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Aunque hay cada vez más conciencia sobre el alcance y el impacto de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), aún hay varios mitos o prejuicios instalados en la sociedad que, para los referentes en la temática, es fundamental desterrar: porque no solo distorsionan la realidad, sino que dificultan el diagnóstico y la atención temprana.
Es por ello que la Academia Mundial de Trastornos de la Conducta Alimentaria (Academy for Eating Disorders) desarrolló, en conjunto con otras organizaciones, un documento llamado "9 realidades de los TCA". En diálogo con LA NACION, la doctora mexicana Eva Trujillo, expresidenta de la Academy for Eating Disorders, pediatra, especialista en adolescentes y trastornos de la conducta alimentaria, y cofundadora del centro Comenzar de Nuevo, explica cuáles son algunos de esos mitos más frecuentes:
Realidad: Mucha gente con un TCA se ve saludable, a pesar de que puede estar extremadamente enferma.
Hay que tener en cuenta que muchas complicaciones físicas no son visibles o reconocibles. La mayoría de quienes atraviesan un TCA no lucen extremadamente delgados. De hecho, pueden darse en personas de cualquier peso, sea bajo, normal o elevado. Esta apariencia "saludable" y la falla para reconocer la severidad de estas enfermedades puede demorar la búsqueda de ayuda o que sean detectadas por amigos, familiares o profesionales de la salud.
Realidad: Las familias no son culpables y pueden ser los mejores aliados en el tratamiento para pacientes y profesionales de la salud.
Existen factores biológicos que contribuyen al desarrollo de un TCA, pero no se han identificado patrones asociados con los estilos parentales o la influencia familiar. Por el contrario, las familias representan una base muy importante de apoyo para los pacientes que están en recuperación. El sostén afectivo demostró ser el pilar más efectivo en el tratamiento, por ejemplo, de la anorexia nerviosa en adolescentes.
Realidad: No son una elección, sino enfermedades graves en las que influyen factores biológicos, entre otros.
Los TCA son enfermedades complejas y multicausales. Entre otros factores, están asociados a una estructura y función cerebral diferente de la de otras personas, con estilos cognitivos y rasgos de personalidad particulares. Esto está dado por una desregulación en la función de los neurotransmisores.
Realidad: Afectan a personas de cualquier género y orientación sexual, edad, etnia, peso, figura corporal y estrato socioeconómico.
Los TCA están lejos de afectar solo a mujeres. Sin embargo, sí es cierto que la prevalencia en ellas es mucho mayor. Por otro lado, los hombres tienen a buscar menos el tratamiento y, por ende, son menos diagnosticados.
"La franja etaria de los trastornos alimentarios se amplió enormemente. Cada vez vemos chicas más chiquitas que empiezan con trastornos de la imagen corporal o alimentarios antes de la primera menstruación, así como mujeres postmenopáusicas", sostiene Guillermina Rutsztein, doctora en psicología, profesora asociada e investigadora de la Facultad de Psicología de la UBA. Y agrega: "También se dan en varones, aunque el ideal de belleza en ellos suele tener más que ver con la musculatura, lo que da origen a la vigorexia".
En esa línea, Juana Poulisis, psiquiatra y especialista en trastornos de la alimentación, subraya que muchos hombres comienzan, a edades maduras, a padecer la obsesión de mantenerse eternamente jóvenes. Emprenden jornadas de ejercicio eternas y dietas obsesivas. "He tenido pacientes que me consultaron por disminución de la líbido, sin saber que una mala y deficitaria alimentación, y rutinas de ejercicio compulsivo, pueden ser la causa de su bajo deseo y rendimiento sexual. Generalmente los hombres llegan a la consulta por las consecuencias de su obsesión alimentaria, por lesiones que se generan por rutinas interminables, cansancio, depresión y falta de deseo", explica Poulisis, autora del libro Los nuevos trastornos alimentarios.
Realidad: Conllevan un riesgo alto de suicidio y complicaciones médicas.
Los especialistas alertan que TCA no tratados están asociados con una muerte prematura. El riesgo de fallecimiento para personas con anorexia nerviosa es 6.2 veces mayor que el de la población general. En mujeres entre los 15 y 24 años, el rango de mortalidad es 12 veces superior que en todas las otras causas de muerte. Por otro lado, la anorexia nerviosa tiene el rango de mayor mortalidad de todas las enfermedades psiquiátricas y una de cada 5 muertes por esa causa es atribuible a suicidio.
Realidad: Los genes y el ambiente juegan un papel importante en el desarrollo de los TCA.
Los genes juegan un papel en los TCA, pero no actúan solos y el ambiente también es importante. La cultura de dietas y la búsqueda constante de la delgadez, pueden representar un escenario de riesgo. Sin embargo, a pesar de una constante exposición, solo una proporción de individuos llegan a desarrollarlos. La hipótesis actual más preponderante es que las personas que están genéticamente predispuestas a estos trastornos son las más vulnerables a las presiones sociales y a los condicionantes del ambiente. En pocas palabras, según explica Trujillo, "la genética carga el arma, pero es el ambiente quien la dispara".
Realidad: La recuperación completa es posible. Una detección e intervención temprana son muy importantes.
La recuperación de un TCA no solamente es posible, sino probable. La intervención temprana mejora el pronóstico. Quienes no alcanzan la remisión completa de la enfermedad, mejoran notablemente su calidad de vida y estado físico.
-Entrevistas a especialistas
-Los nuevos trastornos alimentarios, Juana Poulisis
Este artículo forma parte de “Hablemos de trastornos de la alimentación”, una guía de Fundación La Nación que incluye las voces y las recomendaciones de algunos de las y los principales referentes en esta temática de la Argentina, así como también testimonios en primera persona. Además de las entrevistas cualitativas, se realizó un análisis de datos estadísticos y una compilación de trabajos elaborados por distintas organizaciones gubernamentales y de la sociedad civil, y contó con la curaduría de Juana Poulisis, psiquiatra, magister en psiconeurofarmacología, presidenta del capítulo hispano de Academy for Eating Disorders.


