Familias pobres y con jefas mujeres: las más expuestas al hambre

Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, en los hogares con jefatura femenina la indigencia y el riesgo a padecer inseguridad alimenticia son mayores que en los de jefatura masculina
Graciela Cañete
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14 de noviembre de 2015  

A los seis años recorría los vagones de los trenes con su mamá pidiendo monedas, y a partir de los ocho acompañó a sus padres a cartonear. Fue su principal ocupación hasta los 15 años; la esuela quedó en un segundo plano y finalmente la abandonó. "No sabía lo que era pasar una tarde con una amiga o salir a bailar. Lo único que hacia era agarrar un carro. Estaba cansada de trabajar. Me enamoré de Jorge y nos fuimos a vivir a la casa de mi suegra. Mi marido hacía changuitas, no quería que yo saliera a trabajar, por eso ayudaba a mi suegra con la limpieza", cuenta Romina Gorosito. Y agrega: "Al poco tiempo nació mi primer hijo, Alexis, y pesaba 2,4 kilos. Jorge se quedó sin trabajo, la pasamos muy mal económicamente y su problema de adicción se agravó. Cuando Alexis iba a cumplir cuatro años lo pesaron y dijeron que tenía desnutrición grado 1; también Milagros, mi segunda hija, tenía bajo peso. Yo no sabía lo que significa estar desnutrido, y me lo explicaron. No podía creerlo, pensé que era una mala madre. Entonces todo cambió, un día discutimos con mi marido y puse un freno. Sentí que me tenía que hacer cargo de todo, que no podía depender de él. Ahora llevo adelante la casa y él cuida de los chicos, pero mis ingresos no alcanzan para todo". Romina vive en villa La Cárcova, San Martín, provincia de Buenos Aires, y es uno de los miles de rostros detrás de las estadísticas de pobreza; esa que tiene múltiples expresiones, y que golpea más fuerte a los hogares que están a cargo de una mujer.

El último informe sobre pobreza del Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la Universidad Católica Argentina (UCA), señala que en los hogares con jefatura femenina la indigencia y el riesgo de padecer hambre son mayores que en los hogares con jefatura masculina. El índice de inseguridad alimentaria (IA) pone en cifras el haber experimentado hambre por motivos económicos; allí la IA severa alcanzó al 4,9% de los hogares en 2014, de los cuales el 8,3% tiene una mujer a cargo, más del doble de los que tienen un jefe varón, 3,5%.

Otro índice es el de indigencia, relacionado con los ingresos necesarios para cubrir una canasta básica, y en 2014 un 4% de los hogares con jefatura femenina era indigente, mientras los que tienen un jefe varón fue de 3,1%.

El coordinador e investigador jefe del Observatorio, Agustín Salvia, explica que "la jefatura de hogar indica quién es reconocido como el principal sostén del grupo familiar. Establecer que la jefatura es femenina implica que es la mujer quien garantiza la subsistencia de la familia. En los hogares de bajos recursos si hay un varón presente puede generar ingresos por changas, trabajos esporádicos, o bien estar inactivo, con problemas de alcoholismo o de salud. Son hogares con muchos niños, por lo tanto la mujer se hace cargo de proveer un mínimo de bienestar. Ella asume la enorme responsabilidad de asegurar la subsistencia familiar, y ante esto es posible un deterioro de su salud, la aparición de cuadros de estrés o ansiedad". En estos hogares es alto el riesgo de inseguridad alimentaria, ausentismo o deserción escolar, precariedad y explotación laboral, agrega.

En los dos últimos años la pobreza aumentó al ritmo de la inflación y la precarización del empleo. La pobreza alcanza a unos 11 millones de personas y la indigencia a más de dos millones, según estimaciones del Observatorio. Los planes sociales llegan al 28% de los hogares, y Salvia afirma que "sin ellos la indigencia se duplicaría. Los planes asistenciales alivian la IA severa y la indigencia, pero no sacan a las personas de la marginalidad". Romina no conoce de estadísticas de pobreza, pero la puede relatar en primera persona: "Las mujeres que llevan el hogar solas pueden tener hijos con bajo peso, desnutridos, con problemas de salud. Muchas tratan de estirar el dinero que cobran por los planes sociales, pero no alcanza. Los chicos están mal vestidos, descalzos, les faltan útiles para la escuela. En el colegio al que van mis hijos los profesores pagaron los libros de los alumnos".

La desnutrición de su hijo la acercó a Pequeños Pasos, una asociación que atiende a 115 niños en San Martín y a mujeres embarazadas. Su directora, Manuela Hornos, explica que "los chicos llegan derivados de los centros de salud y escuelas por déficit en peso y talla. También por nuestro trabajo en el barrio detectamos los chicos que necesitan atención. Orientamos a las mamás, las capacitamos en salud, nutrición y actividades de estimulación temprana para el cuidado de los hijos. Una vez por semana les damos a las familias que asisten a las charlas un bolsón con alimentos". Pequeños Pasos además ofrece talleres a las mamás sobre cocina, repostería, manualidades, costura y peluquería. Hornos explica que "muchos hogares son monoparentales, pero también en otros elvarón está presente. Pero que haya un varón no significa que sea él quien está a cargo del hogar. Puede no aportar ingresos por problemas de salud o por falta de empleo, y las mujeres que quieren salir a trabajar encuentran el obstáculo de no tener con quien dejar a los hijos, algunos de ellos muy pequeños. No confían en que el varón los cuide, haga la comida o cambie los pañales. Tampoco tienen guarderías públicas a las que llevar los chicos mientras ellas cumplen una jornada laboral de ocho horas. Es la diferencia con hogares en los que el jefe es varón: ahí la mujer es la que se queda a cuidar los hijos mientras ellos trabajan".

En el área de Estimulación Temprana de Pequeños Pasos trabaja un equipo de profesionales coordinado por una psicóloga, y allí comenzó a colaborar Romina. "Ahora me doy cuenta de la diferencia entre un chico desnutrido y uno sano. Alexis tiene secuelas que le dificultan el aprendizaje". No cobra la Asignación Universal Hijo (AUH), y a pesar de su trabajo en la asociación y de limpieza en una casa, no llega a cubrir todos los gastos: "Siempre estás arañando para llegar a fin de mes. Si nos enfermamos hay que comprar remedios; además los chicos piden cosas y uno trata de darle algún gusto. Hacés lo posible para que la plata alcance para todo el mes", explica. ¿Y cuando no alcanza? "Podemos tomar mate cocido con pan, o una sopita con fideitos. A veces voy con mi marido a Capital a pedir y traemos pan, verduras, lo que nos dan en los negocios. Es horrible llegar así a fin de mes", lamenta.

En Costa del Lago, uno de los barrios del municipio de San Martín, la intensa lluvia transforma en barro la calle en la que vive María Baez. Hay que elegir cuidadosamente los ladrillos, maderas o piedras que los vecinos colocaron para avanzar en la estrecha franja que separa las casas. María nació en Paraguay y llegó a la Argentina escapando de la violencia de género.

"No me faltaba nada pero estaba harta de la violencia. Mi hermana estaba acá y me dijo que viniera. En la Argentina empecé a trabajar como mucama; al tiempo me casé y con mi marido pudimos traer de Paraguay a mis ocho hijos que quedaron allá. Con él tuve otro hijo, pero quedé viuda hace poco. Ahora estoy sola otra vez". Cobra la pensión por viudez y dos AUH por sus hijos, Marcos de 12 años y Daniel de 7, pero aclara que no es suficiente. Además hace bordados en su casa para comercios y los fines de semana cocina empanadas para vender. "Comida nunca les faltó a mis hijos, aunque sea lavo ropa ajena, pero comida no les faltó. Hay muchos gastos, por ejemplo a los chicos se les rompen las zapatillas, necesitan útiles para la escuela, yo necesito remedios para la presión. Y si mis hijos ven que un vecinito tiene un juguete nuevo se ponen a llorar. Hablo con ellos y les hago entender que cuando puedo les compro, pero si no puedo…tienen que entender", dice. La heladera está rota y recién reparado el techo, "se vino abajo y llovía adentro. Les digo a mis hijos ‘ya vamos a levantar cabeza’. Hay que remarla, pero a veces me pongo triste; hay cosas que son imposibles de conseguir para mí". En Pequeños Pasos María empezó a tratar el bajo peso de Daniel, el menor; también en la asociación está aprendiendo a coser con una máquina. Todos los días hay gastos, afirma María, por ejemplo, "el detergente, la lavandina, todos los artículos de limpieza son caros. Y no por ser pobre hay que estar en la mugre. A mis hijos les digo que se debe dormir en cama limpia; las sábanas pueden estar rotas pero limpias". Mira el barro en la calle, y recuerda: "Con la lluvia hay inundaciones. Lo sufrí cuando mi marido estaba enfermo, no entró la ambulancia y lo tuvimos que sacar entre varios. Tendrían que hacer algo para que corra el agua y se vaya el barro".

En la casa de enfrente, Natalia Silvero cuida su beba de dos meses que está descompuesta. "Necesito una leche especial para ella y tuve que pedirle plata a mi mamá para comprarla", aclara. Tiene dos hijos más, y con ellos y su marido viven en la casa de su mamá. "Lavo ropa que me traen, hago bolsas para un shopping y voy un par de veces por semana a limpiar en una casa en Tortuguitas. Cuando salgo los chicos se quedan con mi marido; él a veces se rebusca con trabajos de mecánica, changas", explica. Cobra las tres AUH, y con sus trabajos es la que más ingresos tiene, "pero no alcanza. No tengo ropa mí, y hay días en que tomamos mate cocido. Me gustaría volver al colegio pero con los chicos no puedo, por ahí cuando la beba cumpla un año la puedo dejar en una guardería. Si termino el secundario podría ser cajera en un supermercado, o trabajar en un negocio", dice. Salvia indica que cerca del 45% de los jóvenes no termina el secundario, pero aun si finalizaran los estudios no tendrían un empleo garantizado: "La economía debe crear empleos formales, estables, de calidad y bien remunerados. Pero en un contexto recesivo creció la precariedad laboral, la informalidad".

El sur profundo

En la Obra del Padre Mario Pantaleo, en González Catán, se evalúan las diversas necesidades de las familias que acuden a la institución. "En el Programa de Padrinazgo unos 800 chicos reciben ayuda para su educación. Al inicio de las clases entregamos útiles escolares y un equipo de profesionales hace una encuesta nutricional, pesa y mide a los niños. Allí observamos el déficit de calcio en los chicos; casi no consumen leche o queso en sus casas. Como el calcio es fundamental en la merienda les damos leche. También una bolsa de alimentos a las familias", explica Julieta De Brasi, trabajadora social. "Comen muchas harinas, frituras, salchichas. Las familias prefieren los fritos porque al cocinar no gastan tanto gas de las garrafas. Y las que no tienen agua potable compran gaseosas, que son más baratas que el agua mineral. El resultado es el aumento de la cantidad de chicos con sobrepeso", agrega De Brasi.

Cerca de la Obra vive María Alaya, mamá de nueve hijos. "Cuando uno tiene hijos hay que hacerse cargo. Yo hice de todo por mis hijos, nada me daba vergüenza para darles de comer. Cobro la pensión por madre de siete hijos, pero no alcanza. Tengo distintos rebusques, uno es juntar botellas, cartón; no pagan mucho, pero todo suma. Hace años iba todos los días a cartonear, de la mañana a la noche, llegué a pesar 40 kilos". En el barrio sus vecinos contribuyen llevando botellas que ella acumula en el fondo su casa en enormes bolsones. También María hace la limpieza de la casa de una enfermera, y noche por medio le cuida a la abuela hasta que ella llega del trabajo. "Sí, uno se las rebusca..., claro que si se queda sentado se muere de hambre. Yo nunca me quedé".

A los 17 años tuvo su primer hijo, Mario, y fue a vivir con la familia de sus suegros. "Nos ayudaban, yo no tenía que salir a trabajar, hacía las tareas de la casa. Pero al separarme estuve un tiempo con mi hijo viviendo en la calle. Con él pasé muchas cosas…Mis hijos mayores son los que más sufrieron, con ellos pasamos hambre, frío, teníamos un ranchito chiquito. Mario se quedaba con los hermanos, los cuidaba mientras yo iba a buscar algo de comer. Les dije que apenas pudiera íbamos a levantar una casita, y lo logramos. Dinero que ganaba lo ponía en la casa". María interrumpe el hilo de sus pensamientos y dice: "Me pongo un poco triste al recordar todo esto, hay cosas de las que no me gusta acordarme". Luego de una pausa continúa:

"A mis hijos siempre les digo que estudien, yo no tuve oportunidad de estudiar, no terminé la primaria, pero quiero que ellos lo hagan. Mi hija Macarena estudia enfermería y en diciembre rinde los últimos exámenes. A mí siempre me gustó enfermería; estoy contenta". Los útiles para los hijos menores los recibe de la Obra del Padre Mario, también bolsones de comida. María enumera lo que sus hijos necesitan:"Zapatillas, ropa; para mí no compro nada, uso lo que me regalan o encuentro cuando voy a cirujear a la Capital. Los chicos ven que los demás tienen cosas que a ellos les gustan y no puedo darles".

Los hogares en los que la mujer está cargo son más vulnerables, señala De Brasi, con una pobreza que se arrastra generación tras generación. "Las mujeres no acceden a empleos estables, bien pagos. No pueden organizarse para que les cuiden los hijos mientras salen a trabajar", agrega. Así lo que consiguen para hacer en sus casas son manualidades, arman bolsas de papel para comercios, empaquetan mercaderías, entre otros. Todas coinciden en la mala remuneración de esas tareas: "Las empresas saben de la necesidad que tenemos y pagan muy poco. Podemos pasarnos horas armando bolsas para shoppings y lo que recibimos es poco".

Carla Villareal también vive en González Catán, con cinco hijos y dos nietos. La mayor, Gabriela, sufre retraso madurativo, y Carla se hace cargo de los chicos. Cobra una pensión por enfermedad cardiaca (tuvo tres infartos), y las AUH de su hijo menor y sus nietos. Recibe bolsones de alimentos de la Obra del Padre Mario y envía a sus hijos menores al comedor de la institución. "En el Mercado Central compro lo que es más barato; pero todo es caro. No puedo comprar carne, sí trato que los chicos tengan leche. Con la pensión y los planes no llego a fin de mes…". A los 15 años trabajaba en un puesto de ropa en una feria de Lomas de Zamora, y después en un frigorífico en Lugano, pero dejó al quedar embarazada de su primer hijo. No volvió a tener un empleo estable. Carla explica que por momentos se siente cansada de cuidar a toda la familia, "mis hijos mayores no quisieron seguir estudiando, uno aprendió un oficio y tiene trabajo. A veces me quiero ir de mi casa, pero si me voy, ¿qué va a pasar con mis hijos, con mis nietos?".

Salvia indica que "en muchos casos los hogares que dependen de la mujer funcionan en condiciones de subsistencia; no hay capacidad de movilidad social. Tampoco se visualiza una salida de la pobreza, ni para ella ni para sus hijos. Es necesario un programa de desarrollo económico que contemple la integración social de los sectores más vulnerables. De otra manera estamos reproduciendo condiciones de exclusión estructural". Señala que mientras una parte de la población dependa de planes sociales "no tenemos una sociedad de iguales en la que todos ejercen una ciudadanía plena. Lo que se observa es una sociedad fragmentada".

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