Vivir en la calle. "Éramos pedazos desparramados de una familia que luchaba por seguir junta"

Yo siempre digo que se puede ayudar desde diferentes lugares. Sin tener bandera política ni agrupación, uno puede salir a llevar un termo o un plato de comida a cualquier persona en situación de calle.
Yo siempre digo que se puede ayudar desde diferentes lugares. Sin tener bandera política ni agrupación, uno puede salir a llevar un termo o un plato de comida a cualquier persona en situación de calle.
Marcela Lidia Robles
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24 de julio de 2019  • 14:03

A los 14 años conocí la calle. Mi infancia fue dura. Vivimos en diferentes lugares como Flores y Rafael Calzada porque nos desalojaban por falta de pago. Éramos nueve hermanos, más otra hija del primer matrimonio de mi papá. Mi padre era un desastre con los trabajos y mi mamá se dedicaba a la casa.

Cuando yo cumplí 12 años ya no entraba comida a la casa, no podíamos pagar los servicios ni el alquiler, así que con mi hermana mayor tuvimos que empezar a trabajar. A la mañana íbamos al colegio y a la tarde yo cuidaba a una nena y atendía una panadería.

Mi hermana más grande también trabajaba como empleada doméstica. A la noche hacíamos souvenirs o armábamos cajitas de medicamentos hasta la madrugada. Y a la mañana de vuelta al colegio. Mi hermana una vez se desmayó del agotamiento. Con lo poco que ganábamos solventábamos todos los gastos de la casa. Pedíamos fiado en la verdulería, en la panadería y en la pollería.

A pesar de esto con mi hermana y junto a una vecina de Cáritas íbamos al Cottolengo Don Orione de Claypole y colaborábamos con lo que podíamos. Esa era mi vida, a pesar de todo éramos muy unidos con mis hermanos. Un día apareció el camión de la municipalidad y nos desalojaron. Mi padre pidió ayuda a la iglesia, como éramos muchos no nos quisieron ayudar. Nos tiraron, literalmente, en la plaza Emilio Mitre, en Las Heras y Pueyrredón. Había un árbol grande y dormíamos ahí, en el centro de esta Capital.

Fue un golpe muy fuerte. Todos dejamos el colegio porque nos quedaba muy lejos y no teníamos con qué viajar. Yo estaba en la secundaria. Mi papá consiguió trabajo en un pensionado y nos llevó a todos a dormir en la terraza. Era una cosa de locos porque estábamos a la intemperie. Llovía y nos empapábamos, teníamos frío. La gente empezó a quejarse y nos echaron.

De nuevo a la calle. Mi papá fue al Ministerio de Acción Social, para pedir ayuda y nos separaron a todos. Yo me fui a un pensionado a la calle Salta junto a mi hermano; mi hermana mayor a trabajar con cama con 16 años; a otra hermana le designaron un colegio de monjas; tres de mis hermanos varones fueron destinados al hogar Garrigos y a las nenas más chicas las mandaron al hogar Riglos, en Marcos Paz. Mis papás se quedaron en la calle. Éramos pedazos desparramados de una familia que luchaba por seguir junta.

A los 16 años entré a trabajar como empleada doméstica con cama porque ya no podía seguir en el hogar. Mis hermanos seguían internados en los hogares, eran muy pequeños, y no la pasaban muy bien. Mi mamá logró alquilar una pensión y empezó a recuperar a mis hermanos para que fueran a vivir con ella.

En el año 1976, a mis 16 años y en medio de una dictadura militar, junto a mi amiga Patricia nos afiliamos al PJ y empezamos a militar solitariamente en la villa 31 y en el Barrio de Soldati, juntábamos cosas y se las llevábamos a la gente.

Quedé embarazada a los 17 años cuando estaba trabajando con cama en la casa de una familia de apellido Kolesnicov, limpiaba y cuidaba a dos niñas, me ayudaron bastante. Me hice cargo de mi hijo como madre soltera. Me fui a vivir en la pensión con mi mamá y empecé a trabajar por hora con el nene, lo llevaba conmigo. Me acuerdo que lo abrigaba mucho, ya que era bebe y salíamos muy temprano a trabajar.

Al tiempo conseguí trabajo en una empresa de seguridad y quedé embarazada de mi segunda hija, nuevamente quedé sola pero ahora con mis dos hijos. Mi mamá me echó de la pensión y me fui a la calle con los dos nenes. Fue bastante duro porque la gente ni te mira. Es una indiferencia absoluta.

Durante un mes dormimos en la calle Hipólito Irigoyen en un zaguán que había, hasta que mi hermana, Claudia, se enteró y me invitó a vivir con ella a un departamento que le prestaban. Ella estaba ahí con su marido y los dos hijos. Cuando se entraron de que éramos siete personas apiladas ahí, nos echaron a todos. Mi hermana mayor por un tiempo se hizo cargo de mi hija más chica, pero la extrañaba mucho y decidí continuar con mis dos hijos.

Mi ángel

Un vecino de la casa de mi mamá, que fue mi ángel, Luis Córdoba, me dijo que en el Congreso de la Nación estaban haciendo concursos para contratar gente. Para mí el Congreso era como el palacio de Buckingham.

Mi abuela me mandaba a las academias Pitman cuadro era chica, así que yo sabía algo de taquigrafía, caligrafía y dactilografía. "Vos hacé lo posible por prepararte y andá", me dijo Córdoba. En la CGT daban cursos de dactilografía en la calle Azopardo, yo iba con mis dos nenes, y me capacité en dactilografía y taquigrafía.

Me presenté, en el año 1982, y de 2000 postulantes quedamos más o menos 200 personas. Yo fui una de ellas. En 1983 empecé a trabajar en el Congreso. Ese fue el hito que cambió mi vida.

A partir de ahí terminé la secundaria, me recibí de Licenciada en Psicología Social y hoy soy consultora psicológica. Además soy acompañante terapéutica y operadora en adicciones y prevención de violencia familiar e intrafamiliar.

Pude tener una base económica, un lugar en dónde vivir y armé un hogar junto a mis dos hijos. Después tuve 2 hijos más y siempre seguí haciendo algo por los que menos tienen. Porque yo estuve en ese lugar y se lo que se siente que te discriminen. La gente siempre dice sobre las personas que viven en la calle "¿por qué no van a laburar?" Yo trabajaba y nadie me ayudaba. Por eso yo ahora desde mi lugar, siempre trato de dar una mano.

Junto a Cristina, una compañera del trabajo, juntábamos cosas y las entregábamos a gente que no tenía . Me sumé a muchas causas por Facebook. Armamos un grupo para ir a las villas de Lomas de Zamora "17 de noviembre" y después salíamos a la noche a repartir comida a la gente en la calle, debajo de la autopista y en la Plaza Congreso. Ahí me hice operadora en adicciones, trabajé mucho en recuperación de adictos.

Una vez había juntado muchas donaciones, la gente confiaba en mí y me había quedado un galpón lleno de cosas. Vi que había una señora, Mely, hacía viajes a Salta para llevar cosas para los Wichis y me puse en contacto con ella. El último viaje que hicimos fue en octubre pasado a Embarcación. Nos adentramos en el monte y llegamos a los más vulnerables, les llevamos un horno pizzero, entre otras donaciones.

Yo escucho decir "los wichis están acostumbrados a vivir descalzos y sin ropa" pero nosotros les llevábamos mucha ropa y nunca nos alcanzaba. Tendría que haber un proyecto para ver qué es realmente lo que les hace falta. Nosotros vamos con nuestras ganas de hacer algo, pero no sé si es lo que más necesitan. Nadie se ocupa de esa gente, lamentablemente.

Con este impulso armé una página que se llama "Dame tu mano, te doy la mía" en donde armamos grupos para poder salir a la calle y llevar donaciones a Tucumán, Jujuy y Salta.

Hasta el año pasado estaba participando en Payasólogos sociales, una organización que agrupa a profesionales de la salud con voluntad solidaria. Se creó a partir de la psicóloga social Miriam Alberganti y el psicólogo Carlos Triskier, pero en vez de ir a los hospitales, vamos a las villas, a comedores de niños y a geriátricos. También hacía pasantías en el Borda en donde levanté a un señor y se me prolapsó el útero. Me tuvieron que operar dos veces y me estoy recuperando.

Por eso no estoy pudiendo salir a hacer las recorridas para la gente en situación de calle ni los viajes a Salta. Lo que hago es juntar bandejitas descartables para que la agrupación Vida solidaria pueda poner comida para repartirlas en la calle, así como colaboro con donaciones desde su página.

La gente siempre dice que no sabe cómo puede colaborar. Y yo siempre digo que se puede ayudar desde diferentes lugares. Sin tener bandera política ni agrupación, uno puede salir a llevar un termo o un plato de comida a cualquier persona en situación de calle. Es verdad que hay mucha más gente en la calle, pero yo vengo hace rato llevando termos con café con leche y comida, sola con mi nena. Uno de mis hijos me dijo"¿Qué haces debajo de la autopista llevando cosas?". A mí nunca me dio miedo, he compartido mate y comida con alguno de ellos.

Son muy fuertes los prejuicios que existen contra ellos que se reflejan en frases como "andá a laburar" o "¿para qué tienen tantos hijos?". Hay gente que trabaja y por diferentes motivos está en la calle, es difícil cuando tenés niños. Muchas de nosotras no tuvimos acceso a educación sexual, se necesita más educación, que la salud salga a la calle porque muchas personas no tienen posibilidad de acceso a un hospital.

Hoy tengo cuatro hijos: Cesar (39), Jesica (36), Brian (30) y Guadalupe (15), a quienes por diferentes motivos crié sola, y seis nietos. Todos los mayores estudian y trabajan. Tienen sus vidas encaminadas. La más chica, Guadalupe, que está en 3er año es la que me acompaña en todas las tareas solidarias y los viajes. Dice que va a ser presidenta. Quizás la generación de ellos, nos salve.¡Hay que educar a los niños para no tener que castigar a los mayores!

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