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La cosa empezó más o menos en broma. Pino Aprile, periodista italiano, espíritu inquieto que en su juventud se deslumbró –cómo no– con las teorías de Darwin y afortunado interlocutor de algunas de las mentes más brillantes de su tiempo, se hizo una pregunta honda, con la impunidad y la inocencia propias del diletante: “Si hubo especies acuáticas que se hicieron terrestres y animales reptantes que ahora vuelan, ¿quién nos asegura que no habrá nuevas adaptaciones que alteren la calidad y la cantidad de nuestras características, incluidas las cerebrales? Somos el único ser pensante del planeta, pero ¿quién nos asegura que seguiremos siéndolo?”.


