
Un objeto, la portada de un viejo libro, incluso el olor de sus páginas, puede desencadenar tantos recuerdos y sentimientos
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Mi rutina sevillana, los días en que estoy tranquilo, es simple: del hotel Colón a desayunar en Las Piletas, y luego un paseo por las pocas librerías de viejo que van quedando en la ciudad. Acabo siempre en Los Claveles, ante una manzanilla y una tapa de carrillada ensalsa, revisando el botín mientras charlo a ratos con Santi, el dueño, con su madre y con mi compadre Jordi, vecino del barrio –lo de Jordi es sólo un apodo, porque trabajó un tiempo en Cataluña–, cuando aparece por allí.

