Valentín Muro: “Parece que fuera casi decepcionante si estás en el espectro autista y no sos un genio de las matemáticas”
El filósofo y escritor, que fue diagnosticado con autismo de adulto, habla de lo dañinos que son los estereotipos y las etiquetas a la hora de interactuar con las personas con discapacidad
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Las principales barreras que se interponen entre las personas con discapacidad y el pleno ejercicio de sus derechos no son físicas, ni normativas o culturales. Son sociales. En nuestro afán por comprender e interactuar con el mundo, vamos por la vida categorizando o etiquetando todo aquello con lo que interactuamos, incluso las personas. Pero ¿qué ocurre cuando interactuamos con alguien que posee una diferencia funcional con respecto a nosotros?
El filósofo y escritor Valentín Muro considera que el diagnóstico de esa persona nos impide ver, muchas veces, todo lo que la hace humana, única e irrepetible. Se vuelve una etiqueta que la define de principio a fin. Y agrega un ejemplo concreto. “Es muy común que los demás expliquen cualquier aspecto de la personalidad de alguien que esté, por ejemplo, dentro del espectro autista, como propio de esa etiqueta”. Sabe de lo que habla. No solo porque lo investigó sino porque lo vivencia: a los 23 años fue diagnosticado con autismo.
Muro, de 32 años, marca una clara diferencia entre recibir un diagnóstico siendo niño o recibirlo en la adultez. “Cuando lo recibimos siendo niños o menores, todas las ansiedades están puestas hacia el futuro porque no sabemos bien qué es lo que eso puede significar para el resto de nuestras vidas”, considera.

“En cambio –continúa– cuando lo recibimos siendo adultos, se vuelve una explicación de por qué muchas cosas que sucedieron en nuestra vida fueron del modo en que fueron, e, inmediatamente, se traduce en un montón de recursos y herramientas con las que no contábamos antes, que nos permiten seguir enfrentando cosas que hasta ese momento nos habían resultado dificultosas”.
Valentín entendió, por ejemplo, su dificultad para decodificar, durante su infancia, el sentido implícito de ciertas frases, actitudes o comportamientos típicos de nuestra socialización. “Los niños se acercan a sus pares en el recreo y les hacen una pregunta para empezar una conversación; y, en mi caso, generalmente yo respondía lo que se me preguntaba y seguía en la mía, pero porque no tenía idea de que eso era el pie para hacer una repregunta o seguir conversando, si no que había cumplido con, si se quiere, el contenido semántico concreto de lo que se esperaba de mí”, recuerda sonriente, y agrega que ese fue el primero de otros tantos malos entendidos que, quizás, fueron generando impresiones erróneas sobre su persona en los demás.
Es por eso que, si bien considera que cualquier diagnóstico es un asunto íntimo y que uno debe de tener la libertad de compartirlo cuando lo considere necesario, en algunas ocasiones, abrirse con otros puede ser iluminador. “Lo ideal es también ver a un diagnóstico como un recurso al que podemos acudir, por ejemplo, para que las personas puedan entender por qué es que actuamos de la manera en que lo hacemos y en eso, muchas veces, lo que se puede dar es mayor compasión y mayor comprensión, porque hay ciertas cosas que nos limitan en nuestra capacidad de entender cómo funciona el mundo”, propone.
Una mayor claridad puede contribuir, incluso, a no llenar los espacios vacíos con suposiciones o estereotipos. “Hay ideas que generan muchísima frustración, muchísimo daño, como la expectativa de que las personas en el espectro autista sean genias de algún tipo, que sean genias matemáticas o que sean excesivamente frías y racionales, cuando lo que encontramos es que en realidad una gran parte de las personas en el espectro, de hecho, son híper empáticas, son más empáticas que lo normal o lo promedio”, revela.
“Parece que fuera casi decepcionante si estás en el espectro autista y no sos un genio de las matemáticas, ni sos Rain Man o Sherlock o Sheldon de The Big Bang Theory y todo eso repercute negativamente en tu autoestima”, grafica.
En su caso particular, es autor, desde 2017, de Cómo funcionan las cosas, un newsletter semanal que cruza filosofía, ciencia, historia y literatura. Allí Valentín da cauce a su insaciable curiosidad. Desde los abrazos, pasando por los payasos, el picante o caminar en la nieve, todo es explorado con suma exhaustividad desde múltiples entradas.
“Muchas veces, desde afuera, se busca explicar mi trayectoria profesional, académica o lo que sea en torno a mi diagnóstico y no en torno a lo que me hace a mí como persona más allá de un diagnóstico de salud mental”, revela.
Lo central, concluye, es evitar que ese diagnóstico opaque a la persona que lo porta. “Si queremos conocer a alguien, lo más importante es interactuar con esa persona, tratar de entender qué es la que mueve, más allá de cuáles sean las etiquetas que nos parece que se le pueden atribuir, o incluso aquellas que esa misma persona se atribuye”, agrega. Perder el miedo a preguntar sobre gustos, dificultades o necesidades específicas suele ser un gran paso para conectar con quien tenemos enfrente, recomienda Muro. En definitiva, cada persona es única y ningún diagnóstico puede definirla.


