
Gimena Mamani Quispe es voluntaria de la ONG Semillero Digital y en un texto en primera persona cuenta cómo busca que su historia sea inspiradora
Me llamo Gimena, tengo 28 años y aún recuerdo mi primer gran sueño. Tenía 11 años y deseaba con todas mis ganas poder comprarme un helado de crema con forma de osito.
Lo veía en el kiosco todos los días y me parecía tan lindo que quería saber qué gusto tenía. También soñaba con comprarme las hojas para la carpeta del colegio, lapiceras de colores, caramelos.
Eso que hoy suena tan pequeño, para mí era enorme porque me crié en un hogar humilde, en Ezpeleta, al suroeste del sur bonaerense, junto a mis padres y mis siete hermanos: tres mujeres y cuatro hombres. En mi familia siempre hicimos mucho esfuerzo por estar mejor, aunque me resulta doloroso decir que hubo veces en las que nos faltó la comida. Así que no había mucho permiso para soñar con algo más.
Mis padres nos inculcaron la cultura del trabajo. Mi mamá es ama de casa, aunque alguna vez tuvo que salir a trabajar como ayudante de cocina o vendiendo sus tejidos porque la situación económica era muy difícil. Mi papá siempre fue albañil y trabajaba en la construcción con mis hermanos mayores.

Yo siempre me sentí diferente al resto de mi familia. En realidad, creo que siempre quise ser la diferente y trabajé mucho para eso. Es que además de mis sueños chiquitos, tenía otros tres más grandes: quería estudiar una carrera para tener un buen trabajo, irme a vivir sola, y viajar.
Cuando contaba lo que soñaba, mi familia o mi gente amiga me decían que yo “soñaba demasiado”. Sé que no querían ser molestos. Su respuesta partía de un día a día difícil donde las oportunidades para que las cosas fueran diferentes casi no existían.
Y cuando tenés poco y sos chica, podés creerte eso de que tus sueños no valen. Por eso ahora dedico parte de mi tiempo a ayudar a chicos como yo, con tantos sueños que no los quieren decir en voz alta por temor a no merecerlos. Pero todos merecemos soñar en grande, por esto te cuento mi historia.
Hacer todo diferente
Tal como dije, mis padres no podían comprarme nada extra, así que a mis 11 años empecé a trabajar: me ofrecí como niñera de algunas familias vecinas.
Con mi primer pago fui al kiosco y me compré el helado de osito de crema que resultó ser riquísimo, tal como lo imaginaba. Y así de rico también se sintió empezar a ver que había cosas que yo podía cambiar en mi vida. A los 13, me sumé otro trabajo: vendía en ferias de ropa y durante el verano cosía en talleres o atendía en verdulerías.
Mientras, soñaba con irme de casa, pero para vivir sola. No quería repetir las historias que solía ver en el barrio, jóvenes que se iban de su casa para formar sus propias familias.

Y en esto de hacer todo diferente, yo quería estudiar. Mi mamá no había podido terminar la primaria y mi papá no pudo recibirse en la secundaria. Entonces pensé que el estudio seguro me acercaría a lo que soñaba.
En esa locura por aprender, me anoté en unas olimpíadas de Matemáticas donde se presentaban diferentes escuelas, aunque yo no era muy buena con los números. Gracias a eso conocí un colegio técnico con orientación en construcción que me encantó.
Un día fui a la dirección de mi colegio y pedí los papeles para el pase. Los llené sola y los quise entregar sin el permiso de mis papás, pero no pude. Cuando ellos se enteraron se enojaron mucho. Yo en una escuela técnica iba a necesitar materiales más caros que los que usaba en mi bachiller y para mi papá era raro que yo quisiera hacer un secundario que, según él, era para hombres. Me puse muy firme y me pasaron de colegio.
Trabajando los fines de semana y en los veranos, terminé la escuela. Fui la primera generación en recibirme de la secundaria y en empezar una carrera universitaria: arquitectura en la Universidad de La Plata. Yo estaba feliz, pero necesitaba un buen trabajo porque es una carrera que requiere materiales caros, como una computadora, que no me eran accesibles.
El quiebre
La pandemia de Covid-19 me encontró tratando de estudiar con mi celular, sin poder trabajar y con muy pocas esperanzas. Habían vuelto con fuerza las voces que me decían que mis sueños eran demasiado grandes. Pero me agarré de mi obstinación y busqué cursos online para capacitarme y aplicar a empleos mejor pagos.
Así encontré uno de marketing digital, ni siquiera sabía que existía la posibilidad de trabajar en eso. Luego apliqué a otro de Facebook Ads en el que te enseñan a crear estrategias para que las marcas se posicionen en la web. La organización que lo daba era Semillero Digital, que da cursos accesibles a jóvenes de barrios populares. Me anoté creyendo que era un taller más, para después seguir yo sola enfrentando la realidad.

Pero cursando en Semillero me di cuenta que no estaba sola. Primero, porque las personas que me capacitaban eran empresarios que me regalaban su tiempo para que yo, una chica de Ezpeleta a la que todo le costaba mucho, tuviera una oportunidad. Segundo, porque quienes eran mis mentores en Semillero, voluntarios que te capacitan en aptitudes blandas, me preguntaban siempre cómo estaba y qué necesitaba.
El día que me hicieron una devolución para contarme cuáles eran mis características fuertes, fue revelador: me dijeron que era empática y perseverante, palabras con las que en ese momento me costaba identificarme. Yo sentí que me decían: ‘todo lo que sueñes es lo que te merecés’. Ese día me puse a llorar en casa porque me di cuenta que esa nena que había sido a los 11 años, con sueños grandes y ganas de progresar, todavía existía.
Los cambios
Gracias al acompañamiento de Semillero Digital, en 2021 conseguí una entrevista de trabajo para el área de marketing de una empresa de materiales de construcción. Es que la organización articula con empresas para que quienes hicieron las capacitaciones tengan la oportunidad de un empleo. El día que me llamaron para decirme que había quedado en ese trabajo en blanco, con obra social y vacaciones, era mi cumpleaños. Fue el mejor regalo del mundo.

Recuerdo que mi primer sueldo lo usamos en casa para comprar comida y pagar algunos servicios. Mis padres estaban muy orgullosos de mí. Después todo comenzó a fluir. Al año logré cumplir mi sueño de mudarme sola y al segundo año hice mi primer viaje en avión a Bariloche. Lo anhelaba mucho porque yo no había podido pagarme el viaje de egresados de la secundaria.
Haber vivido esa transformación me llevó a conectar con algo que me acompaña desde chica y es “el hacer por otros”. Entonces me ofrecí como voluntaria en Semillero y ahora me veo reflejada en cada chico y cada chica que me cuenta tímidamente sus sueños, como si no los merecieran. Yo les hablo de mi historia para que sepan que sí los merecen y pueden elegir su propio camino.

Hoy, ya con algunos años recorridos, fui avanzando en la empresa donde aún trabajo y quiero lograr mi meta de ser arquitecta. Estoy convencida de que a los jóvenes no nos faltan ganas ni talento. Lo que necesitamos son oportunidades reales y personas que funcionen como puentes conectores para acompañarnos a demostrar todo lo que somos capaces a partir de un sueño.
Por eso hoy busco ser un puente y sé que vos que me lees también podés serlo.
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Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Paula Soler

