
Refugiados: la Argentina, una tierra distante y atractiva
Vienen con la esperanza de vivir mejor, lejos de la terrible violencia que muchas veces impera en sus propios países
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Todavía muchos argentinos creen que el espigón de vuelos internacionales de Ezeiza es el primer peldaño hacia una vida mejor en otro país. Pero más de 3500 refugiados que llegaron a la Argentina en los últimos años piensan de una forma bien distinta. Esta nación austral de la que conocían poco o nada, o a la que confundían con Estados Unidos es el lugar donde decidieron establecerse, trabajar y vivir en paz. Tanto confían en esa idea que, en el último año, casi se duplicó el número de personas que solicitaron asilo en el país.
La sede argentina del Alto Comisionado para las Naciones Unidas de los Refugiados (Acnur) recibió, en 2007, un 40 por ciento más de solicitudes de asilo que en 2006. Funcionarios de ese organismo dijeron a Comunidad que el motivo principal de estos amparos está directamente relacionado con las leyes nacionales.
La flexibilidad de las leyes y los beneficios que otorgan permitieron que, con los años, se formara en la Argentina un verdadero mosaico de refugiados. Ellos vienen de 60 países, sobre todo de Africa, América latina, Asia y Europa.
Según el Comité de Elegibilidad para los Refugiados (Cepare), entre enero y septiembre de 2007, América es el origen de la mayor parte de las 435 personas que presentaron solicitudes formales de asilo. Africa ocupa el segundo lugar, con 175 solicitudes.
Por su parte, Colombia es el país del que proviene la mayor cantidad de refugiados; 130 solicitudes fueron presentadas por colombianos que intentan escapar del conflicto con la guerrilla y los paramilitares, que ya ha generado tres millones de desplazados internos.
Entre esos colombianos y todos los otros refugiados existe un denominador común, una palabra que, más allá de las barreras idiomáticas, todos pronuncian: paz.
A todos les preocupa, claro, los 500 pesos que les piden para alquilar un cuarto, las dificultades para conseguir trabajo y el prejuicio con el que a veces son mirados. Pero todos saben que aquí no los persiguen, no los torturan ni secuestran. Y todos aseguran que tienen "mejores posibilidades".
Aunque a muchos les resulte extraño, los refugiados coincidieron en que la Argentina es un "lugar tranquilo para vivir"; a los que ya residían aquí, en 2001, ni siquiera les llamó la atención la crisis de ese año. Valoran, además, la enseñanza pública y el hecho de que "algún trabajo se encuentra".
Sin embargo, ninguno de los entrevistados aceptó dar detalles que permitan su identificación, o que puedan hacer que se sientan discriminados, retazos de una historia que vivieron y que no quieren repetir.
Con el poco español que aprendió en los dos meses que ya pasó en la Argentina, Abdoulay explica a Comunidad que está contento de vivir en una pensión porque la casa es de material y no puede ser incendiada, como lo fue la choza donde vivía con su familia, en la lejana Costa de Marfil.
También está contenta Rita, joven peruana que se siente segura y feliz con su taller de costura en Pompeya. Los índices de delincuencia que allí se registran no la afectan tanto como el hostigamiento que sufrió por años por parte de guerrilleros de Sendero Luminoso.
Muy parecido es el caso de la colombiana Jésica. Ella está preocupada porque su hija tiene 14 años y "los chicos argentinos fuman, toman y salen a bailar mucho"; sin embargo, eso no se compara con lo que le significó ser secuestrada por grupos paramilitares y escapar de su cautiverio de tres días corriendo por la selva en plena noche.
"Hacer algo"
Rita explica que ya superó la angustia de vivir acosada por el terrorismo, pero, su voz entera se resquebraja cuando recuerda: "Vivíamos en el campo, en Perú. Sendero Luminoso decía que peleaba por nosotros, los más pobres, pero algunos integrantes nos saqueaban constantemente, abusaban de nosotros, nos torturaban, nos quemaban las manos".
El calvario de Rita fue largo y, un día, se dio cuenta de que ella debía "hacer algo", pelear para que su familia no sufriera en carne propia tanto como había padecido ella.
Por eso juntó plata, ahorró y compró un pasaje para llegar a la Argentina. Después, de a poco y con esfuerzo, trajo a sus tres hermanos menores. Hoy no sabe si sus padres viven o están muertos. "Allí donde yo vivo, en plena montaña, estas cosas siguen pasando y nadie se entera", asegura.
Ahora, esta joven mujer, de 32 años, que empezó limpiando casas, ya pudo armar su pequeño taller de costura con el que sustenta a sus hermanos y estudió computación y diseño de modas. A Rita le gusta vivir en la Argentina, pero extraña el campo donde creció, comer maíz con queso y, sobre todo, las papas.
Jésica también extraña y, como hace poco que se estableció en la Argentina, la adaptación es toda una tarea. Asegura que en Colombia las distancias son más cortas, que los paisajes y las comidas típicas son muy diferentes; además, está horrorizada con el aumento de precios. Pero aquí encontró otras cosas que valen la pena: "Sí, me gusta ver que aquí hay muchas opciones educativas; la Facultad es pública. En el futuro, mi hija va a poder estudiar".
Jésica suspira cuando tiene que describir el alivio que sintió cuando por fin despegó el avión que la trajo a la Argentina. "Tuve que huir con mi hija de noche, fuimos al aeropuerto a las 3 de la mañana prácticamente con lo puesto. Los paramilitares ya sabían dónde estaba yo y, de un momento a otro, me iban a poner una bomba en la puerta de casa."
El "error" de esta mujer fue trabajar en una fábrica que comercializaba productos codiciados por las fuerzas paramilitares. Las extorsiones, las amenazas y hasta las cartas con balas que llegaron a su domicilio fueron poco comparado con el secuestro que le tocó vivir. El cautiverio fue determinante para que Jésica dijera basta y, entonces, viajó por primera vez a la Argentina.
Sin embargo, poco después de que llegara junto con su madre y su hija, Jésica fue asaltada y golpeada. El tiempo pasó y funcionarios colombianos les aseguraron que podían volver tranquilas a su país natal. Menos de un año después de regresar a Colombia, la pesadilla empezó de nuevo. Jésica y su familia estaban custodiadas, pero no era suficiente: "No podía esperar que me cuidaran siempre", se sincera.
Otra vez en la Argentina, Jésica trata de acostumbrarse a la idea de que a Colombia no vuelve más y no baja los brazos en su búsqueda laboral. No consigue trabajo porque, paradójicamente, su perfil laboral es muy alto. "Tengo que seguir por mi hija, que después de tantas cosas se me comenzó a enfermar, el médico me dijo que somatiza por todo lo que le tocó vivir desde tan pequeña", cuenta.
Africa, otra historia
A la hora de hablar de refugiados hay una imagen que prevalece en el imaginario colectivo, la del chico de tez negra, flaco, que apenas habla el idioma y se escapó escondido en un barco. Africa, continente golpeado por enfermedades, violencia y crisis alimentarias parece no poder escapar nunca de su sino trágico. Los países africanos fueron los que menos avanzaron en la meta de las Naciones Unidas de reducir en dos tercios la mortalidad infantil y materna para 2015, y los 10 países con los peores registros de mortalidad infantil están en el continente.
Abdoulay tiene 29 años, pero aparenta mucha menos; llegó desde Costa de Marfil, donde la expectativa de vida no llega a los 50 años y donde las guerras civiles son moneda corriente. El tuvo la suerte de que no estaba en su casa cuando, en medio de disturbios, la humilde vivienda fue incendiada con sus padres adentro. Eso fue suficiente.
Abdoulay abordó un barco que, creía, llegaría a Estados Unidos. Pero bajó en la Argentina. Un taxista lo llevó adonde estaba otro africano, "que vende cosas en la calle", y le dio 20 pesos; no tenía nada más. Ahora, estudia castellano y vende bijouterie en la calle. Todavía no sabe bien qué hacer con su vida. Las distancias con su Africa natal y las costumbres locales complican la adaptación.
En cambio Cheik tiene 19 años y ya adoptó dos tradiciones argentinas: toma mate y es de Boca. Le gusta el deporte, ya corrió varias maratones y no entiende por qué en la Argentina se asombran de su resistencia y velocidad. Cheik vivía en Guinea, donde las luchas por el poder infestaron de violencia a la sociedad y dificultan el acceso a un trabajo decente. Este joven no escapa al diálogo, pero tampoco cuenta por qué tomó la decisión de abandonar su país. Asegura que con su trabajo de vendedor le va bien y se admira de "lo lindas que son las chicas".
Mohammed es el más chico del grupo, tiene 18 años y hace menos de dos meses que llegó a la Argentina; habla rápido y se nota que el miedo todavía está en su cuerpo. Como puede, explica que a su papá lo asesinaron y que él escapó de Cabo Verde en un crucero de turistas.
Abdoulay, Cheik y Mohammed comparten su nueva vida y se ayudan para aprender el castellano que la profesora Paola Cúneo les enseña con paciencia y amor en la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (Fccam). Mientras esta cronista realizaba la nota, uno de ellos tuvo que hacer las veces de traductor: a la comisión había llegado un nuevo refugiado, recién bajado del barco.
"Recibimos 50 pedidos de asistencia por mes", asegura Elba Caballero, coordinadora de la fundación.
Abdou también es refugiado, llegó desde Angola y, hace poco, comenzó a trabajar como obrero en una construcción y su expresión, aunque poco clara, denota satisfacción: "Ahora uso un casco para golpes, tengo tarjetita para poder cobrar la plata del sueldo".
Comida, barcos y muerte son tres palabras que no faltan en los relatos de los refugiados africanos. Por eso, aunque les resulta extraño en su composición y en sus hábitos, la Argentina es el lugar en el que quieren quedarse.
Escapar como sea
Carolina Podestá, vocera de la Acnur en Buenos Aires, explica que el lema de los refugiados es escapar como sea: "Llegan por su propia cuenta, por avión, barco o vía terrestre. En algunos casos no traen documentos, a veces viajan como polizones, llegan al país sin tener conocimientos sobre el mismo, completamente a la deriva".
Tradicionalmente, la Argentina ha sido un país receptivo con quienes buscan asilo. "Sus leyes son -según Philippe Lavanchy, director de Acnur para las Américas-, altamente beneficiosas y las de mayor generosidad en el mundo", en contraposición con los países de Europa, cada vez más restrictivos con los ingresos.
La nueva ley de reconocimiento y protección al refugiado, aprobada en 2006, fue un paso para apoyar a los refugiados en su proceso de inserción en la sociedad y la búsqueda de soluciones duraderas.
"La normativa es, fundamentalmente, una forma de asegurar que las personas que buscan y merecen protección la encontrarán, asegurando derechos tales como la unidad de familia, el principio de no devolución y no rechazo en frontera, la integración local y el reasentamiento", señala Podestá.
La vocera de Acnur aclara que los refugiados tienen derecho a gozar de todos los servicios públicos en materia de salud, educación y capacitación laboral, que gozan los extranjeros con residencia legal en el país.
Pero la realidad a veces contradice a la ley. La Argentina, un país que enarbola entre sus virtudes la solidaridad, también se caracteriza por la segregación a aquellos que son considerados distintos.
"En general, la discriminación está relacionada con la falta de información. Una parte de la opinión pública local aún desconoce lo que es un refugiado, a veces se los confunde con los migrantes económicos; los empleadores desconocen si pueden emplearlos o no", resume Podestá.
Contactos
- Fccam: www.migracionesfccam.org.ar
- Acnur: www.acnur.org
Podés ver su nueva campaña en www.lnteve.com/hacer-comunidad
- Mañana: Más información sobre refugiados en En busca de cobijo en LNR
El gran desafío: integrarse
La Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones ( www.migracionesfccam.org .ar ) trabaja hace 50 años con esta problemática. En su sede se trabaja para integrar a los migrantes y refugiados en la comunidad argentina.
El perfil de la población que acude a esta institución es mayoritariamente masculina, joven y proveniente de distintos países de Africa, la India, Bangladesh, Paquistán, Colombia y Cuba.
Durante un año atienden un universo aproximado de más de 2000 refugiados y solicitantes de refugio por diversos motivos: ayudas económicas, medicinas, estudios especializados de alta complejidad, movilidad para transporte para asistir a las clases de español y los cursos de capacitación laboral, orientación acerca de documentación, derivaciones por diversas problemáticas, reuniones familiares.
Sergio Bertini es uno de los conductores del organismo no gubernamental Migrantes y Refugiados de Argentina (Myrar), que trabaja para ayudar al refugiado a integrarse a la sociedad y, sobre todo, al mercado laboral.
Confirmó que en los últimos cuatro años asistieron y capacitaron a 450 personas con apoyo económico, formación profesional, asistencia educativa y hasta el armado de una feria colectiva itinerante. Y son muchas las organizaciones que están dispuestas a abrir sus puertas a estos nuevos habitantes: desde el grupo piquetero MTL hasta la AMIA, Cáritas y la empresa empleadora Manpower.
Claro que no todas son rosas, Bertini asegura que cada vez son más los refugiados que llegan al país y que, lamentablemente, muchos terminan trabajando en el conurbano, o en barrios como Once o Constitución, en sitios donde la utilización de mano de obra esclava es una lamentable moneda corriente.
También, que están en el ojo de requisas e inspecciones que para él se explican con una sola palabra: “Discriminación”.
Tanto Myrar como la Fundación Católica están reconocidas por Acnur y desarrollan tareas de manera conjunta.
En el mundo
El número de refugiados y desplazados internos en todo el mundo alcanzó a finales del año último la cifra récord de 37,4 millones, según el último informe presentado esta semana en Londres por el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur).
La cifra de refugiados bajo la responsabilidad directa de ese organismo pasó de 9,9 millones a 11,4 a finales de 2007. A su vez, el Acnur ofrece anualmente protección o asistencia directa o indirecta a 13,7 millones de desplazados internos.




