Hambre de futuro

Cómo viven los hijos del monte a un año de la visita de LA NACION


Por Micaela Urdinez

Un año después, LA NACION volvió a recorrer los rincones de Chaco y de Santiago del Estero para visitar a los protagonistas de las historias de Hambre de Futuro y comprobar si la visibilización de sus historias había tenido algún impacto en su realidad.

En los parajes del Salado Norte en Santiago del Estero y en los del Impenetrable chaqueño, se dio a conocer la realidad de “Los hijos del Monte”, una camada de chicos que pasaban sus días en armonía con la naturaleza y en conflicto con sus derechos.
A través de diferentes notas – en las plataformas impresa, online y audiovisual – Hambre de Futuro mostró cómo los niños estaban atravesados por la misma geografía y los mismos desafíos, acosados por la aridez, la falta de agua y abandonados en su salud. Pero a pesar de tener hambre o calor, estar cansados de trabajar o acceder a una educación y una salud precarias, amaban el monte, su cultura, sus costumbres y se animaban a soñar.
Gracias al impacto que tuvieron las notas que se publicaron durante todo el año pasado en las diferentes plataformas – papel, digital y televisión- , la gran mayoría de las familias protagonistas de Hambre de Futuro pudieron mejorar su calidad de vida.

Nilo Romero
Se cumplió el sueño de tener una cama propia

Cuando hace un año le preguntamos a Nilo Romero, un chico de 15 años que vivía en Piruaj Bajo, en el monte santiagueño, cuál era su sueño, contestó sin dudarlo: “poder tener una cama para mí solo porque comparto el colchón, espalda con espalda, con mi hermano”.
Su familia tenía otras necesidades – no tenían luz, ni baño, ni freezer ni mesas – pero para él lo urgente era dormir cómodo y poder seguir estudiando para llegar, algún día, a ser maestro de matemáticas.
"Nos alcanza apenas para la comida", decía su papá que trabaja sacando madera. Su mamá es ama de casa y tiene tres hermanos: Luis, Miriam y Silvia. Todas las mañana Nilo madrugaba para trabajar siendo hachero en el monte y así ayudar al ingreso familiar. Después de que sus desafíos cotidianos en las zonas rurales salieran publicados en LA NACION, Nilo tuvo dos impactos enormes. Por un lado, le donaron la cama que tanto quería y otras más para sus hermanos, y también consiguieron los fondos para poder tener un panel solar, un baño instalado y una cisterna de agua en su casa.

Nilo Romero
El gran salto a la ciudad

Pero el cambio más grande fue que desde el Oratorio Don Bosco se emocionaron con su historia y quisieron darle la posibilidad de que se mudara a la capital de Santiago del Estero para poder terminar la secundaria. Desde marzo de este año, Nilo se mudó del monte a la ciudad para cursar su 3er año en el Colegio Secundario Campo Contreras.
“Nilo tenía un primo Gonzalo que estudiaba acá y nos contaba que había otro primo en el campo que quería venir a estudiar acá. Y nos hizo ver el video que hizo LA NACION con la entrevista y ahí conocimos su historia. Su deseo de estudiar hizo que él tuviera su lugar en la casa y en nuestro corazón. El año pasado fuimos a Piruaj a buscar a Gonzalo y de casualidad llegamos a la casa de Nilo. Fue impactante porque cuando llegamos él estaba trabajando, construyendo el baño con su papá. Uno valora el sacrificio que hacen las familias de esos parajes para tener su lugar”, dice Silvio Torres, director del Oratorio Don Bosco.
En el Oratorio Nilo también tiene una cama para él solo pero comparte la habitación con otros ocho compañeros. “Extraño ser hachero, el monte, ir a cazar o a la represa. Pero estoy muy agradecido de estar aquí estudiando. No todos tienen la posibilidad que he tenido yo y por eso voy a aprovecharla al máximo”, cuenta.

Camila Romero
Un cambio de vida para la familia

Hasta el año pasado, cada vez que Camila Romero quería ir al baño durante la noche, tenía que agarrar una linterna para hacer frente a la oscuridad absoluta del monte, en donde iba a hacer pis, entre los arbustos. "Vamos al baño tras las ramas", decía esta chica que hoy tiene 14 años y vive en Piruaj Bajo, un paraje santiagueño ubicado en la zona del Salado Norte. En su casa, Camila tampoco tenía luz, ni agua, ni gas. Ni siquiera una letrina. Eso la exponía a ella – y a su familia – a enormes riesgos en su salud y limitaba gravemente su calidad de vida.
Camila fue una de las protagonistas de Hambre de Futuro y gracias a que su falta de acceso a derechos básicos se vio reflejada en varias notas en LA NACION, su realidad cambió por completo.
Fueron muchas las personas, de diferentes partes del mundo, que aportaron dinero para que hoy pueda tener un baño completo instalado, una ducha con agua caliente, un panel solar, una cisterna de agua y una beca educativa para terminar el secundario. “Fue emocionante verme en el diario y en la tele. Mi familia me felicitaba. Agradezco a todas las personas que han ayudado. Nos cambió mucho la vida”, dice Cami, con la idea firme de convertirse en la primera veterinaria de su comunidad.

Los Santillán
Una casa digna para la familia

La imagen de ver a los Santillán sobreviviendo en la miseria en el paraje Los Tigres, en el monte santiagueño, dolía en el cuerpo. Cuando llegamos a su rancho levantado con ladrillos, plásticos y palos hace casi un año, encontramos a Nolasco “Palito” Santillán, su mujer Norma y sus 13 hijos y un nieto, sumidos en la indigencia extrema.
Sobre el piso de tierra, sin puertas ni ventanas, pasaban sus días expuestos al calor, al frío, a las picaduras de arañas y víboras, al Chagas y a todas las enfermedades de la pobreza. Eran dieciseis personas durmiendo en siete camas en un revoltijo indomable de colchas, con la ropa colgada de ganchos en el techo porque no tenían armarios.
La enorme repercusión que tuvo su historia incomodó a muchos, especialmente al gobierno provincial que ordenó que se resolviera la situación habitacional de los Santillán. Hoy están a punto de mudarse a la casa de material, de cuatro ambientes y baño, que les construyeron en su terreno.
“También nos mandaron 10 camas cuchetas, con colchones, dos mesas con sillas y todo desde Santiago capital. Le doy muchas gracias al gobierno por la ayuda que nos ha hecho”, dice Santillán. Gracias a las donaciones realizadas por la audiencia de LA NACION a través de la ONG Haciendo Camino, los Santillán pudieron comprar una heladera, una cocina, una garrafa, toda la conexión de la electricidad y todo el pilar de la luz

Esta nota es parte del Proyecto Hambre de Futuro que busca mostrar cómo son las infancias de los niños más pobres del país

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