Daniel Cerezo. El trabajo infantil artístico y deportivo también perjudica a los chicos

El trabajo infantil artístico y deportivo también perjudica a los chicos. Producción: Manuel Indart

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Daniel Cerezo
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11 de junio de 2019  • 12:20

El trabajo infantil es un tema muy serio y, de hecho, hablar de esto me pone nervioso. Me preocupa decir algo que después sea malinterpretado o sacado de contexto. Además soy padre de dos niños menores de 10 años y pensar que hay millones de niños como ellos sin infancia, sin cuidados y sin libertad de jugar, me resulta inhumano.

Pero esta problemática también está envuelta de prejuicios y miradas desde un solo lado de la sociedad. Porque el trabajo infantil está presente en todas las clases sociales, y tiene consecuencias que el ser humano no debería sufrir jamás. El más visible es el que está asociado con las familias de bajos recursos, con las que tienen que trabajar en la cosecha o las que piden en la calle, y lo hacen con niños que se suman a esas tareas.

Pero también están los otros trabajos infantiles, vinculados con el trabajo artístico o deportivo, que pasan desapercibidos y hasta son vistos como un valor para las clases medias o altas.

Es cierto que el trabajo infantil golpea a las clases sociales más excluídas de la economía formal, las que tienen peor acceso a derechos tales como salud, justicia y educación. Cuando una persona se encuentra en una situación de escasos recursos económicos y se queda sola con sus hijos, muchas veces el trabajar para esa madre o ese padre implica llevar a esos hijos con ellos. Es por eso que en la Argentina vemos en muchas esquinas a padres o madres con hijos tratando de vender algo o pidiendo dinero.

Mi madre, por ejemplo, me llevaba con ella cada vez que tenía que ir a limpiar una casa. Claramente, yo la ayudaba. La veía cómo limpiaba cada rincón de la casa que no era la nuestra y me sentía útil pudiéndole dar una mano a mi madre para que no se cansara tanto por el trabajo que le tocaba hacer.

Pero también existe otro tipo de trabajo infantil que a la sociedad pareciera no molestarle demasiado. Cada vez veo mas niños modelos, luciendo ropa de adultos, concursando para ser modelos de belleza y perfección. Siempre me pregunto si esos niños son felices posando y dedicando horas a la producción de fotos o desfilando en las pasarelas.

No son solamente los niños. También hay modelos de 14, 15, 16 años que tienen que perseguir esa imagen de la mujer perfecta. El caso más desafortunado de este fenómeno es el de nuestro país hermano Colombia, donde las niñas a los 15 años piden de regalo una operación estética para aumentar sus pechos y cola, antes que una fiesta o ir de viaje a Disney.

Otro extremo son los realities en donde premian la belleza de las niñas y se las puede ver sufriendo por cumplir con las exigencias del programa. Ves a los padres explotando a las hijas para alcanzar las metas que el programa impone. Me acuerdo un programa en el que competían por ver quién era el mejor chef, entonces llegaba el momento de la eliminación y el jurado decidió echar a un niño que había hecho todo el esfuerzo por cocinar. El llanto de esa criatura, ademas del llanto de sus compañeros, fue durísimo. Como padre no sé si expondría a mi hijo a pasar por esa situación tan difícil, frente a miles de personas que lo miran y disfrutan de esa situación.

Otro escenario es el de los niños actores. Muchos de ellos en su adolescencia terminan con problemas de drogas y alcohol o transformándose en personas que no logran estabilizar su vida social, después de la exposición mediática que les da la fama a tan temprana edad.

En el mundo del deporte también el trabajo infantil está naturalizado. Cuando mi hijo tenía 5 años, decidimos llevarlo a un club porque es fanático del fútbol. Viéndolo un día en su práctica, estábamos en la tribuna con los otros padres, y en el momento del recreo vimos como un padre agarraba del brazo a su hijo y le decía que no descuidara su objetivo que era la pelota y que no se distrajera jugando con los demás. Lo sacudía de una manera realmente violenta. Imaginen la presión de estos niños cuando sus padres canalizan en ellos la frustración que tienen con el deporte.

Necesitamos que todos los niños, de cualquier condición, puedan sentir amor, crear vínculos sanos, disfrutar la fantasía de los juegos y no perder la inocencia hasta que dejen de ser niños. Para que esto se cumpla hay mucho por hacer, por un lado garantizando el acceso de calidad a la educación, a la salud, a la justicia y demás bienes y derechos; por otro lado, no permitir que las lógicas del mercado y el capital dominen sus vidas.

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