
Un día en la vida de una persona de la calle
LA NACION acompañó a Dardo desde la madrugada hasta la noche para ver dónde duermen, comen, se bañan y qué sienten los que no tienen un hogar
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Su sonrisa desdentada tarda en distinguirse en la oscuridad. A las 5.30 la noche esta todavía cerrada. Con esa misma boca, surcada a su alrededor por arrugas, Dardo pide silencio a LA NACION para no despertar al resto de sus compañeros que todavía duermen en un espacio techado de la intersección de la avenida Marcelo T. de Alvear y la calle Montevideo.
Marta esta envuelta en cajas de cartón. Al lado, Walter se las arregla dentro de una bolsa de residuos con dos agujeros para pasar los brazos. Enfrente, Rubén duerme sin taparse aprovechando la cálida noche de marzo; ya vendrán noches más frías. A pesar de dormir en la calle, al aire libre, hay olor a encierro, a yerba y a trastos tóxicos.
Dardo, de 65 años, dobla la campera que usó a modo de frazada esa noche y la mete en su bolso azul de una correa. Vestido con una remera turquesa y unas zapatillas deportivas, huele a colonia de imitación y a talco de abuelo. Mientras se traslada en silencio hasta Beruti y Larrea, el cielo aclara lentamente. "En la calle se patea mucho, ¿sabés?", dice mientras camina balanceando sus hombros para arriba y abajo, uno por turno. El bolso con todas sus pertenencias debe pesarle, aunque más deben pesarle los quince años que lleva viviendo en la calle.
Cerca de 1400 personas viven hoy en las calles porteñas, según datos del IX Conteo Anual de 2009 del Ministerio de Desarrollo Social del GCBA. Esta cantidad ha ido aumentando, ya que según el mismo estudio, hace tres años había alrededor de 700 personas en la calle. El 80% de estas personas son hombres que tienen entre 40 y 59 años. Las personas sin hogar se concentran en el Centro, Monserrat, Retiro, Barrio Norte, Congreso, Once, San Cristóbal, Constitución, Barracas y Parque Patricios.
-¿Qué es lo que más te gusta hacer?
-Escribir. Contar mi punto de vista de las cosas -dice Dardo con seriedad, que participa de los talleres de escritura y música de la Obra de San José para mantener su cabeza ocupada.
-¿Qué es lo que te hubiese gustado ser?
-Cuando era chico quería ser militar. Luego, cuando crecí, médico. Por eso empecé la carrera de Medicina, que después dejé por problemas económicos y la enfermedad de mis padres.
-¿Cuál es tu sueño?
-Volver a una vida normal. Alquilar aunque sea un departamento de un ambiente.
Rumbo al desayuno
Dardo camina sobre las calles desiertas hasta el comedor Madre Camila de las Hermanas Pobres Bonaerenses de San José para buscar su desayuno. Las personas esperan en silencio su mate cocido caliente. En el fondo se escucha un grito que lanza números al aire: son los turnos para las duchas.
Muchos con sueño y cansancio apoyan sus cabezas sobre el mantel de plástico. Nadie habla entre sí, reina el silencio. Hay sólo una mesa de mujeres, lo cual está en línea con los cálculos que indican que de cada una o dos mujeres en la calle, hay diez hombres. En esta jungla de cemento muy pocas resisten el ritmo de la calle. Ellas se quejan de que las discriminan porque es muy difícil el acceso a paradores, baños y otros servicios para mujeres. "Acá nadie cuenta su vida personal, y las que te cuentan algo están mintiendo. Hay muchas que están locas", dice una mujer con un impermeable fucsia y que le falta uno de los dos vidrios del anteojo.
Un voluntario holandés reparte las medialunas donadas por una panadería de la zona. Existe un gran contraste en la gente que desayuna en el comedor de la Madre Camila. Algunos bañados y bien vestidos con la ropa que consiguen de forma gratuita en las roperías de la zona disimulan su situación de calle. Otros, en cambio, no logran esconder su depresión y locura que se exterioriza en su aspecto físico.
Walter es el encargado del comedor, está siempre en la puerta, anotando los nombres, evitando peleas y controlando que todo funcione. Los que ingresan lo saludan afectuosamente. "Muchas veces cuando voy para Constitución, los encuentro ahí tirados y trato de convencerlos de que se cuiden y les transmito esperanza -explicó preocupado-. Algunos tienen trabajo ya sea en un supermercado chino o como porteros. Lo que pasa es que lo que ganan no les alcanza para sostener un techo y la comida", agrega Walter.
Después del desayuno, Dardo quedó una vez más en la calle. La mayoría de las personas se tiraran en las plazas después de desayunar o se quedan dando vueltas por la zona. Muy pocos tienen la suerte de ir a trabajar, casi ninguno tiene vínculos con su familia primaria. Otro de los problemas de quedar otra vez en la calle es la falta de acceso a un baño. Algunos logran ingresar en los baños de los locales de comida rápida o de estaciones de servicio.
Dardo confiesa que lo que más sufre la gente en situación de calle es el sueño. "La gente sin hogar no duerme más de dos o tres horas corridas", y agrega que tienen que estar alertas a los peligros de la calle, de los fisuras, como llaman a los jóvenes que consumen paco y roban. "Hay que dormir con un ojo cerrado y otro abierto. Las personas mayores que viven hace bastante en la calle, a diferencia de ellos, tienen códigos", se queja.
Mientras que Dardo cuenta la historia de su vida observa el reloj continuamente, como para verificar que el tiempo sigue avanzando. El no parece estar desagradecido ni enojado con la vida. Al contrario, agradece a la gente solidaria que le tiende una mano. Si bien no se avergüenza de su situación, ya no quiere preguntarse más sobre por qué se dieron de esa forma las cosas: "Quizá no tomé buenas decisiones", reflexiona de forma serena.
Dardo se remonta a los días más oscuros de su vida, los primeros meses en la calle. Relata cómo intentó matarse anhelando la calidez del hogar propio. A pesar de eso pudo salir adelante. "Un día pasé por una marquesina de negocio y miré mi reflejo en el vidrio, tenía la barba crecida, la ropa todo deshilachada. Ahí fue cuando dije basta, quiero cambiar." Ahora Dardo cuida su aspecto y trata de vivir lo mejor que puede dentro de su situación.
En el comedor Madre Camila también sirven el almuerzo. Ahí se encontraba Javier, de 37 años, barriendo el salón del comedor cuando todos se habían marchado. El vive en la calle desde los 18, cuando se vino de Misiones a probar suerte en la Capital, sin haber cursado el secundario. Su mujer lo dejó por su adicción al alcohol, pero a él lo único que lo reconforta es saber que sus hijos duermen bajo techo. Hace bastante que no tiene contacto con ellos porque le avergüenza que lo vean en ese estado. "Llega un momento en que uno pierde las ilusiones", dice este hombre moreno con venas rojas en los ojos.
A Javier no le gustan los días de lluvia y los domingos le resultan tristes. "No me pasó nada especial este último mes. Siempre el mismo ritmo. Esperando a que pase el día", expresa Javier resignado.
Al igual que Dardo, Javier cuenta que su mayor sueño es tener su propia casa. Ambos tienen la misma dirección en el documento de identidad: Gendarmería Nacional 532, la de un parador que expone la inexistencia de vivienda para ambos.
* * *
"El subte es mi guarida los días de lluvia", acepta con complicidad Dardo que se lavó su pelo canoso y raído en la parada de subte de Tribunales. El cuenta todo esto mientras espera en la iglesia de María del Carmen al grupo de amigos por las calles de la Comunidad de Sant´Egidio, que reparte 250 viandas a gente de la calle todos los jueves.
Antes de repartir la comida, el grupo de amigos por las calles reza en la iglesia. Dardo con un cancionero en la mano repite con voz tan potente los salmos que hasta los ornamentos de las paredes de yeso parecen vibrar.
Marcia Cariola, responsable de este servicio que surgió en la crisis de 2001, cuenta que además de acercarles la vianda crean un vínculo personal con la gente de la calle. "Para ser amigos debemos primero vencer el miedo a lo desconocido, y estas personas son desconocidas para nosotros. Mucha gente le tiene miedo a los pobres porque no los conoce", dice Cariola.
Y agrega: "Existen otros temores, como qué me puede pasar si me involucro, qué situaciones se me pueden presentar. No lo sabemos y posiblemente nos sorprenderá vernos haciendo cosas que jamás imaginamos. Tal vez podamos responder a estas preguntas con esta otra: ¿qué le puede pasar al otro si no me involucro? Quizá siga solo, sin nadie que se interese por su vida ni lo visite", explica esta joven, que ha creado un vínculo tan estrecho con las personas de la calle que ayuda que visitan su casa, tienen su teléfono y compartieron con ella su casamiento.
El grupo de Sant´Egidio fue hasta el lugar donde duerme Dardo para acercarle su guiso. Ya está anocheciendo y los transeúntes pasan simulando no ver, con miedo, tristeza, preocupación y cierto alivio de no estar en esa situación.
El día compartido con Dardo muestra cómo con la ayuda de voluntarios y religiosos, las personas en situación de calle consiguen ropa y servicios de ducha y comida. Gracias a ellos, las personas sin hogar se sienten un poco menos desamparadas y siguen luchando para salir adelante.
Dardo sigue escribiendo con una letra cursiva impecable todas las tardes en su cuaderno rayado cuentos con ilustraciones hechas por él mismo y pintadas con lápices de colores. Con mucha disciplina, todos los jueves le entrega al grupo de Amigos por las Calles un manuscrito con un cuento. Ellos recopilaron los cuentos de los últimos años para poder encuadernarlos y conservarlos mejor. Así, Dardo va a empezar a cumplir uno de sus pequeños sueños.
Contactos
- Comunidad de Sant´Egidio: amigosporlascalles@gmail.com
- Comedor Madre Camila: www.camilarolon.com.ar/
- Sipam: www.sipam.org.ar
- Hogar de San José: www.obrasdesanjose.org
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