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“Sos demasiado analógica”, sentenció el joven posmoderno a su amiga clásica. La noche transcurría en una parrillita del centro porteño, más que analógica antediluviana, apenas salvada del oprobio de la vetustez por el (dudoso) prestigio vintage de haber sido reputado mentidero político en la primavera democrática de los 80. Y el joven posmoderno se enredaba en una maraña de mensajes de texto (no existía WhatsApp) cruzados con sus “contactos” para tratar de establecer si era posible que determinado comensal fuera quien él creía que era, en lugar de –como sugería su amiga clásica– acercarse a la mesa del susodicho, o al mozo, y preguntar.




