La experiencia que marcó a una joven: “No podía volver del Impenetrable a casa y olvidarme de lo que vi”
Milagros Liguori tiene 20 años, vive en Vicente López y viajó al noroeste chaqueño para ayudar a las familias más pobres de esa región; en un texto escrito por ella, reflexiona sobre sus prejuicios y por qué decidió “atar” su vida a la de las personas que conoció en Chaco
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Antes de mi primer viaje al Impenetrable, sabía que iba a ver una realidad muy diferente a la mía, pero mis miedos o prejuicios eran otros. Amo a los niños, me pueden. Y tenía mucho miedo de que sintieran que yo era una pibita privilegiada que iba a hacer caridad desde un escalón de superioridad. Eso me daba terror.
Pero antes de contar qué me pasó con ese miedo, me voy a explicar mejor: tengo 20 años y desde mis 17 viajo como voluntaria al noroeste chaqueño con la organización La Chata Solidaria. Allá, en parajes inhóspitos, viven cientos de familias que pasan hambre, no tienen agua para tomar, no tienen escuelas cerca, ni médicos, ni un trabajo que no sea hachar árboles, hacer ladrillos o criar animales.
Llevamos donaciones casa por casa, ayudamos a hacer escuelas, a poner paneles solares que les permitan tener luz. El año pasado viajé cuatro veces. La última vez, en diciembre.
Es algo que necesito hacer desde que La Chata visitó mi secundaria, el colegio Learning, en Vicente López. Nos invitaron a sumarnos y en ese primer viaje fui con dos chicas de segundo año y la directora del colegio. La idea fue pasar Navidad en el paraje Ojo de Agua con chicos de la comunidad. Ellos nunca habían recibido un regalo de Navidad, así que les llevamos regalos y organizamos juegos.

Ahora sí quiero contar qué pasó con ese miedo con el que viajé la primera vez, el de ser vista, lo repito, como una pibita privilegiada que iba a hacer caridad.
Apenas llegamos, ese terror desapareció. Era charlar con los chicos sobre lo que hacían en el día: ayudar a sus papás con los animales, jugar a la pelota, caminar por el bosque con cuidado por las víboras. También jugamos con ellos al fútbol y nos moríamos de la risa de cualquier cosa, de alguna ocurrencia que tenían, de si éramos malísimos jugando. Habíamos llevado un inflable y estaban chochos saltando. Era la primera vez que se subían a uno.
Entendí que comunicarnos de igual a igual depende de uno. Y si bien fue un viaje difícil e incómodo porque hacía 50 grados, la comida se pudría, llovió lo que no había llovido en un año y los caminos estaban intransitables, ese viaje fue lo mejor que había hecho en mi vida. Estaba feliz, llena de energía.
Entendí que uno puede ser parte de una transformación muy grande: inauguramos la primera escuela secundaria albergue. Sí, en esa zona los chicos solo hacían hasta sexto grado. Y como las distancias son enormes, en la semana duermen en el colegio. La primera vez que La Chata llegó a la escuela primaria de Ojo de Agua, en 2010, había solo una maestra rural y los chicos dormían en el piso. Más olvido que eso imposible.
Nacer donde nacieron
Lo primero que les dije a mis viejos cuando volví es que iba a seguir viajando aunque no me dejaran, que me faltaba poco para los 18 y que ya no iba a tener que pedirles permiso. Ellos me dejaron, siempre hicieron trabajo comunitario.
De ese primer viaje volví shockeada porque lo que había visto era el olvido más extremo: chicos que vivían con sus padres bajo un campamento armado con cuatro palos y una silobolsa.
Sentí que los nenes y las nenas que había conocido no hicieron nada para nacer donde nacieron, así como yo tampoco había hecho nada para nacer en una familia que me dio todo.
Entonces, ¿qué hago con esto? No podía volver a casa y borrarlos de mi mente como si no existieran.
“¡¿Otra vez te vas al Impenetrable?!“. Esa es la pregunta que me hacen con sorpresa algunos amigos, compañeros de la facu o conocidos del barrio cuando les cuento que no puedo sumarme a una juntada o que estoy corriendo con la organización de un viaje al Impenetrable.
Los que me conocen poco por ahí creen que a mi edad debería estar haciendo cosas divertidas, y de hecho, las hago: salgo con mis amigas; disfruto de mi familia, de mis padres, mis cuatro hermanos menores, que tienen entre 10 y 18 años; estudio Marketing en la UCA, pasé a tercer año; y sí, también viajo tanto como puedo al Impenetrable.

Salí de tu lugar de confort
A pesar de que estudio, misiono con la parroquia del barrio y con otra organización, me encanta la adrenalina de organizarme en medio del caos. Como soy responsable de la logística, tengo que liquidar los pendientes de la facu para irme tranquila, con la cabeza en lo que vamos a hacer allá. El año pasado metí cuatro finales antes de uno de los viajes y en julio, a la vuelta, rendí un final. Me fue muy bien.
Este año arranco como asistente de cátedra y voy a ver si puedo conseguir algún trabajo en marketing. No me imagino sin viajar, primero porque no tengo ningún motivo para dejar de hacerlo y si en algún momento se me dificulta, siempre hay formas de ayudar.
Creo que hay momentos en la vida en los que algo nos dice: “salí de tu lugar de confort para dar una mano, estás listo”.

Me sorprendieron sus sueños
Me acuerdo de un viaje en el que charlé con una señora, jefa de familia. Me contó que muchas veces no tenía qué darles de comer a sus hijos. Y se largó a llorar. Yo solo atiné a abrazarla. Y ella me dijo: “Gracias por escucharme”.
A veces una se siente poco útil, pero se puede ayudar conectando de una manera muy simple.
De esos viajes me llevo mucho: me agradecen con lágrimas de emoción, con una sonrisa, con un frasco de miel, con dibujitos, artesanías.
Algo que me sorprendió mucho fue lo que los chicos contestaban cuando les preguntaba qué soñaban con ser de grandes: “Mi sueño es tener un caballo”, me decían varios.
Hay chicos que tienen celular, ven TikTok, saben qué posibilidades hay en el mundo. Entonces, pensaba: ¿son conscientes de todas las oportunidades que no tienen?

Muchas de las personas que viven ahí no quieren que el futuro sea irse del Impenetrable, sino ayudar a que haya más oportunidades para salir adelante. Como una señora de 80 años, Felisa, que es la que donó las tierras para hacer la secundaria.
La Chata, con la ayuda de los aportes de nuestros donantes, hizo la escuela albergue en ese predio y hoy hay 40 chicos y chicas que egresaron desde 2022 gracias a todas esas voluntades. Ahora van a ampliar el colegio porque hay 90 pedidos de matrícula. Y eso no pasaba antes.
Y hay que seguir preguntándoles a los chicos qué quieren ser. Hace poco una chica me dijo que quiere ser doctora. Y un nene que sueña ser maestro. Me hizo sentir bien saber que en esos “nuevos” sueños tenemos algo que ver.
Cómo ayudar
Si querés ayudar a las familias del Impenetrable a través de la ONG La Chata Solidaria o ser voluntario como Milagros, podés hacerlo:
- Por donaciones, podés hacerlas al alias lachatasolidaria
- Para consultas, podés escribir o llamar al +54 9 11 5331-7472
- Para más información sobre lo que hacen, podés ver su Instagram o su sitio web.
Este tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Paula Soler.
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