Un pedido especial: "Son niños esperando que unos ojos los vean"

María Cristina junto a Matias y Carlos
María Cristina junto a Matias y Carlos
María Cristina Fernández
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26 de agosto de 2019  • 11:25

Nací en Bella Vista, Corrientes. Mis afectos están ahí. De a ratos dejo la Buenos Aires adquirida y "vuelvo a casa". En uno de estos viajes, hace unos años se acercó un niño ofreciendo su ayuda para trasladar mi valija a cambio de lo que yo pudiera darle, con una dificultad evidente al emitir la voz, ronca y apenas audible.

A esa "oportunidad" que él me dio de conocernos siguieron otras, lo que me llevó a preguntarle a qué colegio concurría y supe que iba a la escuela especial del pueblo "Pedro Merello", a la cual me acerqué para interiorizarme de sus necesidades. En ocasiones pude cubrirlas mientras se generaba con él una linda amistad.

Después de unos meses perdí su recorrido y nadie supo ubicarlo. Pero esa misma escuela volvió a mostrarme el rostro y la sonrisa de Antonia. Ella estaba lejos de registrar su oscura situación familiar. Con la Hermana Dominga y la generosidad de alguien más pudimos darle el tan ansiado vestido que lució el día de su primera comunión junto a otras compañeras de catequesis.

Como si fuera un hilo conductor mis pasos me llevaron nuevamente a la misma escuela. La auxiliar que ya me conocía me mencionó los nombres de dos chicos que no pertenecían a ese establecimiento y que necesitaban una ayuda especial: Carlos y Matías, de 12 y 14 años respectivamente. Me dio la dirección, algo lejos del centro y me acerqué a conocerlos. La excusa de mi presencia fue entregarles remeras, zapatillas y objetos de colegio.

Mientras entraba en confianza mi mirada pudo reconocer una vivienda cuyas paredes eran de plástico negro, con algunos listones de madera deshilachados, y un patio donde una mamá reposaba en la cama. A la distancia explicaba que no quería compartir el espacio, precariamente cerrado, por miedo a la violencia del marido. Cuando le ofrecí el brazo para que se pudiera desplazar, me dí cuenta de su ceguera total.

Surgieron las preguntas de rutina hacia los chicos. "¿A qué escuela van?¿A qué grado?¿Qué deportes hacen?¿En qué club de barrio? La directora de la escuela Prefectura Naval Argentina me contó de las incontables inasistencias de esos chicos, uno con rendimiento normal y otro con un déficit cognitivo importante pero sin diagnóstico. La maestra integradora del curso hacía lo que podía pero eso no alcanzaba.

Regresé a Buenos Aires con la esperanza de conseguir una mejora en el techo de la vivienda, lo que se consiguió con mucho esfuerzo y con el compromiso de una persona de la zona que cubriría sus mínimas necesidades, sabiendo que Carlos y Matías están en proceso de judicialización y con la posibilidad de que la ayuda alimentaria de la provincia llegue a ellos.

Gracias a esta red, la asistencia material está mínimamente garantizada. Pero, ¿qué hay de las mentes de esos chicos que no podrán concluir mínimamente su escuela primaria y mucho menos el secundario?

Como ellos, muchos que caminan entre nosotros y no son vistos, no tienen prioridad más que en la retórica fácil de discursos y compromisos que se diluyen a corto plazo.

Ellos están allí sin culpas ni privilegios, solo esperando que unos ojos los vean, que unos oídos los oigan, que unas manos los acompañen. Y lo más difícil, acciones concretas con resultados visibles, para integrar en el futuro la sociedad del conocimiento de la que los chicos de hoy no pueden estar excluidos.

Yo no quiero quedarme de brazos cruzados. Quiero hacer algo más por estos chicos y los invito a sumarse. Las personas que quieran comunicarse conmigo pueden hacerlo por celular al 549114-163-2642.

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