Extranjeros en su propio país
Las familias carenciadas que vienen del interior se instalan en el conurbano bonaerense, soñando con una vida mejor que no llega; algunos incluso, confiesan, se sienten discriminados
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Francisco Brítez, de 48 años, es oriundo de Pirané, Formosa, donde trabajaba 50 hectáreas de tierra propias junto a su padre. En el campo criaba y ordeñaba vacas, sembraba la tierra y recorría la zona a caballo. Diferentes situaciones – no siempre voluntarias – lo llevaron a gastar toda su plata en un pasaje hacia la Capital Federal, que encaró con todas sus pertenencias apiñadas en un pequeño bolso. El transcurso del tiempo y un sin fin de decisiones lo sitúan hoy en Gregorio Laferrere, partido de La Matanza. Francisco lleva puesta una gorra con las iniciales CCC, que corresponden al nombre de la agrupación Corriente Clasista y Combativa, donde trabaja como obrero de construcción.
El es una de las tantas miles de personas que se mudan desde las provincias del interior con mayores niveles de pobreza (como las del Norte y las de la zona de Cuyo, que en el último censo figuran con una gran cantidad de emigraciones), hacia el Gran Buenos Aires (GBA) en busca de trabajo y en pos de mejorar su calidad de vida. Como consecuencia, hoy en día, un quinto del total de la población del GBA está compuesto por migrantes internos, según una reciente encuesta de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Sin embargo, no todos cumplen el sueño de progresar y vivir dignamente, ya que un 20% de éstos está desempleado y son muchos los que terminan instalándose en villas y en los últimos cordones del conurbano donde persiste una deficiente infraestructura urbana (luz, agua, redes cloacales y fluviales) y, además, encuentran vulnerados algunos de sus derechos básicos, como la educación y la cobertura de salud. Es por esta razón que los migrantes que brindan testimonios en esta nota confiesan sentirse extranjeros en su propia tierra.
La explosión de aumento de población en los cordones más alejados del conurbano deja en evidencia que éste es el lugar elegido para instalarse primordialmente por las nuevas migraciones. Basta sólo con ver el espectacular florecimiento de La Matanza con un crecimiento de más de medio millón de habitantes, en los últimos nueve años, para confirmar esta tendencia. Según Juan José Llach, director del Centro de Estudios de Gobierno, Empresa, Sociedad y Economía del IAE, esto se debe al bajo costo de estas tierras –en comparación con otras zonas más cerca de la Capital Federal– y que, incluso, hay casos en que el costo es cero, ya que las tierras están "libres" o deshabitadas.
Las cifras hablan por sí solas: el tercer cordón (que comprende Almirante Brown, Berazategui, Lanús, Lomas de Zamora, Quilmes y La Matanza) muestra un crecimiento poblacional en los últimos veinte años del 27,4%, y el cuarto cordón (Esteban Echeverría, Ezeiza, Florencio Varela, José C. Paz, Malvinas, Merlo, Moreno, San Fernando, San Miguel y Tigre), de un 45,9%. En cambio, la ciudad de Buenos Aires y el primer cordón de Gran Buenos, que comprende a San Isidro y Vicente López, mantuvieron su población o, incluso, la disminuyeron en el período 2001-2010.
Según el último relevamiento de villas y asentamientos en el Gran Buenos Aires de la ONG Un Techo para mi País, en el 68,1% de las villas y asentamientos conviven distintos grupos migratorios provenientes del interior del país, especialmente del nordeste. La provincia de Chaco se presenta como la comunidad del interior con mayor peso y preponderancia en este tipo de asentamientos.
La cordobesa Silvia Montoya, investigadora del estudio de la UCA, explica la razón de estas oleadas migratorias: "Existen menores niveles de ingresos, mayores niveles de pobreza y numerosas dificultades para lograr una buena inserción en el mercado del trabajo en la región del noroeste argentino", mientras los grandes centros urbanos ofrecen oportunidades de trabajo.
En la misma línea, Héctor "Toty" Flores, dirigente de la Cooperativa La Juanita en La Matanza, y migrante él mismo, de San Feliciano, Entre Ríos, cree que al migrante interno que vive precariamente en piso de tierra, de repente lo seducen con "piso de cemento, televisión, heladera eléctrica y trabajo. Entonces, la persona migra buscando mejorar su calidad de vida, aunque, en realidad, es pura propaganda, es un relato incompleto porque no cuentan que acá tienen que vivir en una villa y cómo se vive".
Llegar a la Capital Federal
Retiro es la comuna de Capital Federal que más migrantes internos recibió en los últimos diez años: un 22,6% de sus habitantes nació en otras provincias, y es la que registró mayor crecimiento demográfico. Según los especialistas, esto puede explicarse en parte por la existencia de la villa 31, en donde habitan 30.000 personas.
Sin embargo, Montoya aclara que existen además de los migrantes de bajos recursos otro grupo con capital humano alto, que viene básicamente por atención de salud y educación, y se inserta en los barrios de Retiro, Recoleta y Palermo.
Norma Gutiérrez, de 56 años, nació en Salta, pero eligió ser porteña. Desembarcó en la estación Bartolomé Mitre, cuando llegó a Buenos Aires, en 1982, desde Tres Cerrillos, Salta. Llegó sola, un invierno, junto con sus cuatro hijos –su pareja los había abandonado hacía poco–, sin conocer a nadie, sin trabajo, y con plata para pagar apenas el alquiler de una pieza y la comida durante un mes.
"Al principio, cuando llegué, sentí mucho miedo porque Salta era un pañuelo para mí, me conocía todo, y acá en Buenos Aires las dimensiones son otras", dice Norma, que dejó su ciudad natal buscando nuevos horizontes y oportunidades. Cuando llegó a la Capital, consiguió un trabajo en una fábrica y alquiló un cuarto en Constitución para ella y sus cuatro hijos, sin saber que ésa era una casa tomada. Al poco tiempo, la citaron del juzgado y le dieron un lapso para abandonarla.
Empezó a ir a la villa 31 por una amiga del trabajo y se terminó instalando permanentemente y se convirtió en una de las 46 primeras familias del asentamiento. "La mayoría de los primeros migrantes de aquella época éramos de Chaco, Formosa, Jujuy, Salta, La Rioja y Santiago del Estero", cuenta Norma, que agrega que en el último tiempo se sumaron otras familias provenientes de países limítrofes.
Y consiguió el terreno para su actual casa, cuando Carlos Menem, a través del decreto N° 1001 del año 1990, reconoció el derecho a edificar y a vivir en la villa a más de 1000 familias que habitaban allí. "Yo construí mi casa ladrillo por ladrillo. Al principio, hice una habitación de chapa y cartón provisoria. Pero a los tres meses, juntando mis primeros sueldos, fui comprando de a poquito los ladrillos y las chapas. En la medida que fueron pasando los años, fui ampliando la casa, que no es muy grande tampoco, pero es lo que tengo."
Varios de sus derechos fueron vulnerados desde que llegó a la villa, como el acceso a una vivienda digna, el acceso a la educación de sus hijos por falta de vacantes y el regular acceso a la salud en un barrio donde hasta la fecha no ingresan las ambulancias. A esto se suma la falta de luz, agua, cloacas y desagües fluviales.
Pero el reclamo más grande que tienen para hacerle a la villa es haberle quitado a su hijo. Norma señala la nueva canchita de la villa 31, y explica con voz firme: "Ahí murió mi hijo de 21 años como resultado de una pelea violenta, cuando salió a defender a un amigo, y los de la otra banda, que iban armados, le dieron un tiro en la cabeza, murió en el instante".
Por todos estos motivos, siente que la trataron como extranjera en su propia tierra. "Lo que me duele muchísimo es saber que no tengo la oportunidad de dejarles a mis hijos algo mejor de lo que les ofrezco ahora", finaliza Norma, que forma parte del grupo de migrantes internos a los que se les despierta una veta social al llegar a Buenos Aires.
Otra de las problemáticas que presenta este grupo poblacional es una gran dificultad para insertarse en el mercado laboral. Si pensamos que en el área de Gran Buenos Aires hay alrededor de 16 millones de habitantes, no es muy complicado pensar que estamos hablando de una problemática de entre dos y tres millones de argentinos, de los cuales más del 40% está en situación de informalidad laboral y tiene problemas de calificaciones laborales y bajos ingresos.
"Lo que hemos podido ver es que los migrantes internos, sorprendentemente, tienen un grado de dificultad aparentemente mayor para insertarse que el inmigrante de países limítrofes", señala Montoya. Según la especialista, esto sucede porque el migrante interno, al estar en su propia tierra, se vuelve más selectivo, mientras que el inmigrante de países limítrofes tiene menor grado de regularización y seguridad social, lo que lo lleva a aceptar trabajos de menor calidad.
Despoblamiento
La Argentina es un país de pueblos rurales, ya que su territorio está ocupado por un 70% de pueblos con menos de 2000 habitantes. En contraposición, el 39% de la población del país vive en el 0,14% de la superficie territorial. "Muchos de estos pueblos pierden población porque sus jóvenes, adultos o familias enteras creen que en su lugar no existen oportunidades de futuro", dice Marcela Benítez, de la ONG Responde.
Además de los grandes centros urbanos que siempre atrajeron población, como son Córdoba, Buenos Aires y Rosario, se sumó en el último tiempo la Patagonia, que tiene una migración importantísima de nivel interno e internacional.
Llach explica que el último censo revela una preocupante nueva tendencia de concentración de la población. "Las cifras ponen en evidencia que se interrumpió la leve tendencia de desconcentración que se venía dando desde 1970", dice.
Esto lo confirma el intendente de Almirante Brown, Darío Giustozzi, al sostener: "Tenemos una fuerte presión migratoria en las superficies aún libres. Registramos una oleada desde el centro hacia el Este". Y agrega que las personas provienen del noroeste y nordeste del país y desde otros partidos como, por ejemplo, de Florencio Varela, Lomas de Zamora, Monte Grande, Avellaneda y Lanús.
Una de las migrantes de este último decenio al cordón más pobre de la provincia de Buenos Aires es Diana Alvarez, de 19 años. Llegó precisamente en la crisis de 2001. Viajó junto a sus padres desde el pueblo Santa Elena, Rosario, para instalarse en el barrio Nicole de La Matanza. Además de trabajar vendiendo pizzas, empanadas y sándwiches, Diana actualmente estudia. Y aunque no sea su caso, dice que en su barrio la gran mayoría de las personas reciben planes sociales.
El hermano de Diana, de 21 años, que está en pareja, se hizo una casilla de madera en los terrenos de más atrás, reforzando esta tendencia de ampliación de la gran megalópolis de la provincia.
"Toty" Flores cuenta que esto es muy común en La Matanza, en donde como los lotes están ocupados, los hijos de los migrantes de la década del ochenta se van a tierras libres un poco más alejadas y esto produce un problema de urbanización porque los asentamientos se van extendiendo y ampliando.
Historias signadas por el desarraigo, la marginación, la pobreza, vulneración de derechos, situaciones laborales irregulares y condiciones de vida precarias. Pero, además, estas personas deben luchar contra la nostalgia. "Siempre estás volviendo, quedan las ganas de volver y estar con tus antiguos amigos. Migrar provoca un fuerte dolor en el alma por lo que se deja atrás", concluye Flores.
DIXIT
"Lo que hemos podido ver es que los migrantes internos, sorprendentemente, tienen un grado de dificultad mayor para insertarse que el inmigrante de países limítrofes". Silvia Montoya. Investigadora de la UCA
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