Cuando toda una familia se enfrenta a una adicción
Siempre que un ser querido padece una adicción, su entorno también necesita apoyo para salir adelante. Testimonios de quienes lo vivieron en primera persona
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Las adicciones dañan no sólo la vida de quienes las padecen, sino también la de su entorno más cercano. Familiares y amigos sufren a la par. El abuso de las drogas, el alcohol o el juego compulsivo irrumpen en la felicidad de un ser querido y duele ver, de cerca, la destrucción que generan a su paso. Las relaciones se desgastan y, muchas veces, la tristeza y la desesperación llevan a pensar que no hay solución para dar paso a la esperanza.
Sin embargo, frente a esta realidad existen diferentes caminos y alternativas para encarar el problema y salir adelante. Así lo afirman familiares que, de la mano de distintas organizaciones sociales, se animaron a pedir ayuda, recibieron el asesoramiento adecuado y lograron encontrar la manera de sobrellevarlo. Hoy ellos son testigos de que es posible recuperar la alegría y sanar los vínculos.
"En los doce años que llevamos juntos, mi marido pasó por momentos de gran adicción a las drogas. El sentimiento de dolor que provoca ser testigo de la destrucción del otro es muy fuerte y lo compartimos todos los familiares", cuenta Sonia, de 39 años.
A pesar de este dolor, asegura que valió la pena el esfuerzo y que es importante mantener viva la certeza de que se puede. Si bien Sonia y Pablo superaron este problema, no fue un camino fácil. Cuando él consumía drogas se iba de la casa y desaparecía por días.
Ni bien Pablo volvía empezaban las preguntas y los reproches. La incertidumbre era tan grande que ella adoptó una postura de mucho control y se convirtió en una especie de juez de su marido, algo que no les hacía bien a ninguno de los dos.
"La soledad que se siente como esposa es muy grande porque estás llevando adelante sola toda la familia. Y si tenés hijos es el doble de pesado porque de alguna forma tratás de resguardarlos." Miles de veces se juró: hasta acá llegué, ésta es la última vez. "Me costó asumir que es una enfermedad latente y crónica. Así como se calma, también puede volver. Fue difícil aceptar que Pablo no lo hacía porque quería, era más fuerte que él…, era algo físico y psíquico que no manejaba", explica.
Y agrega: "Hay quienes piensan que el adicto sólo consume porque le gusta, porque la quiere pasar bien. Después te das cuenta de que la adicción es la manifestación de un dolor muy grande. Yo veía ese sufrimiento y la intención que él tenía de salir."
"Pablo tocó fondo varias veces", resume Sonia. La última vez desapareció por tres días y la llamó desde una clínica para decirle: no doy más…, necesito ayuda. Allí, un psiquiatra los contactó con la Fundación Convivir, que brinda tratamiento a personas en situación de consumo problemático. Ese fue el comienzo de su recuperación: Pablo inició el tratamiento ambulatorio y ella empezó a asistir a los grupos de familiares.
"Eso me ayudó a ver que había otros que estaban transitando lo mismo, a sentirme identificada en lo que decían y a encontrar un poco de paz." También fue clave el apoyo de los profesionales de la Fundación Convivir, que la contuvieron y guiaron.
"Como familiares tenemos que buscar siempre ayuda", aconseja. Hace dos años que Pablo no consume drogas y, además, logró reinsertarse laboralmente. Tienen un hijo de 3 años que trajo mucha alegría a la familia y planean nuevos proyectos juntos. "Volvimos a poner la energía en cosas que valen la pena. Esta es una enfermedad horrible, pero me enseñó a no darme por vencida fácilmente y a entender que siempre hay un camino por delante", concluye Sonia. La historia de Natividad es diferente. A los tres años de casada, su marido empezó a llegar cada vez más tarde a la casa. Jorge había cambiado: se mostraba con bronca, le contestaba mal y no la cuidaba. Ella estaba embarazada y pensaba que él la engañaba con otra. Un día descubrió que en el lugar donde guardaban sus ahorros no quedaba ni un solo centavo. Sospechó que él podría estar jugando compulsivamente y decidió seguirlo.
Sus sospechas se hicieron realidad: cuando lo encontró, Jorge estaba rodeado de máquinas, apostando todo su dinero. A partir de allí la vida se convirtió en un calvario: ella no dormía, no comía y no quería hablar con nadie.
Le suplicaba que no jugara, pero él parecía no escucharla. "Jorge no se peinaba, no se cambiaba la ropa…, estaba perdido. Durante seis años no lo vi de noche, llegaba a las 7, yo le preparaba un café y se iba a trabajar sin dormir", recuerda Natividad. Tampoco la ayudaba con la crianza de su hija.
Como la plata comenzó a desaparecer, Natividad escondía el dinero cada día en un lugar distinto. "No me quedé sin comer porque yo trabajaba. Me volví su cómplice y mentía porque me daba vergüenza. Con el tiempo me di cuenta de que el juego compulsivo es una enfermedad que gobierna la voluntad."
Por medio de un amigo, Natividad se enteró de la existencia de Jugadores Anónimos, organización que ayuda a personas con esta problemática. Entonces le insistió a su marido que asistiera. Lentamente Jorge fue saliendo adelante.
En paralelo, ella también comenzó a participar de los encuentros de Juganon, una ONG que brinda contención a familiares de jugadores compulsivos. Así Natividad aprendió a poner límites sin agredir, a recuperar la confianza en su marido, a llevar la administración de la familia, a mejorar el diálogo y aceptar que se trata de una enfermedad.
"No sabía que cambiando yo, el otro también cambia. Él volvió a ser un esposo y un padre presente", afirma esta mujer, que hace un año quedó viuda. "Jorge murió habiendo superado la enfermedad, por un problema respiratorio. Yo me quedé en paz porque ya no teníamos deudas pendientes entre nosotros." Actualmente Natividad coordina el Programa de Juganon para compartir su experiencia y devolver un poco de lo mucho que recibió.
El rol de los padres
"Me daba cuenta de que mis hijos iban en decadencia, pero creo que no lo quería ver", confiesa Marcela. Ella notaba que su hija Paulina, de 22 años, daba señales de alerta: estaba más agresiva, usaba la misma ropa por varios días, gastaba todo su sueldo en muy poco tiempo. Consumía drogas. Sin embargo, no le hacía muchas preguntas porque prefería no saber. "Después aprendí que eso se llama negación", cuenta.
La familia había sufrido la pérdida de un hijo que permaneció en estado vegetativo por ocho años. Durante todo este tiempo, la atención de Marcela se había enfocado allí. Poco a poco se empezaron a generar situaciones de violencia entre Paulina y su otro hermano, Francisco, que también tenía problemas de adicción.
Finalmente Paulina pidió ayuda. "Un domingo me dijo: por favor mamá, intername. Mi negación llegaba hasta tal punto que le respondí: ¿para qué? Si no estás tan mal. En realidad yo creía que era omnipotente. Pensaba: ¿cómo yo, que soy la madre, no la voy a poder ayudar?"
El tiempo le demostró a Marcela que estaba equivocada, su hija necesitaba un asesoramiento profesional y especializado. Un día la llamaron del hospital Alvear para pedirle que se acercara porque Paulina estaba allí. Al llegar, la joven le suplicó: si no me interno, voy a terminar en una zanja. Fue allí cuando Marcela comenzó a buscar información sobre esta enfermedad.
En esta búsqueda se encontró con El Reparo, una organización que se dedica a ayudar a las personas y a sus seres queridos a afrontar y entender el problema de la adicción. Paulina realizó allí un tratamiento de internación y actualmente se encuentra terminando la etapa ambulatoria.
Elsa Gervasio, directora de esta entidad, explica: "Es fundamental entender que se trata de una enfermedad y que hay que pedir ayuda. Comprender que es algo para toda la vida porque siempre existe la posibilidad de una recaída. La persona tiene que tomar conciencia de eso".
A los tres meses de iniciar su recuperación, Paulina intentó bajar los brazos. "Es común y muchas veces forma parte del tratamiento", explica Marcela. Y añade: "La recaída puede ser en actitudes y no necesariamente en consumo, por eso hay que estar alerta". Cuando Paulina volvió a su casa queriendo abandonar el tratamiento, Marcela ya no era la misma de antes: en el grupo de apoyo para familiares le habían enseñado a poner límites desde el amor.
Francisco abrazó a su hermana y le dijo: ¿qué hacés acá? No digas que no podés salir de ésta. Dale, yo ya estoy jugado, pero vos podés. Al día siguiente, Paulina volvió al tratamiento de internación y Francisco, un tiempo más tarde, comenzó su camino de recuperación, tal vez impulsado por el ejemplo de Paulina que le demostró que es posible tener una mejor calidad de vida.
Por su lado, Marcela continuó participando en el grupo de apoyo para familiares. "Al principio te preguntás ¿qué hago acá? Si es ella la que tiene el problema. Y después entendés que algo hay, por alguna razón se droga." A esta mamá se le ilumina la cara cuando afirma: "Acá, en El Reparo, le enseñaron a mi hija a querer la vida y a hacer algo por ella misma".
Otro caso es el de Enrique, quien vio por primera vez a su hijo alcoholizado durante las fiestas de fin de año. Walter tenía 20 años y nunca había actuado así. Con su mujer se iban de vacaciones y decidieron que conversarían con su hijo cuando regresaran. "Lo que hicimos fue levantar la alfombra e intentar taparlo", dice Enrique. A su vuelta descubrieron que Walter tenía problemas con el abuso del alcohol y las drogas.
Los cambios se empezaron a hacer cada vez más evidentes. El estado de ánimo de Walter oscilaba entre la euforia y la tristeza, se aislaba con frecuencia y todo lo quería de inmediato, no podía esperar.
Así fue como decidieron recurrir a El Reparo y Walter empezó su tratamiento. Al mismo tiempo, Enrique asistió al grupo de familiares. "Los padres muchas veces decimos una cosa y después hacemos otra. Yo soy un alcohólico en rehabilitación, desde 2006 no consumo más –cuenta Enrique–. Le reclamaba a mi hijo que no tomara, pero yo tenía comportamientos equivocados. En mi casa había alcohol y estábamos luchando contra eso. Algo contradictorio."
A los trece meses, Walter abandonó el tratamiento y tuvo una recaída. Sin embargo, su padre continuó asistiendo al grupo de familiares donde encuentra las herramientas para ayudar a su hijo. "Me enojé mucho. Lo volvimos a hablar, Walter está arrepentido y estamos en la lucha."
En este sentido, la directora de El Reparo sostiene: "Es importante que, aunque la persona con adicción no participe del tratamiento, igual vengan los familiares. Así aprenden qué cosas convienen y cuáles no".
Para Mercedes Aranguren, presidenta de Fundación Convivir, es muy importante que los padres estén alerta, "porque de esa forma van a detectar la problemática lo antes posible". Estar alerta no significa invadir la vida de los hijos, sino acompañar, observar, estar atento a cómo se va desarrollando, con qué amigos se relaciona, si tiene un buen desempeño escolar o laboral, cómo vuelve después de salir a la noche, cuál es su reacción frente a las personas que piensan distinto, entre algunas señales de aviso.
Para la experta también es necesario tener clara la percepción de riesgo, en contraposición a la naturalización del consumo de drogas o alcohol. Y recalca la importancia de establecer límites bien definidos, los cuales se tienen que conversar y deben ser sostenidos. "Se tiene que entender por qué se pusieron y esto es clave en la formación de un hijo", explica.
También recomienda que los familiares sean parte de un grupo de trabajo con otras personas que atraviesen el problema. "Ayuda a fortalecer a la familia para saber cómo tiene que actuar. No hay una receta: depende de cada paciente, de cada grupo familiar."
Frente al surgimiento de una adicción, aconseja consultar a un profesional que se especialice en el tema. Aranguren concluye: "Lo que tenemos que entender como sociedad es que el consumidor es una persona que tiene un problema, pero no necesariamente es alguien violento, antisocial o peligroso. Esa persona sufre, tiene una enfermedad y hay que tratar de acompañarla"
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