
La vocación por enseñar supera cualquier prueba
Las largas distancias, el clima y la falta de recursos son muchas veces desafíos cotidianos que los maestros enfrentan con entereza
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Cuando el río crece tanto que ella tiene medio cuerpo empapado y el agua llega a la altura de la panza del caballo, Violeta se pregunta -presa de la incertidumbre- si esta vez logrará cruzar. Violeta Núñez es docente de una escuela de montaña y en los veranos lluviosos tiene que enfrentarse a las inclemencias del río para poder llegar al establecimiento educativo.
Ella es un ejemplo de los tantos maestros que en todos los puntos del país se entregan con dedicación y devoción para enseñar a sus alumnos y brindarles una mejor calidad de vida.
Violeta es maestra de nivel inicial de la Escuela N° 219, de Anca Juli, un paraje ubicado en Tafí Viejo, en la provincia de Tucumán. Para arribar a la escuela tiene que transitar casi 70 kilómetros en auto y luego hacer otras siete horas a caballo, en una odisea que muchas veces se torna peligrosa por los precipicios y el aislamiento.
"Los caballos son muy difíciles de conseguir y muchas veces escasean. He tenido que volver sola caminando con alguna otra maestra durante casi siete horas", cuenta esta docente de apenas 29 años pero con muchas experiencias en su haber.
Como la escuela es de alta montaña y está ubicada a 2600 metros sobre el nivel del mar, los docentes permanecen 25 días corridos en ella y tienen una semana para estar en el pueblo con sus familias. También hay diez alumnos que viven durante toda la semana en la escuela porque sus hogares están a más de cuatro horas de camino.
"Los maestros supuestamente tenemos construido un refugio, pero la realidad es que dormimos en colchonetas, con camas construidas por gente de la zona. Yo comparto la cama con otra maestra", afirma.
Lejos de quejarse, Violeta es una enamorada de la belleza del lugar y se concentra en lo importantes que son los 30 alumnos provenientes de las familias de Anca Juli. "Los chicos -asegura- son unos ángeles, muy inocentes y puros sin ningún tipo de contaminación ni violencia."
La escuela no tiene electricidad ni agua potable y utilizan gas de garrafa. Por medio de una manguera sacan aguas de la vertiente y los docentes la transportan en fardos o bidones. "Estamos llenas de picaduras de pulgas y garrapatas, que no nos dejan vivir. También hay muchos murciélagos, cuya materia fecal es peligrosa, y tenemos que cuidarnos de las víboras", cuenta.
Las necesidades son moneda corriente y nunca llegan a ser aplacadas por completo. Las más comunes son alimentos perecederos y no perecederos, útiles escolares, ropa y calzado.
Violeta vive en Tafí Viejo, hace tres años que trabaja en la escuela y cobra 1100 pesos por mes. "Al principio me costó mucho adaptarme, porque uno no se imagina cómo es para llegar, las necesidades y las carencias. Es difícil tener que estar tanto tiempo sin familia en un lugar donde el único medio de comunicación es la radio", cuenta acongojada porque ahora, además de a su marido, extraña a Fabrizio, su hijo recién nacido.
Maestras itinerantes
En Neuquén, Cintia Bossini, Mónica Antín y Hugo Gallardo trabajan junto con la Fundación Cruzada Patagónica, para que jóvenes y adultos mapuches puedan concluir sus estudios primarios.
Como son personas que viven en parajes alejados de las comunidades Linares y Thaine Filú, los maestros "itinerantes" van a sus casas a darles clases. Esta modalidad semipresencial reúne a unos 60 alumnos, de entre 16 y 70 años, que en grupos reducidos y heterogéneos reciben desde alfabetización inicial hasta los contenidos correspondientes a los tres ciclos del currículum de primaria.
Mónica Antín, integrante de la comunidad mapuche Lafkenche, siempre quiso ser docente para poder enseñar a su gente, y brindarles herramientas para que ellos pudiesen transformar su propia realidad. Su papá es dirigente de la comunidad y eso la llevó a estar siempre comprometida con su pueblo. Vive en Junín con su marido y su hijo Nehuén, tiene 26 años y una convicción que la lleva a no bajar nunca los brazos.
"Soy una privilegiada por poder trabajar con mis hermanos. Como la mayoría vive del asistencialismo estatal, nos cuesta convencerlos de que pueden modificar su situación. Al estar tan aislados, tienen una visión de la realidad muy reducida", aclara.
Trabajan unas 25 horas semanales y se van turnando los días para recorrer los parajes. El período lectivo es de septiembre a mayo y los alumnos tienen clases sólo una vez por semana, lo cual hace que los avances sean difíciles de percibir.
"Para mí es un orgullo que gente tan grande tenga esta voluntad de estudiar. Al principio hay que establecer un vínculo y luego se va entremezclando lo pedagógico. Hay que estar comprometidos con lo humano, con su comunidad. Uno se siente bien haciendo de puente nomás, pero buscamos los medios para que tengan un mayor bienestar", cuenta Cintia Bossini, que si bien estudió para trabajar con chicos, cuando conoció la propuesta de la fundación con adultos no dudó en sumarse. Tiene 26 años, hace dos años que se recibió de maestra en Neuquén, y su novio pertenece a una comunidad, pero vive en la ciudad.
"Lo malo es que estamos más tiempo arriba de la camioneta que dando clases. El camino va subiendo la montaña y es todo de ripio. Si te quedás en medio del campo por la nieve o porque se te rompe el auto, nadie se entera porque todavía no tenemos un medio de comunicación que agarre siempre señal", relata Cintia.
En algunos parajes van casa por casa y en otros pueden juntarlos en centros comunitarios o escuelas rurales primarias. Hay gente que camina casi 5 kilómetros para estudiar un día a la semana. "Cuando tienen que trabajar, les dejamos tarea en sus cuadernos y nos manejamos por correspondencia", sostiene Mónica.
La atención que brindan es personalizada y adaptan las actividades a su realidad cotidiana. Por eso, además de los contenidos curriculares, les enseñan cosas prácticas, como aprender a firmar, manejarse con el dinero y a introducir variantes en la alimentación.
Huertas familiares
José Santos Vedia nunca había pensado dedicarse a la docencia, pero la vida lo llevó a las aulas. Desde hace más de 24 años se desempeña como maestro de técnica agropecuaria de la Escuela Albergue N° 80, en Cangrejillos, a 45 kilómetros de la ciudad de La Quiaca.
Cuando José se hizo cargo de la escuela, la gente del lugar no estaba acostumbrada a comer verduras, y él se puso a trabajar en eso.
Primero vinieron las huertas escolares, de la mano de los 68 alumnos. "Y así pudimos cambiar un poco la forma de vivir de la gente, el consumo de verduras, siempre respetando la cultura del lugar y experimentando con las semillas de la zona", cuenta.
De a poco los padres se fueron involucrando y surgió el proyecto de huertas familiares, que permite a 45 familias poder tener sus propias hortalizas. El trabajo se hace en la escuela, y se brinda orientación mediante los alumnos y los docentes: "Lo que el chico aprende en la escuela lo trasmite en su casa. Si el padre tiene alguna duda, la consulta con los maestros".





