Volanta

Aguantar el hambre En los parajes rurales de Chaco, las familias comen una vez al día y los niños luchan contra la desnutrición


Texto Micaela Urdinez — Enviada especial

9 de mayo de 2026

CHACO.- Sobre una tierra que no tiene el color marrón oscuro de la que está debajo del piso abrazando a las raíces de los árboles -de la fértil, de la que trae vida- sino uno cuasi gris lavado más cercano a las cenizas porque hace meses que no llueve, una soga enroscada podría confundir a algún distraído con una víbora. En una de las primeras casas del paraje La Rinconada, Ramiro Gamarra está en los brazos de su padre tomando una mamadera que agarra con su mano izquierda, mientras en la derecha sostiene el chupete que hasta hace unos minutos tenía en la boca. En cuanto termina, se incorpora rápido, agarra la soga del piso, busca un palo de escoba en la cocina de su casa y simula ser un gaucho que galopa sobre su caballo dando azotes en el aire tras cada salto. Ramiro está descalzo. Tiene una remera del club San Lorenzo y un short. Está por cumplir 4 años y pesa apenas 12 kilos. Su mamá, Gladys Acevedo, abrió durante febrero un comedor en su casa con el apoyo de Monte Adentro, una organización que trabaja por el desarrollo integral de las familias del Impenetrable chaqueño, para asegurarle la comida a sus hijos y a los demás niños del lugar. –¿Hay muchos chicos con bajo peso? –Sí, muchos. Mi bebé nació así nomás. Yo lo llevo todos los meses a control al hospital de Villa Rural El Palmar. Ahí le dieron vitaminas para tomar. Recién ahora está aumentando un poquito. –¿Vos también tuviste problemas de desnutrición de chica? –Sí, yo también. Acá las familias hacen una sola comida al día. Y el desayuno a la mañana. A la noche se toma mate. –¿Los chicos no te piden comida a la noche? –No, ya están acostumbrados.

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Según cifras oficiales, en Chaco el 41,8% de los niños son pobres y el 15,5%, indigentes. Esto quiere decir que casi 1 de cada 2 chicos crece con derechos vulnerados en dimensiones básicas como alimentación, salud y vivienda. En los parajes rurales del Impenetrable, el aislamiento geográfico y la falta de infraestructura profundiza esta desigualdad y la pobreza se siente en todas las aristas de la existencia. Que aguantan. Que sus cuerpos hacen un esfuerzo para gastar la menor energía posible porque no saben cuándo va a venir el próximo cóctel calórico. Eso es lo que dice Johana Schmidt, Licenciada en Nutrición e integrante del Programa de Seguimiento Nutricional de la Provincia de Chaco, sentada en una silla de madera en el paraje Qom Río Salado, una tarde calurosa. “Las comunidades, en la mayoría de los casos, lamentablemente hacen una sola comida al día, no disponen de heladera, no tienen cocina. Si hacen una changuita, o cobran la asignación o una pensión, les alcanza como mucho para 10 o 12 días. Y el resto del mes aguantan. Comen agua con arroz, agua con polenta, agua con fideos o con harina, una cebolla si tienen. Los días que cobran, si pueden compran carne. Frutas, leche y huevo solo una vez al mes”, describe. Hoy fue convocada por Monte Adentro para realizar un control nutricional en este paraje que queda a 20 kilómetros de Juan José Castelli, y allí se encontró con varios casos de chicos de bajo peso o de riesgo de bajo peso, y un par de situaciones graves de muy bajo peso. En la zona, señala, también es común encontrar personas con tuberculosis, considerada una "enfermedad de la pobreza" por su alta incidencia en estos contextos, donde el hacinamiento, la malnutrición y el acceso limitado a la salud facilitan su contagio y desarrollo.

Niños con desnutrición
Tamara Canducho vive con su familia en un rancho de adobe, al que se le están cayendo las paredes, y techo de chapa en la comunidad Qom de Río Salado; su hija de 2 años nació en su casa de forma prematura y tiene riesgo de bajo peso y de baja talla

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Si tuviera que pensarse animal, se identifica con un yacaré. Será quizás por su boca amplia en la que guarda todos los nombres de las personas que saluda cuando se las cruza, o por sus dientes que aparecen firmes cada vez que sonríe porque si hay algo que no pierde– a pesar de los enormes desafíos a los que se enfrenta– es la alegría, o será por sus ojos brillantes que siempre están atentos a ver quién anda cerca. Con un pantalón estilo trecking, una remera gris con el logo de Monte Adentro –que consiste en una fila de árboles que en vez de copas tiene manos verdes entrelazadas– y los pelos castaños despeinados, llega un joven de treinta y pico. Juano Chalbaud no parece el fundador de una ONG que trabaja con 34 comunidades rurales chaqueñas y asiste a 900 familias en proyectos de alimentación, educación, salud, trabajo y desarrollo local. Pero lo es. Porque aprendió a mimetizarse para ocupar todos los espacios necesarios para lograr lo que sueña hace años: que las familias puedan tener una vida digna y plena en su territorio, el bosque nativo chaqueño. Y por eso puede tener un aire campechano y divertido cuando se acerca al referente de la comunidad Río Salado para consultarle cómo viene el almuerzo que están preparando las mujeres para el mediodía y ponerse serio y erguir su espalda de gigante cuando se le pregunta por el hambre que sufren los niños. “Es una realidad que a mí, como padre, me interpela personalmente porque se me viene la pregunta de qué pasaría si mi hijo tiene hambre y no tengo para darle. Por eso nos toca muy profundamente y nos mueve a actuar con urgencia. Siento que es algo histórico de la región del Impenetrable porque hay muchas comunidades en las que hace muchos años que sucede una y otra vez la escasez de alimentos para poder cubrir los nutrientes básicos, sobre todo para la primera infancia, pero también para los adultos. Eso siempre vuelve a estar. Es algo en donde deberíamos tener más sentido de urgencia, animarnos más a hablar del tema y actuar”, plantea.

Contacto cuerpo a cuerpo
Juano Chalbaud es el fundador de Monte Adentro, una ONG que asiste a 900 familias del monte chaqueño para que puedan vivir de forma digna en su territorio; él es un líder que trabaja con y para la comunidad, que conoce a cada uno por su nombre, que conversa con las familias para que entre todos definan las acciones que van a llevar adelante

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Desde que vio gente extraña en su casa, Tamara Evelin Canducho, de 2 años , no se separa del pecho de su madre que también se llama Tamara y tiene 23 años. Se nota que está molesta, se queja, llora de a ratos y parece no estar succionando para comer. Su mamá está sentada afuera de su casita de adobe y techo de chapa en el paraje Qom de Río Salado, en la zona de Juan José Castelli, donde vive con sus padres, su pareja y su hija. Sabe que la bebé necesita comer porque tuvo varios problemas de salud e intenta con una mamadera. Media hora más tarde, va con su hija a la atención nutricional que está haciendo Monte Adentro en el salón comunitario. La niña arranca a llorar desconsolada al ver a Schmidt y a una asistente social intentando pesarla y medirla. –Hace unas semanas en el último control que le hicieron pesaba 10,6 kilos y ahora está en 9,8. Me da que tiene riesgo de bajo peso y de baja talla. Los dos. Ella por tomar la teta, ¿no come? –A veces cuando toma la teta, no quiere comer. –A partir de los dos años pasa esto, que los bebés quieren mucho la teta y no quieren comer tanto. Por eso, tenemos que insistirles que durante el día coman la comida y tomen la leche. ¿Nació con parto normal? –Sí, acá en la casa. Tenía 8 meses. Pesó 2,6 kilos. Sus respuestas son entrecortadas, como si le costara poner en palabras toda esa información vital que tiene guardada en su propio idioma y tiene que traducir al español. –¿Cuánto demoraron en llevarla al hospital? –Ese día la llevaron. –Por el peso que tenía cuando nació, ¿se tuvo que quedar allá o pudo venir enseguida a la casa? –Quedó internada. Schmidt anota cada una de las respuestas en una ficha, le habla de manera pausada a otra mamá y le da tiempo para que le vaya dando la información que necesita. Por momentos, el abuelo de la niña aporta oraciones para completar el panorama. –¿Tienen heladera? –No –dice Tatiana, la madre. –¿Cocina? –No, a leña. –¿Qué tipo de verduras están consumiendo? -Cebolla, a veces. –¿Zapallo? –No. –¿Frutas? –Muy de vez en cuando. –¿Carne? –Solo cuando hay. Si no fideos, polenta con un poco de cebolla y aceite, o arroz.

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“En Castelli y en los parajes hay muchísimos casos de bajo peso, baja talla y riesgo de bajo peso. Más de 200 y debe haber más porque muchas veces no se accede a todos. Los chicos en su casa comen con suerte una vez al día. Ahí les faltan todos los nutrientes, principalmente las proteínas que están en la carne, en los huevos y en la leche y es para que los chicos crezcan, para el desarrollo de la masa muscular y de todos los órganos del cuerpo”, señala Schmidt, que hace unos minutos le entregó a Tatiana –y al resto de las madres que pasaron por el control– un bolsón de alimentos con avena, aceite, lentejas, arvejas y yerba, entre otras cosas, y unas cajas de leche. “Si no atacamos el riesgo de bajo peso, vemos chicos que tienen una dificultad para concentrarse, para aprender, que se duermen en clase, que están muy cansados y todo eso tiene que ver con la mala alimentación. En el caso de la baja talla, si es un niño mayor de 2 años, lo tomamos como un niño que tiene desnutrición crónica. Esto quiere decir que tenía una desnutrición que no fue abordada y solucionada a tiempo y quedan, como le llamamos, acortados. Eso también se ve mucho”, agrega la especialista.

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Asistencia nutricional
Monte Adentro realiza cuatro atenciones por mes durante todo el año en las comunidades y entrega leche en polvo para niños menores de 6 años y mujeres embarazadas; visitan además los hogares para detectar riesgo nutricional y suministrar bolsones con los alimentos necesarios

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El programa “Salud Integral para el Monte Chaqueño” de Monte Adentro se centra en garantizar la seguridad alimentaria, ampliar el acceso efectivo a servicios básicos de salud y superar las causas de la pobreza estructural. En el eje nutricional, se realizan cuatro atenciones por mes durante todo el año, se entrega un paquete de leche en polvo por niño menor de 6 años y por cada mujer embarazada. Visitan además los hogares para suministrar bolsones de alimentos nutritivos a los casos de riesgo de malnutrición, que incluyen legumbres, cereales, aceite, zapallo y fruta fresca. “En las comunidades hay casos de tuberculosis, de desnutrición crónica y sigue la pregunta viva de cómo puede ser que eso ocurra. Y ahí es donde tenemos que estar más presentes y donde tenemos que tener más planes a largo plazo, y hay que involucrarse mucho más porque sabemos que eso tiene un montón de soluciones. ¿Cómo medimos el desarrollo de una sociedad? A mí me gusta que lo midamos por cómo estamos tratando a los que están más lejos de todo”, dice Chalbaud. Este año, las escuelas de verano que se abren en las comunidades para que los niños, adolescentes y jóvenes participen de actividades deportivas, recreativas y educativas, brindaron comedor por primera vez para contrarrestar la falta de almuerzo escolar durante enero y febrero. Se implementaron en 12 comunidades Qom, Wichí y criollas. “Fue una experiencia muy valiosa y de un impacto muy concreto. Hemos visitado a una comunidad en la que durante el año teníamos un caso de bajo peso de niños menores de 6 años y en el verano encontramos cinco de un total de 10 que hemos diagnosticado. Es un montón”, expresa Chalbaud, convencido de que este programa colaboró para sostener la salud de los niños. –¿Cómo sobreviven las familias cuando se quedan sin mercadería? –Cuando hay escasez de alimentos, las familias salen a mariscar, a cazar animales que tiene que ver con la cultura del monte. Lo duro es cuando uno caza por una necesidad extrema. Después, recurren a esto del compartir que es un gran valor de las comunidades, que es decir “yo no tengo esto, quizás vos, vecino, me lo podés llegar a dar.” Y si llega a existir algún tipo de comedor funcionando dentro de las comunidades, lo aprovechan al máximo todas las familias que no llegan a cubrir las comidas fundamentales. –¿Cómo es el acceso a la salud en las comunidades rurales? –Los parajes rurales siguen viéndose como apéndices, como anexos de los tejidos urbanos, lo cual los aleja. Algunos de ellos cuentan con la sala de primeros auxilios o la posta sanitaria, con enfermeros y enfermeras que son muy abnegados, pero claramente faltan muchos recursos, de un modo especial en las comunidades del monte. Falta prestarles más atención y pensarlas como algo más central, tanto en el desarrollo de nuestra provincia de Chaco como en nuestro país. Esto significa decidir que en estas comunidades rurales donde hoy no hay personal de enfermería podemos hacer algo para asegurar, como mínimo, que haya un enfermero una o dos veces por semana que reparta los medicamentos esenciales, y que estén cubiertos en lo indispensable. Después, en lo más complejo, que existan medios de transporte que les permitan trasladarse a un hospital frente a una urgencia. Esto es algo muy posible. El Estado y la sociedad necesitamos decidirnos por estas comunidades y hacerlo realidad.

Vacaciones, la época crítica
Este año, las escuelas de verano que se abren en las comunidades para que los niños, adolescentes y jóvenes participen de actividades deportivas, recreativas y educativas, brindaron comedor por primera vez

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Antes era una correntada de agua que también era vida. Les daba peces. Carpinchos. Y otros animales con los que convivían de manera pacífica. Ahora, el río en la comunidad Río Salado en la que viven 12 familias, es apenas un espejo de agua en el que tiran unas redes de color naranja flúo para sacar algún dientudo o vieja del agua. “Había un montón de pescados grandes en este río. Ahora ya no. Pescamos, en general, a la tarde. Con eso podemos comer, alimentar a los chicos. A veces, pillamos mulitas en el monte, charatas, iguanas. Siempre vamos con un perro para poder pillarlas, te ayuda mucho. Con esto puede vivir la gente”, señala Orlando Laureano, uno de los referentes de la comunidad. Los chicos son todos flacos y se divierten jugando con los árboles del monte, con el río, con la honda o con la pelota, a unos metros de donde las madres están preparando unos pollos con ensalada de tomate y zanahoria. Cristian Monzón es otro de los referentes de la comunidad y afirma que la escuela de verano que realizó Monte Adentro en esos meses críticos, alivió mucho la situación de necesidad extrema que estaban atravesando las familias. “A veces se come al día y a veces no. Hay veces que a la noche se come y a veces no. Lo que más se necesita es la alimentación para los chicos y también tener salud porque no tenemos puesto sanitario en el paraje”, agrega. Tiene 61 años y hace 30 que vive en Río Salado. Cuando llegó, era solo monte, cuenta. No había familias. Él, de a poco, levantó una casa de barro a la que logró ponerle techo de chapas. Las paredes siguen cayendo al suelo y no le alcanzan sus ingresos para repararla. Eusebio Canducho es el papá de Tamara y el abuelo de la niña que vive con él. “Nosotros no sabemos leer y apenas hablar. Mis nietos se criaron acá y yo quiero alentarlos a que aprendan”, dice sobre el futuro de su familia. –¿Con qué se mantiene la familia? –A veces no consigo nada de trabajo. Mi mujer cobra la pensión de siete hijos. Cuando ella cobra, compramos la mercadería. Pero nosotros no comemos tanto. Comemos poco. Un día nomás y después hacemos torta o pan, cualquier comida. Una sola vez comemos. -Cuándo no tienen mercadería, ¿cómo se arreglan? –Salimos a pescar cascarudos, a veces buscamos carpinchos pero ahora no hay agua en el río. No tenemos carne. Lo que más comemos es guiso de fideo o arroz. –¿Qué es lo que más están necesitando? –Mercadería. Y leche y azúcar para mi nieta.

La lucha contra el hambre
Monte Adentro trabaja día a día para que las familias del Impenetrable chaqueño tengan asegurada más de una comida al día, accedan a servicios básicos de salud y superen las causas de su pobreza estructural

Cómo ayudar:

● Las personas que quieran colaborar pueden comunicarse al +54 9 11 6657-1366, seguir las redes sociales @monteadentrorg, y la página web www.monteadentro.org o donar directamente al ALIAS: MONTE.ADENTRO.CHACO

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  • Diseño Andrea Platón
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