Cuando se nace pobre lo que más faltan son oportunidades para poder salir de esa situación. Esa es la injusticia más grande contra la que tienen que luchar todos los días los jóvenes de nuestro país. La oportunidad -y el derecho- de tener una educación de calidad que les permita forjar un futuro diferente al de sus padres; de acceder a un buen sistema de salud pública que no los condene a morir por causas evitables; de pelear por un trabajo digno y en blanco para no tener que subsistir con los planes sociales; o de vivir en un barrio que tenga servicios básicos.

Según datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA, el 30,8% de los chicos de 18 a 29 años son pobres. Pero lo que más preocupa son las desigualdades que existen entre los que más tienen y los que menos tienen. Esta desventaja se confirma en el documento “Radiografía de las juventudes en la Argentina” de la ODSA que muestra que los jóvenes del estrato trabajador marginal tienen 10 veces más chances de no tener obra social, mutual o prepaga que los más ricos; 7 veces más posibilidades de no estudiar ni trabajar; 6 veces menos oportunidades de tener proyectos personales, y 3 veces más probabilidades de experimentar un déficit de apoyo social estructural.

“Las brechas de desigualdad en la juventud son muy persistentes o han tendido a incrementarse. De un lado están los jóvenes que no terminan la secundaria y que no logran conseguir trabajos formales, frente a los otros que tienen la posibilidad de acceder a trayectorias profesionales y de ingresar a la sociedad del conocimiento”, dice Ianina Tuñón, coordinadora del ODSA.

Los jóvenes pobres sufren una doble vulnerabilidad: el lugar de nacimiento ya les cierra muchas puertas y los prejuicios terminan de ponerle llave. Según el estudio “La pobreza en los ojos de los argentinos”, elaborado por la consultora Voices! en exclusiva para LA NACION, los prejuicios están profundamente instalados en la sociedad: el 77% de los entrevistados reconoce que los pobres son discriminados por la población.

Las dos creencias más arraigadas son que la mayoría de los jóvenes pobres consumen drogas y alcohol en exceso y son violentos e (58%) y que las mujeres pobres deciden tener hijos para cobrar más planes sociales (46%).

No pueden solos contra tanta exclusión. Lo que más necesitan los jóvenes vulnerables son redes de apoyo que trasciendan los prejuicios que ellos cargan sobre sus espaldas. Personas e instituciones que los miren, que los escuchen, que les sirvan de guía y los sostengan para poder construir un futuro mejor; sin ellas, sus sueños habrían sido imposible de lograr. Son las que ejercen un rol silencioso – y a veces invisible – que genera un impacto positivo en los beneficiarios y también en sus entornos.  Estas historias de éxito son las que buscamos rescatar desde el proyecto Redes Invisibles de LA NACION, con el objetivo de que cada vez sean más las personas que se suman a las redes ya existentes o creen las propias. Cada uno, en su metro cuadrado.

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– Eugenia –

Tiene discapacidad intelectual, logró vivir sola y quiere conseguir un trabajo

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Tiene discapacidad intelectual, logró vivir sola y quiere conseguir un trabajo

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Hasta hace diez meses, María Eugenia Contreras no tenía voz. Solo seguía las instrucciones que le daban en un sinfín de días rutinarios. Hoy tiene sueños chicos y grandes. Entre los chicos está juntar plata vendiendo pulseras o pan rallado en el barrio para comprarse un celular y un parlante para escuchar los grandes éxitos de Sandro, su ídolo. Pero cuando sueña en grande se imagina viajando algún día a Disney para conocer a Mickey o siendo jugadora titular de fútbol en River.

"Acá estoy mejor", dice Eugenia, mientras se acomoda un mechón de pelo fucsia, que combina con sus uñas pintadas de violeta. Tiene 20 años y una discapacidad intelectual leve, y está sentada en su cama entre peluches en Neuquén capital. Su felicidad es bastante reciente. Tuvo que sobreponerse a un toda una vida de violencia, abandonos y una vulneración total de derechos.

Su infancia estuvo cargada de gritos, golpes y neglicencias por parte de sus padres, y de reiteradas visitas al hospital. Su mamá tiene una discapacidad intelectual profunda y su papá abusaba de ella -, lo que hizo que terminara a los 14 años en un hogar. Ahí tampoco la pasó bien porque se convirtió en el saco de los golpes de algunas de sus compañeras.

Recién en noviembre de 2018, la provincia logró armar un dispositivo que permite que Eugenia viva en un departamento con los apoyos que necesita (seis acompañantes se turnan para que nunca esté sola). Gracias a una articulación positiva entre el Estado, el sector social y una red de personas que la hicieron parte de su familia y la cuidan, logró tener su lugar, ganar en autonomía y aprender algo nuevo todos los días.

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– Fernando –

Toda la familia se sacrificó para que el menor pudiera ser profesional

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Toda la familia se sacrificó para que el menor pudiera ser profesional

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“Vos tenés que estudiar", le decía su papá a Fernando Maldonado desde que tiene memoria. Él sólo había llegado a primaria, trabajaba haciendo changas y quería un futuro diferente para su hijo menor. "De todos mis hermanos, algo vio en mí", dice este joven de 27 años de energía arrolladora. Después de su muerte, cuando Fernando tenía 15 años, el deseo paterno se convirtió en una meta sagrada a alcanzar, sin importar los sacrificios y los obstáculos.

Pero para el chico que creció en los pasillos de la villa 21-24 de Barracas, entre calles inundadas, cortes de luz y habitaciones compartidas, el sueño más inalcanzable era otro: una casa propia. "Había días en que tenía la habitación llena de agua y con un olor insoportable. Levantarte y pisar la mierda de los demás, no es vida", dice Fernando para describir la lucha cotidiana de cientos de vecinos.

Gracias a un grupo de personas que - como su papá - vieron un enorme potencial en él, Fernando pudo cumplir con todo lo que se había propuesto y mucho más. Fue el primero de su familia en terminar la secundaria, el único que completar una carrera universitaria y una maestría, y se acaba de mudar a un departamento a estrenar en Parque Patricios.

"A veces me tomo un segundo para pensar en todo lo que tuvo que pasar para que yo hoy pueda tener esta vida y no lo puedo creer", agrega.

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– Juan –

La historia del joven que se transformó en la cárcel

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La historia del joven que se transformó en la cárcel

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Otra vez había pasado las fiestas encerrado, lejos de su familia. El 4 de enero de 2018 un guardia se acercó a la celda de Juan Candia en el Penal de Olmos y le dijo las palabras con la que venía soñando despierto hacía cinco años: "te dieron la libertad". Se le aflojaron las piernas de la emoción. "Al fin", pensó mientras tanta ilusión contenida desataba una explosión de adrenalina en sus entrañas. Se cambió en cámara rápida, agarró la foto de su familia y el tarjetero con los números de teléfono de sus contactos. Lo llamó a Gonzalo Macchi, una especie de segundo padre, para avisarle que lo fuera a buscar y se pasó las siguientes cinco horas de trámites interminables dando saltitos hasta que se abrió el primer portón.

Sabía que en esos muros dejaba atrás al pibe de 19 años que había entrado enojado con la vida y que se hacía el "picante", transformado gracias al rugby en un hombre de 24 convencido de que nunca más iba a volver a caer en la droga ni en el delito. Hoy trabaja como referente con jóvenes con problemas de adicciones para evitar que caigan, como él, en la delincuencia y puedan armar su proyecto de vida.

"A mí la cárcel me cambió la vida. Yo no estuve preso, fue mi familia la que estuvo privada de su libertad. Ellos son los que estaban gastando lo que no tenían para llevarme comida o ropa. Como yo veía su esfuerzo sentí que tenía que salir mejor de lo que entré", dice Juan hoy en su casa en el Barrio Itatí, en la zona sur del conurbano bonaerense.

Juan, como el resto de los jóvenes que se crían en contextos de pobreza, tuvo que luchar contra una sociedad que por su lugar de residencia o por como van vestidos, los etiqueta de "pibes chorros", de villeros, de vagos.

"Yo pelee por mi libertad. Pagué lo que tenía que pagar", cuenta este joven que hoy vive con su novia y quiere retomar la secundaria.

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– Jennifer –

Fue madre adolescente, terminó la escuela y hoy tiene un trabajo en blanco

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Fue madre adolescente, terminó la escuela y hoy tiene un trabajo en blanco

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Jennifer Araujo, una chica de 21 años que nació en el seno de una familia muy humilde, en el Barrio Purayuí, en la capital de Corrientes. Sentada en la cama de la casita de material que se está construyendo poco a poco, le cuesta hablar de todas las discriminaciones que tuvo que atravesar desde que tuvo a Valentina, hace dos años y medio. En el barrio, en la escuela, e incluso en su propia familia."A mí siempre me decían que un hijo te arruina la vida pero para mí si vos querés y tenés ayuda, podés. Es simple. Yo quedé embarazada, terminé la escuela, conseguí un trabajo, quiero estudiar. Levanté sola mi casa y no tengo un plan social que me ayude", dice Jennifer, con lágrimas de satisfacción en los ojos.

Con mucho esfuerzo, terminó la escuela siendo escolta, tiene un trabajo en blanco y se desvive por darle un presente digno a su hija. Ella es una de las tantas madres adolescentes de contextos vulnerables que rompen con el prejuicio que tiene el 46% de los argentinos que es creer que los pobres suelen tener más hijos para cobrar los planes, según un relevamiento nacional de la consultora Voices! de este año.

Gracias al apoyo de su familia, de algunos docentes y de la Fundación Cruzada Argentina, pudo ir consiguiendo cada uno de los objetivos que se había propuesto.

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– Griselda –

De trabajar en los ladrillos y en la cosecha a recibirse de enfermera

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De trabajar en los ladrillos y en la cosecha a recibirse de enfermera

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Cuando era chiquita, Griselda Quispe juntaba monedas. No las de 25 o 50 centavos para poder comprarse caramelos. Las suyas eran otras, las fichas que le daban cada vez que terminaba de llenar un cajón de uvas, aceitunas o de tomates en la cosecha en la zona de El Algarrobal, Mendoza. Las guardaba en el bolsillo para entregárselas después a su mamá y que le pagaran más por la jornada.

"Para mí no era un trabajo, era ayudar a mis padres", cuenta Griselda. Hoy, con 23 años, pudo recibirse de enfermera, gracias al apoyo de diferentes personas y organizaciones a lo largo de su vida.

Griselda es de contextura pequeña y por eso lo que más le costaba en la cosecha era levantar peso. Como ella, las fuentes oficiales estiman que 763.544 menores de 15 años (10%) participan en actividades económicas, productivas o domésticas intensivas en la Argentina, interrumpiendo su desarrollo.

"Mi infancia fue complicada por cuestiones de economía, familiares y crisis de trabajo. Yo era una niña pero el estrés de un papá que no tiene un trabajo o de una mamá que no tiene materiales para hacer una comida afecta a los niños. Sabiendo que no tenían nada, a mí me costaba pedirles plata para los útiles", dice.

Griselda es la mayor de cuatro hermanos. Sus padres llegaron de Bolivia buscando un futuro mejor. Ellos fueron los que siempre la empujaron a los libros para que no estuviera condenada a seguir haciendo labores pesadas y hoy se emocionan al verla recibida de enfermera.

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– Omar –

Es wichi, se mudó a Buenos Aires y estudia abogacía para defender los derechos de su pueblo

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Es wichi, se mudó a Buenos Aires y estudia abogacía para defender los derechos de su pueblo

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Omar Gutiérrez se levanta todos los días en una pensión de Flores con una obsesión: convertirse en el primer abogado de Misión Chaqueña, la comunidad wichi en la que nació hace 25 años. Los 5000 habitantes de esta aldea salteña, ubicada casi en el límite con Bolivia, lo necesitan con su título bajo el brazo, con conocimientos y herramientas, porque ellos no tienen voz.

"Estoy estudiando abogacía porque veo mucha injusticia contra nosotros. El Estado no llega y somos más vulnerables", explica Omar, que de derechos pisoteados sabe mucho. Por eso se calzó el traje de "hijo pródigo" y tuvo el coraje de abandonar todo lo conocido - el monte, la naturaleza, su familia, sus costumbres, su idioma - para irse a una Buenos Aires enloquecedora y que todos los días le recuerda que "no es de acá".

Omar nació en un rancho de adobe, entre el olor a tierra mojada y el río. Es el tercer hijo varón de un matrimonio que siempre se las rebuscó haciendo artesanías y muebles para darle de comer a sus hijos. Cuando no había otra opción, se salía a cazar algún animal o a pescar en el río.

"Nosotros de chicos jugábamos con barro, haciendo muñequitos, porque no conocíamos los juguetes. Nuestros padres no tenían mucha economía y usábamos palos de madera como armas para jugar a la guerra", recuerda su hermano Livio, unos años mayor.

El sueño de Omar de conocer "el afuera" para ir a la universidad sólo fue posible gracias a un amigo impensado: Martín de Dios - un chico que apareció un día en la comunidad en un viaje solidario con su colegio, el Florida Day School - y un grupo de compañeros y personas que se fueron sumando para darle el sostén que necesitaba para poder enfrentar el desarraigo.

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