De irse a dormir con hambre a crear un centro educativo en medio del monte: “Les da la posibilidad de progresar”
Franco Carrizo tiene 33 años y creció en un contexto de mucha pobreza; gracias a una beca, pudo estudiar; recibido de profesor, volvió a su pueblo con un plan para evitar que los chicos abandonen el colegio
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Mientras los chicos entraban al aula y se sentaban en los pupitres, uno de los alumnos más chiquitos se acercó a Franco. “Maestro, maestro”, lo llamó insistente mientras estiraba el brazo para tirar del borde de su campera.
—Tengo hambre. Hace dos días que no como —le dijo.
Por un instante, Franco se vio transportado a su infancia, a las noches en las que se iba a dormir con nada más que un mate cocido en el estómago. Ya pasaron años de eso: ahora es profesor y fundó y dirige un centro de ayuda escolar en su pueblo. Al espacio van más de 100 niños que estuvieron en su misma situación. Cuando él era un chico, incluso terminar la escuela primaria era un sueño lejano.
Franco Carrizo tiene 33 años y vive con su papá y su sobrino en Añatuya, una ciudad ubicada a 180 kilómetros de la capital de Santiago del Estero. Nació y creció en el paraje Campo Rosso, una comunidad rural que queda a cinco kilómetros de Añatuya. Ahí viven unas 60 familias y el trabajo escasea: crían animales, hacen carbón, cortan leña o siembran el campo.
Para estudiar, hay que ir hasta las escuelas de Añatuya, que tiene una población de unos 30 mil habitantes. La mayoría de los chicos de Campo Rosso abandona la escuela después de terminar la primaria.
“Es una lucha constante motivarlos para que no dejen el secundario. No quieren ‘perder el tiempo’ en la escuela porque aún teniendo un título secundario no logran conseguir trabajo”, explica Franco.
Para revertir esa deserción escolar, Franco y su hermana Alicia decidieron empezar a dar clases de apoyo escolar a los chicos de la zona. Difundieron la iniciativa por mensajes de WhatsApp y carteles en los caminos. En 2017 empezaron dando clases a cinco chicos en medio del campo, con pupitres a la sombra de un algarrobo. Con el tiempo, se fueron sumando cada vez más chicos al Centro de Apoyo: hoy son 121 los inscriptos, desde el nivel inicial hasta el secundario.

“Muchos chicos querían venir directamente acá en vez de ir a la escuela. Los convencíamos para que fueran diciéndoles que igual podían venir al centro todos los días. Ahí nos dimos cuenta de que estábamos haciendo las cosas bien, que armamos un lugar donde los chicos se sienten bien y quieren estar estudiando”, dice Franco con una sonrisa.
El sueño de ir a la escuela
Franco es el menor de tres hermanos. Creció junto a ellos y su papá, que pasaba la mayor parte del tiempo trabajando con los cultivos en el campo o haciendo changas. Como su mamá no estuvo presente durante su infancia, fue Alicia, la hermana mayor, la que se encargó de criar a sus hermanos.

Vivían en una casa construida con adobe que se inundaba cada vez que llovía. “Cuando se largaba la tormenta salíamos corriendo con los colchones para la casa de nuestra vecina, que tenía techo de chapa y nos hacía un lugar”, recuerda.
Desde chico, Franco siempre quiso ir a la escuela. Veía a los chicos con guardapolvo pasar cerca de su casa camino a la escuela, en Añatuya, y quería ser uno de ellos. Pero no se atrevía a decírselo a su papá porque sabía que no podían permitírselo: él tenía que trabajar y no podía llevarlos. Tampoco tenían dinero para comprar zapatillas, guardapolvos ni útiles.
Cuando Franco tenía siete años, los hermanos recibieron ayuda de la parroquia Nuestro Señor de los Milagros de Mailín de Añatuya, que les permitió ir a la escuela. Les consiguieron guardapolvos, cuadernos, lápices y una bicicleta que compartían entre los tres.

A la mañana, Alicia salía con la bicicleta para ir al secundario. Cuando volvía, Franco y su hermano Javier se la llevaban para ir a la escuela primaria Regimiento de Infantería Patricios, ubicada en el centro de Añatuya. Entre ida y vuelta, recorrían 14 kilómetros en bicicleta.
Durante la secundaria y mientras hacía el profesorado en el Instituto de Formación Docente Continua en Añatuya, trabajó como albañil y jardinero. Además, obtuvo una beca de la Asociación civil Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (APAER), que le permitió sostener sus estudios.
“Desde ese primer día de la primaria hasta que terminé el profesorado nunca falté a clases. Siempre cumplía, con lluvia, viento, calor o frío”, dice.
“Me llenan de orgullo mis alumnos”
Para sustentarse económicamente, Franco da clases particulares los lunes a la mañana y los sábados en Añatuya. El resto de su tiempo lo pasa en el centro, que dirige solo desde que Alicia falleció durante la pandemia. “No estaba muy convencido cuando me anoté en el profesorado, pero le fui agarrando el gusto y ahora me encanta. Me pasaría horas en el aula con los chicos”, dice Franco.

Con los años, el centro se fue agrandando y sumaron más alumnos. APAER apoyó la iniciativa de Franco y ayudó a ampliar el centro. Pasaron de dar clases bajo el algarrobo a tener un módulo con aulas, baño, cocina y una galería. Como cada vez son más alumnos, se sumaron como docentes tres estudiantes del profesorado. Entre los cuatro, se dividen a los chicos según sus edades y niveles.
Desde 2021, el centro ofrece desayuno y merienda para los alumnos. Franco destinaba parte de sus ingresos para pagar la comida los primeros meses, pero después las familias organizaron un bingo para recaudar dinero para la compra de alimentos.
Franco disfruta mucho de los logros de sus alumnos. Habla con mucho orgullo de los chicos que acompañó hasta terminar el secundario: “Sabemos que el día de mañana cuando un alumno del centro forme su familia va a tener otra mentalidad, va a inculcarle a su hijo que tiene que terminar de estudiar y seguir una carrera. Les da la posibilidad de progresar y tener una mejor calidad de vida”.

Evelyn, una de las primeras alumnas de Franco, terminó el secundario el año pasado. Le fue bien en el primario, pero en el secundario repitió cuarto año. “Cuando nos contó, estaba preocupada porque pensaba que íbamos a estar enojados. Al contrario, fue el momento en el que más la acompañamos y animamos. Siempre les digo a los chicos que podemos cometer errores dentro de la escuela, pero si nos dan una oportunidad para seguir hay que esforzarnos y animarnos a mejorar”, dice Franco.
Para los próximos años, a Franco le gustaría sumar un espacio de juego con un tobogán para los más chicos y clases de canto, folklore o pintura. “Me gustaría que tengan un momento para desconectarse un poco y descubrir lo que les gusta, qué les entusiasma hacer”, dice.
Por su parte, lo único con lo que sueña Franco es con conseguir un cargo como profesor en una escuela en Añatuya, que busca desde hace años. “Quiero vivir y trabajar en mi lugar, seguir ayudando y acompañando a mis alumnos”, dice.
Más información
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