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“La huella de los pecados que aquí se cometieron ha quedado en mí, ensuciándome, corrompiéndome, quitando poco a poco, habitación a habitación, todo lo que contuve de gracia, de belleza, de brillo. Eso que no se veía en los que pecaban, porque su cara seguía siendo igual, serena, pulcra, aristocrática a veces y otras veces canallesca, pero siempre indiferente, intacta, en mí se ve, porque es como una costra que me envuelve”. Quien pronuncia estas palabras con voz muda es un noble caserón decimonónico emplazado en la calle Florida en el apogeo de su esplendor, ahora a punto de ser demolido. La casa que da título a la célebre novela de Manuel Mujica Lainez, uno de los personajes (¿femeninos?) inolvidables de nuestra literatura.


