega muy enojado, alcoholizado o bajo los efectos de alguna sustancia, porque en ese momento todavía se puede intervenir. “Una vez que el avión despegó, ya no podés hacer nada”, graficó.

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¿Qué pasaría si los docentes hicieran algo parecido cada mañana, antes de que sus estudiantes ingresen al aula? Para Lewin, magíster en Ciencias de la Educación, doctoranda en Neuroeducación, autora y formadora docente, salir unos minutos antes de la sala de profesores y recibir a los chicos en la puerta permite algo elemental, pero muchas veces relegado por otras urgencias: mirarlos. Observar quién llega distinto, quién parece triste o quién puede estar necesitando que alguien se acerque.

Laura Lewin, magíster en Ciencias de la Educación, doctoranda en Neuroeducación, autora y formadora docente
Laura Lewin, magíster en Ciencias de la Educación, doctoranda en Neuroeducación, autora y formadora docenteFabian Malavolta

“Estás viendo quién viene volando bajito, a quién sentás cerca tuyo, quién está demasiado arriba y cómo lo podemos bajar”, ejemplificó. Puede ser con música, con una actividad que ayude a regular la energía o simplemente con un gesto de cercanía. “Eso yo lo llamo la pedagogía del cuidado invisible: yo estoy viendo. Y no es que entro en piloto automático y me pongo a enseñar”.

Durante el encuentro “Estamos a tiempo. Cómo cuidar y acompañar la salud mental de niños, niñas y adolescentes frente a los desafíos de hoy”, un evento organizado por Fundación LA NACION con el apoyo de Unicef Argentina, Lewin puso el foco en una premisa que consideró fundamental: “sin seguridad emocional, no hay aprendizaje posible”.

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Para la especialista, un alumno que tiene miedo de ser humillado, atacado o excluido puede tener enfrente a un excelente profesor, pero no necesariamente estará disponible para aprender.

Y si bien el docente “no puede convertirse en psicólogo o en terapeuta”, sí puede estar, mirar y trabajar para generar un aula segura.

“Un gimnasio emocional”

El evento reunió la mirada de especialistas y testimonios de chicos que atravesaron distintas problemáticas de salud mental. La conversación con Lewin tuvo lugar tras escuchar a Juana Elizalde, una joven de 20 años que sufrió bullying durante años y atravesó intentos de suicidio.

“¿Cómo puede ser que no veamos a los chicos? ¿Cómo puede ser que la escuela no sea un lugar seguro?”, se preguntó Lewin, visiblemente conmovida, después de conocer el testimonio de Juana.

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Para la especialista, la escuela tiene una oportunidad que excede ampliamente la transmisión de contenidos. Definió al aula como “un gimnasio emocional donde los chicos levantan pesas invisibles todos los días”: enfrentan conflictos, frustraciones, inseguridad y vergüenza. Cada una de esas situaciones, explicó, puede convertirse en un disparador para desarrollar herramientas.

También la describió como “un gran laboratorio de humanidad”. Allí los chicos aprenden a conectarse con otros, ser empáticos, ayudar, escuchar, atravesar conflictos y pedir ayuda.

Lewin durante el evento “Estamos a tiempo", organizado por Fundación LA NACION con el apoyo de Unicef Argentina, conversa con José del Río y María Ayuso
Lewin durante el evento “Estamos a tiempo", organizado por Fundación LA NACION con el apoyo de Unicef Argentina, conversa con José del Río y María AyusoFabian Malavolta

El boletín socioemocional

Lewin propuso llevar esa mirada un paso más allá. Si la escuela evalúa sistemáticamente cuánto sabe un alumno de Matemática, Biología o Lengua, ¿por qué no observar también cómo se vincula con otros, si puede pedir ayuda, escuchar o colaborar?

“Yo creo que no se puede separar lo cognitivo de lo socioemocional”, sostuvo. Y planteó una pregunta: ¿qué significa que un chico sea “el mejor alumno” porque obtiene las mejores calificaciones si después hace bullying o vandalismo?

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Su propuesta es incorporar un “boletín socioemocional”, independiente de las notas de la asignaturas. No se trataría de bajar la calificación a un alumno por atravesar una dificultad emocional o vincular –algo que Lewin rechazó–, sino de empezar a observar y acompañar otras competencias.

Autoconocimiento, autoconfianza, autoestima, empatía, capacidad para pedir ayuda y tolerancia a la frustración son algunas de las habilidades que, según señaló, deberían trabajarse. Y no únicamente durante una hora de tutoría.

Por ejemplo, frente a un alumno que se frustra por un mal resultado, el profesor puede ayudarlo a separar ese traspié de su autoestima, a comprender que es responsable de su esfuerzo y a mirar un error de manera racional y no emocional.

Para Lewin, dejar esos aprendizajes librados al azar puede tener consecuencias que aparezcan años después: jóvenes que llegan a la universidad sin herramientas para tolerar un fracaso y abandonan frente a un examen desaprobado.

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Pequeños gestos

Aprender rápidamente el nombre de un alumno. Poner una mano en el hombro cuando algo no le sale. Retomar en voz alta una intervención valiosa de un chico al que le cuesta participar. Todos estos “pequeños gestos” del docente pueden marcar una diferencia.

Lewin los englobó dentro de lo que llama la “pedagogía del cuidado invisible”: “Tiene que ver con esas cosas que hacemos muchas veces los docentes, que tal vez no se notan, pero se sienten”.

Pero para que esa mirada exista, advirtió, no alcanza con la buena voluntad individual. Los docentes necesitan herramientas.

Frente al “yo no puedo”, “yo no sé”, “a mí nadie me enseñó” o “yo enseño Química”, Lewin insistió en la importancia de la capacitación: “Tenemos que tener un proyecto y estrategias de cómo lo trabajamos”.

En definitiva, para Lewin, incorporar las emociones a la escuela no significa agregar una nueva materia al programa. Significa que la mirada socioemocional atraviese la vida escolar: desde el profesor de Matemática que ayuda a un alumno a transitar una frustración hasta el docente que detecta que un chico entró distinto esa mañana.

A veces, incluso, puede empezar dos minutos antes de que toque el timbre, en la puerta del aula, con algo tan pequeño como aprender un nombre, mirar a los ojos y preguntar ‘¿cómo estás?’. Como la azafata que observa a cada pasajero antes de que el avión despegue.

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Hablemos de Todo

Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.