
El dinero paciente
Por E. Valiente Noailles Para LA NACION
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Uno se pregunta por la filantropía, tanto individual como empresaria. ¿De qué tipo de acto se trata? A veces, de un acto de caridad. Pero puede que ésta sea sólo un grado inicial, aunque valioso, de la filantropía. Porque la caridad desentendida de sus propios efectos es un acto que puede convertirse en cómplice involuntario del statu quo. Y el enemigo que tiene el filántropo es precisamente el statu quo.
André Gide decía que de buenas intenciones estaba hecha la mala literatura. Es posible extender este concepto a la filantropía. La mera buena intención puede generar una mala filantropía. Porque el bien que no se preocupa por el modo como se lleva adelante, puede estar generando un mal. Es el caso de aquellas ayudas que luego de cesar sumen al que la recibe en una crisis más profunda que la que tenía en su situación previa.
Por eso, ¿son todas las formas de ejercer la filantropía iguales entre sí? La sospecha es que no. Es posible pensar que existe una gradación en la filantropía, en cuanto a la calidad de la acción que se realiza. Una gradación que va de las modalidades iniciales, que no dejan de ser ciertamente valiosas, a las modalidades en las cuales el pensamiento estratégico se pone en juego.
Aunque no siempre se logre, las fundaciones privadas procuran operar hoy en la Argentina de manera estratégica. Están presentes en los más diversos actos de la vida colectiva, en todos los rincones del país, y realizan inversiones en los campos más diversos que uno se pueda imaginar: educación, salud, justicia, cultura, ciudadanía, etcétera. Pero meditan su inversión.
Para utilizar una expresión de Guillermo Carvajalino: El dinero de las fundaciones es dinero paciente . Es decir, es dinero que puede detenerse para planificar el modo como será invertido. Es dinero que puede darse el lujo de ser estratégico y de no ofrecer una gratificación fácil a la conciencia ni al inversor.
La inversión en educación ejemplifica una meta posible de la filantropía estratégica: lo que procura el inversor social privado es transferir capacidades. Siempre se trata de que quien reciba los recursos incremente su autonomía, es decir, su capacidad de valerse por sí mismo. Es una inversión que mira el largo plazo.
El autor es presidente del Grupo de Fundaciones y Empresas
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