Baterista, bandoneonista, flaneur y amante del ocio creativo; un personaje colorido e inigualable de la música argentina: Fernando Samalea

El increíble viaje de un músico todoterreno

Es conocido como el baterista histórico de Charly García, aunque podría afirmarse que tocó con todos, de Gustavo Cerati a Joaquín Sabina y los Illya Kuryaki; en su nuevo libro, Viviendo el futuro, Fernando Samalea cuenta su propio cuento de hadas del rock

17'
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Durante meses, Carlos y Mafer, dueños de un pequeño café venezolano sobre la calle Avilés, en Villa Ortuzar, se preguntaron quién podía ser el tipo que se quedaba ahí escribiendo con su laptop durante horas. Llevaba un sombrero un poco tanguero y pedía siempre lo mismo: americano doble y un avocado. De vez en cuando se le acercaba alguien, reconociéndolo: “Sama, genio, ¿en qué andás?”. Y él siempre respondía con calidez, como quien saluda a un viejo amigo. Ese hombre es conocido por ser el baterista histórico de Charly García desde mediados de los ochenta a esta parte, además de haber tocado con todos o casi todos los rockeros del continente. Se llama Fernando Samalea y lo que escribió con tanta dedicación es un libro de más de 500 páginas que cuenta sus avatares en el mundo del rock, desde compartir un camarín con Catherine Deneuve en París, durante un concierto de Benjamin Biolay, hasta acompañar a Pity Álvarez en un show surrealista y caótico en un estadio tucumano.

“Sama”, como le dicen todos, llega a su casa justo a la hora de la entrevista. Se lo ve feliz y tiene sus razones: manejó tres horas hasta Temperley con un amigo para buscar una batería que tiene un valor especial para él. “La dejé en parte de pago en una casa de música de San Martín, cuando tenía 15 años, y la volví a encontrar en venta en internet. Estoy seguro de que es la misma”, se ilusiona, orgulloso, y muestra algunas cicatrices en el bombo que jura recordar de su adolescencia.

Subiendo un tramo de escalera de su casa en Villa Ortúzar, se llega al verdadero teatro de operaciones del músico: un último piso en donde guarda sus libros, una batería electrónica y el preciado bandoneón, con el que tocó en mil shows en Sudamérica, los Estados Unidos y Europa. Sama reparte sus noches entre esta casa y la de su pareja, la compositora Michelle Bliman, que vive en Caballito.

De chico le gustaba dibujar caricaturas y tenía un espíritu que bailaba entre el mundo real y la fantasía. Soñaba con publicar una novela y le encantaba leer las aventuras de Julio Verne y Emilio Salgari con Sandokan. Nació en Caballito, pero pasó su infancia en Saavedra. Sus padres, cuenta, no eran artistas, pero estaban muy ligados al arte. “Incluso con sus limitaciones económicas, me mostraron el teatro, el cine, el Centro Cultural San Martín, Beckett… Comprábamos entradas con descuento y así logré tener el mundo del espectáculo más o menos al alcance”, recuerda. A los 13 años fue a su primer concierto (Crucis en el Luna Park) y quedó fascinado.

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1978; Fernando Samalea con su primera batería, una Caf Show modelo 72 azul nacarada, que tuvo entre los 11 y 14 años
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El "Sama" modelo 2026 se define como motociclista de carreteras, bartender ad honorem, fotógrafo aficionado y amante del ocio creativo
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Su trayectoria como músico es impresionante: como baterista realmente tocó con todos, desde Clap, Metrópoli, La Portuaria e Illya Kuryaki & The Valderramas hasta Gustavo Cerati, Andrés Calamaro, Calle 13, Benjamin Biolay (Francia) y Joaquín Sabina (la lista es inmensa). Y, por supuesto, se lo reconoce como “el batero de Charly”, con quien arrancó a los 20 años en una formación conocida como Las Ligas (Samalea, Christian Basso, Richard Coleman, Andrés Calamaro y el recientemente fallecido Daniel Melingo).

Sama participó en discos clave de García, como Parte de la religión, Cómo conseguir chicas, Filosofía barata y zapatos de goma, La hija de la lágrima y el Unplugged, entre otros. Tras una etapa más intermitente, en los 2000, volvió a acompañarlo en su renacimiento más reciente con Random, La lógica del escorpión y en presentaciones esporádicas en los épicos cumpleaños del bigote bicolor. Por eso muchos lo consideran el baterista histórico: no estuvo solo en un disco o una gira; atravesó varias encarnaciones de Charly durante casi cuatro décadas.

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Soñar con París

Como escritor, Samalea publicó cuatro volúmenes autobiográficos: Qué es un long play (2015), Mientras otros duermen (2017), Nunca es demasiado (2019) y el reciente Viviendo el futuro, así como el libro de fotografías y textos Memorias en cámara rápida 1990-2010 (2021). Obtuvo un Premio Gardel con su álbum instrumental Primicia y fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de Buenos Aires en 2023. También se define como “motociclista de carreteras, bartender ad honorem, fotógrafo aficionado y amante del ocio creativo”.

Pero si hay algo que siempre enamoró a Samalea fue la idea de viajar, de llevar una vida aventurera, como en los relatos de los libros que leía de Salgari y Verne. “Me intrigaba lo exótico y lo que estuviese más allá del mundo que conocía. Por supuesto, soñaba con conocer París, por los libros que había leído sobre los artistas de Montparnasse o las películas de la Nouvelle Vague, aunque sabía que en mi familia no teníamos muchas posibilidades económicas de viajar; entonces me inventé ese universo ensoñado y, al fin de cuentas, la música terminó llevándome por el mundo. A los 20, cuando empecé a ensayar con Charly, todo se abrió”, cuenta.

Fernando Samalea tocó con todos, pero su batería quedará para siempre adherida a las bandas de Charly García
Fernando Samalea tocó con todos, pero su batería quedará para siempre adherida a las bandas de Charly García
Una postal de 1985; Fernando Samalea y Charly García en los Estudios Panda durante la grabación de Detectives, el primer disco solista de Fabiana Cantilo
Una postal de 1985; Fernando Samalea y Charly García en los Estudios Panda durante la grabación de Detectives, el primer disco solista de Fabiana Cantilo
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Fernando Samalea en la Esquina Charly García (Charly García Corner), de Nueva York
Fernando Samalea en la Esquina Charly García (Charly García Corner), de Nueva York

—¿Qué edad tenías cuando conociste por primera vez el universo musical de Charly?

—Tenía 13 años y fue cuando descubrí a La Máquina de Hacer Pájaros. En paralelo, ya desde los 11 o 12 años sentía una gran curiosidad por el rock inglés, sobre todo los discos más elaborados, que traían carátulas con dibujos de Roger Dean, por esa cosa más fantasiosa y mitológica del rock británico: Yes, King Crimson, Led Zeppelin o Emerson, Lake & Palmer. Pronto surgió la new wave: Talking Heads, The Police, Blondi, y luego Duran Duran, Tears for fears, Prince, Madonna, Culture Club y Thomas Dolby. Ahí sentí que debía plegarme al movimiento multicolor y futurista, en donde “el menos era más”. Me fanaticé con los discos solistas de Peter Gabriel y el halo tribal del baterista Jerry Marotta.

¿En qué estabas cuando volvió la democracia?

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—Estaba intentando con las primeras bandas. Por entonces conocí a Fabi Cantilo, que irradiaba su aura de estrella, aun siendo poco conocida. Tuvimos un grupo llamado Smoking, junto con Alejandro Lacasa. Después ella se sumó a la gira de Clics modernos y fue hermoso verla triunfar y ser protagonista en la atmósfera de Charly, con las puestas maravillosas de Renata Schussheim. Deslumbraban esos espectáculos musicales, tanto en las presentaciones de Yendo de la cama al living como en las de Clics modernos o Piano Bar, que tenían mucho del teatro de vanguardia, a la manera europea de Caviar y Jean-François Casanovas.

Fue una liberación total después de la dictadura…

—Es que fue increíble pasar de esa sociedad controlada, de uniformes y patrulleros, a un estado de libertinaje total: aparecieron el Parakultural, Cemento, el poeta Fernando Noy, Batato Barea, las Gambas al Ajillo, la Organización Negra… prevaleció la fiesta postdemocracia que conocemos, digamos. Y todo se alineó: Charly grabó en Nueva York, se mostró a través de Polaroids con la cara pintada de blanco y una nariz de cono, produjo a Los Twist y encima triunfaron Los Abuelos de la Nada, con su espíritu festivo, así como Virus y tantos más. Nos plegamos a ese despelote sin precedentes con alegría, entre neones, luces estroboscópicas y videoclips. En mi caso, fue sumar cosas nuevas, porque me hice “moderno” sin dejar de escuchar lo de antes: el rock sinfónico, las orquestas de Benny Goodman y Glenn Miller, el minimalismo de Erik Satie, los conciertos de Chopin o Piazzolla, por qué no.

“Nos plegamos a ese despelote sin precedentes con alegría, entre neones, luces estroboscópicas y videoclips. En mi caso, fue sumar cosas nuevas, porque me hice ‘moderno’ sin dejar de escuchar lo de antes”

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¿Te acordás cuándo fue tu click con la batería?

—Ya a mis seis años me fascinaban lo rítmico y el pulso de la vida: podía encontrarlo en el sonido del lavarropas de la casa de mi abuela, en las vías del tren que todavía tenían campanadas, y en todo lo mecánico. Si bien en mi familia no había músicos, las baterías comenzaron a llamarme mucho la atención. Escudriñaba en métricas raras de álbumes de Genesis, con Phil Collins, y también me encantaban Mahavishnu Orchestra y el baterista Bill Bruford. Percibía algo profundo en el ritmo, como de danza sioux. A los diez conocí a Jorge Orlando, un baterista de jazz que vivía enfrente de casa y él supo mostrarme los métodos y rudimentos. En paralelo, estudié un poco de piano, pero la batería siempre estaba ahí. A los doce, mis padres me llevaron a ver el Octeto Electrónico, de Astor Piazzolla, en el Teatro La Botonera de Mar del Plata, durante unas vacaciones veraniegas, y el baterista Zurdo Roizner -con su look espectacular de dandy, pipa incluida-, me regaló un palillo a la salida. Fue un antes y un después. “¡Esto es lo mío!”, supe.

Un flaneur muy especial

En el París de comienzos del siglo XIX, en el universo creativo de Charles Baudelaire, nació la idea del flaneur, que en español se podría traducir como el “paseante” o el que “pierde el tiempo placenteramente”, aquel que camina la ciudad sin rumbo fijo, que capta la belleza fugaz en su vagabundeo urbano.

Samalea tiene mucho de flaneur, porque si no tiene aventuras (y tiene muchas), se las inventa en una baldosa. “Hoy le decía a mi amigo Gori, que me acompañó a Temperley a buscar la batería, que a mis trece o catorce me tomaba el tren a Lomas de Zamora o a cualquier otra estación suburbana, y me imaginaba estar caminando por Brooklyn o Harlem, dándole una connotación un poquito mitológica y jugando a ser ‘el poeta de la Generación Beat’. Simplemente disfrutaba de ese tiempo para observar lo que fuese, era como un investigador”, evoca. Iba siempre con su mochila, un cuaderno para escribir, uno o dos libros, la revista Pelo o la Rock Superstar. “El encanto del sin sentido” o “turismo suburbano”, le dice Samalea a aquellos paseos. Y se nota que todavía los disfruta mucho.

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¿Escribir fue una forma de volver a ser aquel flaneur?

—Escribir libros es una tarea psicológicamente sanadora para mí. Fue hermoso volver a vivirlo todo, como en una obra de teatro, regresar a los lugares, bucear en la memoria y recrear conversaciones, estéticas o detalles técnicos de grabaciones, viajes, conciertos, camarines o aventuras riesgosas, dignas de Simbad el marino. Puse mucha dedicación para reconstruir las modas de cada época y lo representativo de cada momento. Tal vez esto termine siendo un testimonio para chicos o chicas que, dentro de 40 o 50 años, quieran leer sobre el rock argentino. Quizá yo no sea alguien que requiera una autobiografía, pero tuve la suerte, y sigo teniéndola, de estar ligado a muchos artistas emblemáticos, y amerita escribir sobre todo eso.

En el escenario el baterista siempre es el que está “escondido” detrás de su instrumento. ¿Al escribir este libro pudiste ponerte vos también como protagonista? ¿Salir de detrás de la batería?

—No fue esa mi intención. Incluso suelo adoptar un papel de antihéroe a lo largo de las páginas, más que de protagonista. Me encanta el hecho de no tener una vida pública, y poder entrar y salir de una multiplicidad de situaciones: un día estoy en la Salle Pleyel acompañando a Benjamin Biolay en París, con sus camarines colmados de celebridades, como Catherine Deneuve, y otro con los hinchas de Platense en el Barrio Mitre de Saavedra; acompañando artistas jóvenes de la escena porteña, ensayando con Viejas Locas y Pity Álvarez para tocar en un estadio en Tucumán -el show se suspendió porque Pity llegó a las cuatro de la mañana- o con los Electric Gauchos en Seattle; haciendo algo en Madrid, Río de Janeiro o Tánger; tocando con mi compañera Michelle por algún lugar desconocido, yendo al cine, tomando cafecitos o dando una “charla informal” en Manhattan. Estoy muy agradecido.

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Muchos te reconocen como “el batero de Charly”. ¿Cómo fue convivir todos estos años con un artista tan lúcido y disruptivo como él? Supongo que no debe haber sido fácil lidiar con su caos…

—García es nuestro Dalí, ya que tiene esa pátina surrealista y se mueve al límite del dadaísmo. Ha sido maravilloso tratarlo, y continúa siéndolo. Nos hace sentir bien en cada encuentro. Aunque podemos hablar de “varios Charly”: fue el hippie chic de Sui Generis, tierno como nadie; después el modernísimo de los ochenta, de guante blanco, hasta su contracara en la etapa de La hija de la lágrima y Say No More, ligeramente demoníaca; ahora ostenta un espíritu clásico. Creo que conocí varias versiones suyas, desde la última grabación de La lógica del escorpión a la primera de Parte de la religión, a principios de 1987.

¿Para vos hay un “mejor Charly”?

—Cada versión fue dejando lugar a la siguiente; inevitablemente debía ser así. Guardo en el corazón nuestras conversaciones (sobre películas, mitología griega, humor negro o trivialidades); y claro que es una cotidianeidad que extraño, sobre todo en esos agitados ochenta, cuando íbamos en grupete a salas de cine, boliches o restaurantes. Él siempre fue generoso y cuidadoso con las personas de su alrededor. Tanto con Los Enfermeros, como en la época de María Gabriela (Epumer), nos dio un lindo lugar en su proyecto. ¡Estábamos en un cuento de Lewis Carroll! Le estaré agradecido eternamente por la confianza que depositó en mí, cuando yo era casi un novato y él me llevó a grabar a los Electric Lady Studios, de Nueva York. Es sabido que, si alguien que admirás te da ese lugarcito, todo irá mejor en tu vida. Y así fue. Nada hubiese sido igual de no haber cruzado mi destino con el suyo.

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“Puse mucha dedicación para reconstruir las modas de cada época y lo representativo de cada momento. Tal vez esto termine siendo un testimonio para chicos o chicas que, dentro de 40 o 50 años, quieran leer sobre el rock argentino”

¿Qué te enseñó Charly?

—Infinidad de cosas. Además, exacerbó la pasión en el plano musical. Era fascinante tocar en un estadio y después irnos a un club, o terminar tocando con instrumentos prestados en un barcito perdido. Estimuló eso de “prenderse fuego a lo bonzo”, al menos en lo creativo. Mantengo en mi mente su imagen iluminada en la habitación del edificio de Coronel Díaz, con un par de teclados sobre la cama, y al mismo tiempo dibujando, pintando o diciéndonos las cosas más insólitas e ingeniosas que pudiesen decirse. Por suerte, su magnetismo lo ha escoltado y no dudo de que, en cualquier momento, pueda sorprendernos y publicar algo, como buen Ave Fénix que es.

¿Qué encontraste en el mundo Cerati que no había en el mundo Charly? ¿Menos caos? ¿Más “control”?

—Tal vez algo más ordenado o ligado a la producción en sí, al método, desde un lugar más tecnológico y contemporáneo. A Gustavo lo conocí a mediados de 1983, en la puerta de su casa en la calle Heredia, en Villa Ortúzar. Me había llevado Richard Coleman, proponiéndome: “Con el guitarrista de Soda Stereo queremos hacer una banda paralela, para experimentar otro tipo de canciones. ¿Te sumarías con la batería?”. Ni bien salió a la vereda, noté lo principesco y sofisticado de su personalidad: algo sajón, seguramente heredado de su mamá, Lilian. Aunque al entrar en confianza le saliese un lado más italiano. Habitaban en él lo británico y lo “bestia”. Esa era su gran singularidad.

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Samalea integró la megabanda que acompañó a Gustavo Cerati en la gira Ahí vamos, junto con Richard Coleman, Tweety González, Leandro Fresco y Fernando Nalé
Samalea integró la megabanda que acompañó a Gustavo Cerati en la gira Ahí vamos, junto con Richard Coleman, Tweety González, Leandro Fresco y Fernando Nalé
Con Gustavo, sobre el escenario, en la última gira que hizo Cerati, presentación de Fuerza natural
Con Gustavo, sobre el escenario, en la última gira que hizo Cerati, presentación de Fuerza natural

Tocás con los Bándalos Chinos y con muchos grupos actuales, de todos los ámbitos. ¿Cómo te llevás con las nuevas generaciones?

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—Me llevo genial. Los jóvenes son la punta de lanza y están para enseñarnos nuevas normas y tendencias, con la autoridad que les corresponde. Uno de los puntos de contacto quizá tenga que ver con que todos escuchamos la música de Charly, Spinetta, Calamaro o Fito Páez. Si bien hay una brecha generacional de tres o cuatro décadas, es lo que nos mantiene unidos en lo conceptual.

¿También tocaste con Ca7riel y Paco Amoroso?

—Sí, pero indirectamente. Los acompañamos junto con la Orquesta Hypnofón, de Alejandro Terán, en el espectáculo La Trampa de trap y pop orquestal que se hizo en el CCK y el Teatro Colón, donde también participaron Taichu, Neo Pistea, Chita, Marilina Bertoldi, Benito Cerati, Leo García o Zoe Gotusso.

¿Seguís aprendiendo de esas nuevas generaciones?

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—Claro, siempre se trata de sumar elementos nuevos y aprender. De la misma forma que en los noventa me sorprendieron el rap y el hip hop, conocí a Dante Spinetta y Emanuel Horvilleur y terminé tocando con los Illa Kuryaki & The Valderramas durante tres años inolvidables, también me sorprendieron Ca7riel y Paco. Además soy ultra fan de Bandalos Chinos, con quienes compartimos algún concierto cada tanto. Incluso Michelle y yo integramos “Bandalos Gypsies” junto a Goyo, Iñaki y Lobo, y hasta nos dimos el gusto de tocar en Francia.

¿Seguís tocando en mil bandas o sos más selectivo con el paso de los años?

—Yo creo que siempre es momento de tirar la piedra hacia lugares inusitados. Actualmente suelo integrar la banda de Joaco Burgos, un joven compositor con gran herencia del rock argentino. Ya grabé en un par de discos suyos y es lo máximo compartir andanzas con su equipo y entorno. Con mi compañera Bliman incursionamos hacia terrenos desconocidos. Ella prepara un disco glorioso, neo soul y pop, bajo producción de Fran Cirimele, que incluye participaciones de Javier Malosetti y los Bandalos, precisamente. Valoro mucho mi presente, que me permite compartir con músicos contemporáneos como el propio Javier, [Alejandro] Terán, Axel Krygier, Hilda Lizarazu, el Zorrito Quintiero y La Portuaria, también con mis mentores, Pollo Raffo y Jorge Minissale, y con los chicos y chicas que vienen.

El Zorrito Von Quintiero, Fernando Samalea, Rosario Ortega y Joaquín Burgos
El Zorrito Von Quintiero, Fernando Samalea, Rosario Ortega y Joaquín Burgos Santiago Cichero/AFV
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El bandoneón, ese otro gran amor de Fernando Samalea
El bandoneón, ese otro gran amor de Fernando SamaleaValeria Furman - Gentileza Fernando Samalea

Has hecho grandes viajes en moto ¿Seguís agarrando la ruta cada tanto?

—Sí, y seguramente tiene que ver con el espíritu de la niñez del que hablábamos al principio, de ser aventurero al estilo de Jack London, de emocionarse con grandes epopeyas. En mi fantasía, la motocicleta -“La Idílica”- es como un caballo metálico sobre el cual puedo surcar las rutas. He ido a Perú, a Brasil, a la Patagonia… Cada tanto organizo -de forma ad honorem- charlas informales en algún lugar; las municipalidades me ayudan con el hotelito y los viáticos de la nafta, e intento ir a sitios particulares, con mística, como el Castillo Morisco de Tandil o el Castillo San Carlos, en Entre Ríos, donde la leyenda cuenta que Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, hizo un aterrizaje forzoso. Soy muy propenso a esas reconstrucciones imaginativas y busco regresar a los lugares donde la he pasado bien, o visitar los que descubrí por libros o películas, de personajes que admiro. Voy hurgando como en el film Midnight In Paris, de Woody Allen. Y es probable que por eso escriba libros, para revivirlo todo. La fuerza vital reaparece, pero con una visión mucho más futurista.

¿Por eso el libro se llama Viviendo el futuro?

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—Algo así. Más que nada porque estoy viviendo el futuro que yo imaginaba a mis 20 años, y por el deseo de vivir “el futuro del futuro”.

¿Cuál es tu relación con el bandoneón?

—Es de mucho respeto. Al ser una suerte de instrumento portátil, me permite llevar a mi ciudad a todos lados. Cuando estoy en Montmartre o el Greenwich Village siento un poquito más cerca a Buenos Aires, en cada nota y bordoneo. Básicamente, lo uso para componer y de hecho ya publiqué una docena de discos instrumentales, en algunos casos acompañados por cuentos. La verdad, me di unos cuantos gustos con el bandoneón.

Tocaste en miles de conciertos a lo largo de tu vida. ¿Hay alguno que no te vas a olvidar nunca?

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—¡Qué difícil! De movida, pienso en el del Estadio de Ferro de 1991 (el 12 de diciembre), cuando Charly terminó la primera internación e ingresó al escenario con la ambulancia, como una declaración de principios. Lo he vuelto a ver hace poco en YouTube y la puesta de Renata [Schussheim] es decididamente sublime. Se acercó Fito como invitado e hicimos “Peluca telefónica” y “Mi amor”. También Mercedes Sosa y los IKV, un ambientazo total. Cada vez que paso por Ferro imagino ese concierto una y otra vez, sucediendo eternamente, como en una cinta de Moebius.