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Pintar para sí misma, durante 80 años. Esa maravilla silenciosa es Ides Kihlen: una artista secreta la mayor parte de su larga y feliz vida. Suele levantarse a las siete y ponerse el delantal rojo, casi una paleta de pintor de tan manchado que está. Busca un café y lo lleva a su taller, el lugar donde pasa sus días desde siempre, desde hace cien años. Eléctrica, ágil, silenciosa, de escaso metro cincuenta y algo más de 40 kilos, hasta hace no tanto mantenía la eterna costumbre de pintar en el piso, semiacostada, sobre una alfombra persa que también parece una paleta. En ese cuadrado puede leerse aún el mapa de su existencia.
