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Sentado en mi apostadero habitual de la Plaza Mayor de Madrid, en la terraza del bar Torre del Oro, leo un libro de relatos de Elmore Leonard —El tren de las 3:10 a Yuma— y de vez en cuando levanto la vista para observar el paisaje y el paisanaje. Ha llegado el verano con todo lo suyo, pero a esta hora el sol se encuentra bajo, hay sombra en este ángulo de la plaza y la temperatura es agradable. Estoy rodeado de guiris por todas partes, aunque no faltan los españoles. Vienen y van en densos grupos, detrás de sufridos guías que caminan banderitas en alto, modalidad del asunto que antes no era frecuente en Madrid, donde el turismo era menos masivo; pero que desde hace un par de años se ha vuelto habitual.



