
El cineasta alemán narra las percepciones de un soldado, entregado a una guerra ficticia, una metáfora sobre el mal.
En febrero de 1974, en un sendero de la jungla de una isla filipina, un joven expedicionario se topó con un hombre enjuto de poco más de 50 años, vestido con el uniforme antiguo del ejército japonés remendado con harapos: era Hiroo Onoda, el soldado que estuvo oculto durante tres décadas. “Su misión será conservar la isla hasta que regrese el ejército imperial”, ordenó un comandante al teniente Onoda a fines de 1944 y eso hizo, convirtiendo la persistencia en porfía delirante. En El crepúsculo del mundo, la primera novela del cineasta Werner Herzog, la historia increíble del soldado que nunca se rindió (porque no se enteró de que la Segunda Guerra Mundial había terminado) es una fábula hipnótica, a medio camino entre el registro documental y la prosa poética y finalmente, una metáfora sobre el mal que aqueja a jugadores, empleados y amantes: no saber retirarse a tiempo.

