
El derecho a saber leer y escribir
La Argentina tiene todavía hoy un gran número de analfabetos, que padecen una situación de exclusión social y laboral
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Septiembre es un mes feliz para la educación en la Argentina. En primer lugar, porque el 11 se festeja el Día del Maestro, en homenaje a ese personaje irrepetible de nuestra historia, Domingo Faustino Sarmiento; en segundo lugar, porque un 8 de septiembre de 1988, hace exactamente veinte años, nuestro país recibía, en el Día Internacional de la Alfabetización (instituido por la Unesco en 1967, para crear conciencia en los gobiernos sobre la importancia que tiene para la población el acceso a la lectura y la escritura) el premio Asociación Internacional de Lectura a su Plan Nacional de Alfabetización. La distinción, no está de más recordarlo, fue con el dictamen unánime del gran jurado internacional de la Unesco, uno de cuyos miembros era el eminente pedagogo brasileño Paulo Freyre.
Recordar ese momento de gloria para la educación argentina nos obliga, desdichadamente, a ubicarnos en el aquí y ahora. Como tantas otras cosas buenas que hemos poseído en el pasado, ese espléndido plan de alfabetización se fue desmantelando y perdiendo con los sucesivos gobiernos que sucedieron al de Raúl Alfonsín. Gracias a la negligencia de una clase dirigente que aún no logra comprender cuáles son las necesidades reales de su población, la Argentina tiene todavía hoy un gran número de analfabetos y, más grave, una cantidad importante de analfabetos funcionales, es decir, aquellos que han aprendido a leer y a escribir en su momento pero que, por haber abandonado tempranamente el colegio, no lograron internalizar debidamente ese aprendizaje y lo fueron perdiendo con el tiempo.
En un mundo que exige cada vez más como requisito sine qua non saber leer, escribir y comprender perfectamente, muchos ciudadanos argentinos no están en condiciones de gozar de lo que es un derecho inalienable y una formidable herramienta de trabajo y de inserción social.
Cuando se realizó el primer Congreso Internacional de Alfabetización, en Teherán, en 1965, se trabajó con una consigna: "Hay dos formas políticas de tratar la realidad. Mostrarla para transformarla u ocultarla para conservarla". Es fácil darse cuenta de cuál de las posibilidades rigen hoy para la Argentina.
Sin embargo, no se trata de cargar toda la responsabilidad sobre este único sector de nuestra sociedad. Cuando una comunidad, consciente o inconscientemente, relega a muchos de sus ciudadanos a un "cuarto mundo" (así se llama ahora a los que quedan ajenos al desarrollo de la palabra escrita), rápidamente debe reparar por todos los medios posibles esa gran tarea pendiente. Proporcionar a alguien los medios para acceder a la cultura general significa darle los medios para construir su futuro y asumir su parte de responsabilidad en el seno de la sociedad. Es un deber de todos los argentinos reducir las fronteras de esa "cuarta realidad" a aquellos compatriotas que aún no saben leer y escribir.
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