
La escritora argentina recuerda su amistad con Susan Sontag, con Borges, y sus años en Nueva York. “Yo entiendo el mundo cuando escribo”, dice
Azul. No cualquier azul es el que invade la casa de Luisa Valenzuela. Un azul íntimo, como el de Frida Kahlo, el de los Mayas, el de México. Brillante e intenso, con tonalidades turquesas que resplandecen con la luz del sol, esa que aparece desde el jardín y sorprende a decenas de máscaras que pueblan las paredes. Máscaras que Luisa colecciona, que son un tema central en su literatura, una buena compañía que la llevan de viaje, que la hacen sentir que está en todas partes. Porque en Luisa vive la pequeña, la Petitina como la llamaban, que quiso ser aventurera, matemática, física, exploradora, antropóloga, y que la escritura le abrió las puertas a ese mundo que se desnudaba ante ella en las voces de Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Eduardo Mallea, Manuel Peyrou, Siria Poletti, Carmen Gándara, María Emilia Lahitte, Juan Goyanarte, Beatriz Guido, Nalé Roxlo, Inés Malinow, amigos de su madre, la escritora Luisa Mercedes Levinson, en su casa de Belgrano, a la que el chileno Fernando Alegría llamó “el Bloomsbury porteño”.
