
Una infinita cadena de favores
Hasta el gesto más desinteresado puede modificar la realidad de una persona, que a la vez siente la necesidad de ayudar a otro; historias de individuos que hacen del dar y recibir una forma de vida
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Una sonrisa, un gesto desinteresado o una pequeña ayuda pueden ser el inicio de un mágico círculo virtuoso de dimensiones inconmensurables. La solidaridad engendra más solidaridad y recibir una mano generosa de un otro, no sólo impacta en la vida del destinatario, sino también en su forma de ver el mundo: la sensibilidad explota en sus corazones y genera un efecto multiplicador de aspiraciones infinitas.
Así es como de a poco se van formando cadenas de favores que se entrelazan, cruzan fronteras y consiguen hasta lo imposible. No existe un patrón para la caridad, ya que cada uno la experimenta y replica a su manera. En la mayoría de los casos, los beneficiarios sienten que la mejor forma de agradecer esa buena acción es haciéndola extensiva a otras personas.
En el caso de Gabriel Manader el destino quiso que su despertar fuera a la temprana edad, de los 6 años. El Jueves Santo de 1974 estaba en su casa cuando al empujar la puerta de metal y vidrio de la cocina para abrirla se cortó el brazo izquierdo y parte del cuello. "Lo más grave fue el corte del brazo porque me afectó el músculo, las arterias y los nervios. Comencé a perder mucha sangre, en ese momento llego mi papá y me encontró casi desmayado. Me envolvió en un frazada y salió a la calle a pedir ayuda", dice Gabriel, que a duras penas recuerda algo de ese momento clave en su vida porque perdió el conocimiento.
Lo que sabe es porque se lo contó su papá. Un señor paró con su auto, que estaba recién sacado de la concesionaria -todavía tenía plástico en los asientos- para subirlos y llevarlos al hospital. "En la desesperación nos bajamos corriendo y ni siquiera le pudimos decir gracias. No sé ni cómo se llama, pero sé que esa persona ayudó a salvar mi vida y le estaré eternamente agradecido. Toda esta situación originó cambios en mi vida porque ese día volví a nacer. Cuando desperté lo primero que le dije a mi madre fue que iba a curar a la gente de todos sus males. Desde ese momento supe que iba a ser médico", cuenta emocionado Gabriel, que hoy se desempeña como médico general en distintos pueblos del interior del Chaco. Atiende dos veces por semana en el hospital de General Pinedo y tres veces por semana se interna en General Capdevila, un pueblito de 280 habitantes.
Estuvo un año sin poder utilizar el brazo izquierdo, perdió gran parte del músculo del bíceps y hasta hoy tiene poca sensibilidad en la mano. Gracias a horas de esfuerzo y una ardua rehabilitación, ahora se maneja con las dos manos. Gabriel siente que también puede aprovechar esta experiencia: "En la vida tuve muchas cirugías, por lo que sé lo que es el dolor físico, las espera en un hospital y lo que significa estar en el lugar de paciente. Cada día hago lo posible para aliviar las preocupaciones de mis pacientes, de contenerlos", expresa Gabriel, que entiende la medicina no sólo como una herramienta para curar, sino también para ayudar y contener al paciente y su familia.
"La solidaridad salvó mi vida. Por eso trato de ser solidario con las personas que me piden que los atienda o me hacen alguna consulta. La mayoría son de bajos recursos, así que para mí con un Gracias doctor basta y sobra", dice Gabriel con la tranquilidad de sentir que encontró su lugar en el mundo.
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Este ida y vuelta que nació instintivamente de forma individual fue adquiriendo mayores dimensiones hasta llegar a constituirse en una metodología de trabajo en numerosas organizaciones sociales.
En una de las humildes cuadras de San Blas, del Barrio Obligado, localidad de Bella Vista, partido de San Miguel, Rossi Silvero prepara una olla de comida en el Merendero Retoños de la organización Comprometerse Más. A esta tarea se dedica todos los jueves y sábados por la tarde, para preparar junto con otras madres la cena para 90 chicos del lugar.
Máxima Jara, de mirada huidiza pero de sonrisa fácil, pasa la escoba por cada uno de los rincones del lugar hasta eliminar todo resquicio de polvo y basura. Es la encargada de hacer la limpieza total de este espacio que siente como su segunda casa.
Ellas forman parte del grupo de 30 familias que viven sobre el río Reconquista y que hasta hace un año estaban en condiciones precarias. Un primitivo puente de madera era la única conexión que tenían con tierra firme, ya que las tierras que ocuparon estaban del otro lado de uno de los brazos del río. "No entraba ningún proveedor, no teníamos luz ni agua", cuenta Rossi, de 27 años, oriunda de Paraguay, que junto a su marido y sus tres hijos, de 9, 8 y 4 años, sobrevivían con estas carencias.
"Esto no era un barrio, era un chiquero. Los políticos venían a sacarse la foto, pero no hacían nada", recuerda angustiada Máxima. Su suerte cambió cuando Juan Manuel Casolati, impulsor de la organización Comprometerse Más, tocó la puerta de sus casas. Luego de un intenso trabajo, consiguieron que la Municipalidad construyera un nuevo puente y llevara los servicios básicos a estos vecinos. Además, como los terrenos están ocupados pero sin escritura, la fundación está en conversaciones con las autoridades para regularizar su situación.
"Al principio no le creíamos, pero después vimos hechos concretos y nos empezamos a sumar a la fundación. Lo del puente fue un milagro para nosotros porque las familias vimos mejoradas nuestras condiciones de vida", explica Máxima, que trabaja sacando lombrices del río por las que su patrón le paga 30 pesos por lata.
Comprometerse Más es una entidad que promueve la igualdad de oportunidades educativas, a la vez que asiste de manera integral a todos los vecinos. Otorga becas a 75 chicos desde jardín hasta el nivel universitario, y una de las condiciones es que los padres devuelvan de alguna manera esta ayuda, comprometiéndose con tareas en la fundación.
Es una rueda de aportes con la que todos comulgan y de la que todos se sienten orgullosos de participar. Rossi cocina, Máxima limpia, otra madre otorga los turnos de las pediatras que atienden a los chicos, y uno de los hijos hace las veces de sereno para cuidar el establecimiento por las noches. "Cada una sabe lo que le toca hacer: amasar el pan, cortar las verduras, condimentar la carne. Para mí, esto es muy lindo porque uno recibe ayuda, pero también tiene la posibilidad de darla. Yo hago esto por los chicos del barrio que necesitan del merendero para comer. Y también sé que de esta forma les estoy dando un buen ejemplo a mis hijos", dice convencida Rossi. Como ella no trabaja y su marido hace changas como albañil, recibe becas para que dos de sus hijos puedan ir a la Escuela N° 34 Mariano Acosta, con las que les compra ropa y útiles escolares.
La hija de Máxima tiene 14 años, está en 2° año de la Escuela Don Bosco Madre Teresa de Calcuta y también recibe una beca. "Como ella se siente agradecida se esfuerza más por estudiar. Nosotras, las madres, sentimos que también somos parte de esta fundación y nos ayudamos entre todas. Cuando una de las madres no puede venir, las demás estamos para reemplazarla", comenta Máxima, que después de muchas decepciones en la vida encontró en Juan Manuel una persona que le devolvió la esperanza y la energía de servir a los demás.
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La localidad de Arequito, en Santa Fe, tiene 7200 habitantes que dependen de un único efector de salud pública, el Servicio de Atención Médica a la Comunidad (Samco). Es el único que cuenta con guardia médica, enfermería, radiología y ambulancias para traslados a centros de mayor complejidad las 24 horas.
Laura Larrambebere es médica pediatra y está a cargo de la Secretaría de Salud de la comuna de Arequito, que desde hace siete años puso en marcha un proyecto de mejora del Samco. A principios de 2010, el aparato de rayos comenzó a sufrir frecuentes roturas, lo que dejaba a toda la comunidad sin este servicio, con la complicación de que el aparato más próximo estaba a 30 kilómetros.
Para solucionar este problema, la rueda de generosidad se puso en funcionamiento y en abril Laura recibió una llamada de la Fundación Soledad Pastorutti, para avisarle que Manuel Lozano, director de la Red Solidaria, iría a Arequito y quería conocer el Samco. "Cuando estábamos haciendo el recorrido pasamos frente a la sala de rayos, donde hicimos el comentario sobre el tiempo que llevábamos sin aparato. Así fue como en mayo, a través de la Red Solidaria, un señor nos donó el aparato porque quería invertir en salud, en memoria de un hermano que había fallecido", recuerda Laura con asombro.
El 5 de octubre, un martes lluvioso, llegó finalmente a Arequito el nuevo aparato de rayos, que también trajo muchas otras mejoras. "Hoy funciona de maravillas y es una herramienta indispensable en el diagnóstico de muchas patologías y también permite conocer el real estado de un politraumatizado antes de su traslado", explica Laura, que siempre se quedó pensando en cómo devolver a Red Solidaria su compromiso y ayuda.
"Todos estamos convencidos de que hay que devolver algo cuando uno recibe; así fue como luego de una donación que llegó en agosto decidimos cambiar todas las camas del geriátrico y las del área de internación, los colchones, las mesas de luz y las mesas de comer", agrega Laura. Justamente todos estos elementos son los que pusieron a disposición de la Red Solidaria, que en unas horas ya tenían como destino un geriátrico de Lima, Zárate, que estaba en muy malas condiciones.
"A fines de noviembre partió todo hacia Lima en un camión. Además, enviamos ropa que donó gente de nuestro pueblo, dibujos para los abuelos y juegos de mesa", recuerda Laura, que se siente parte de una cadena de favores que la llena todos los días. "Queremos seguir formando parte de ella, no para continuar recibiendo porque ya tuvimos esa suerte, sino para poder seguir dando", concluye Laura.
Mientras tanto, millones de personas en todo el mundo siguen recibiendo gestos solidarios que transformarán en nueva energía positiva.
CÓMO COLABORAR
Red Solidaria: www.redsolidaria.org.ar
Comprometerse Más: www.comprometersemas.org.ar
Fundación Soledad Pastorutti: w www.fundacionsoledad.org.ar
90
chicos son los que cenan todas las noches en el Merendero Retoños
7200
habitantes de Arequito utilizan el aparato de rayos donado por Red Solidaria
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2Tiene 17 años, es de Caballito y merienda con chicos que vivieron en la calle: “Los ayudo a pensar un futuro distinto”
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