Los vicios de la pobreza estructural

Ianina Tuñón
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1 de diciembre de 2012  

En la Argentina, el trabajo en menores de 16 años está prohibido. Al tiempo que el trabajo en adolescentes está sumamente regulado. Se ha avanzado en la creación de la institucionalidad necesaria para enfrentar el problema, y son muchas las acciones desde el Estado en pos de la prevención y protección del trabajo infantil. Sin embargo, el desafío en su erradicación es aún muy importante porque supone un cambio sustantivo de la sociedad en varios frentes.

Si bien los avances han sido importantes en la creación de empleo, en la ampliación de derechos sociales y políticas de protección social aún persiste un núcleo duro de pobreza estructural donde las changas y los trabajos temporarios constituyen las principales formas de subsistencia de las unidades domésticas. Se estima que el 48% de la niñez y adolescencia urbana vive en hogares en los que el jefe/a de hogar tiene una inserción precaria en el mercado de trabajo o se encuentra desocupado, subocupado o desalentado (70% de los chicos/as en el 25% más pobre).

En el contexto de estas unidades domésticas se desarrollan estrategias de reproducción en las que cientos de miles de niños, niñas y adolescentes asumen tareas clave en el interior de sus hogares ayudando con la limpieza de la casa, asumiendo tareas de lavado o planchado de ropa; elaboración de la comida, compras, mandados, y tareas de cuidado de hermanos/as u otros adultos dependientes, entre otras tareas según las condiciones del hábitat y la región geográfica. Es conocido que son las niñas y adolescentes las que suelen asumir las responsabilidades domésticas, que las mismas se desarrollan de modo principal en los propios hogares y de modo no remunerado. En el interior de muchos de estos hogares, la asunción por parte de las chicas de responsabilidades domésticas responde a la necesidad de suplir a las mujeres adultas que se incorporan al mercado de trabajo. Aun así cabe reconocer que el trabajo doméstico en la infancia suele ser una situación naturalizada, que incluso en muchas familias es percibida como una forma de preservación de los peligros del mundo exterior, y que suele ser considerada formativa en tanto se adquieren calificaciones que luego serán útiles en el matrimonio o que le permitirán trabajar en el mercado.

Estas prácticas estructuran trayectos de integración social y laboral en las que se reproducen las relaciones de género, las condiciones de precarización y privaciones sociales que claramente comprometen el presente (educación, juego, recreación, deporte, cultura) y la vida adulta (autonomía, autorrealización y ejercicio de la libertad)

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